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Manuela Martelli: “La generación que creció durante la transición es, para mi gusto, una generación muy dormida”

La cineasta estrenará en septiembre El Deshielo, película ambientada en 1992 en que aborda los pactos de silencio y la pérdida de la inocencia de una niña de nueve años. Aquí, en su primera entrevista en extenso sobre la cinta, detalla su mirada sobre la transición, el componente autobiográfico del filme y su trabajo junto a la actriz Paulina Urrutia. Además, plantea su preocupación ante el avance de la IA.

Manuela Martelli: “La generación que creció durante la transición es, para mi gusto, una generación muy dormida”

A Manuela Martelli (Santiago, 1983) le genera particular interés la infancia. Es una fase en la que –considera– la empatía está más presente que nunca. También es una etapa en la que se depende principalmente de los padres, y donde pueden abundar las preguntas hacia los adultos, pero escasean los cuestionamientos hacia sus juicios y acciones.

Ella atravesó ese período de su vida mientras Chile estaba en un momento bisagra: durante los últimos años de dictadura y los primeros de la transición. La actriz y cineasta integra la generación que posee recuerdos de la época de represión y protestas, y también del ciclo que se abrió tras la elección de Patricio Aylwin como presidente.

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Ambos factores se conjugaron en la creación de El deshielo. Estrenada en la sección Un Certain Regard de la 79° edición del Festival de Cannes, la película es una mezcla de colección de vivencias personales y una ficción con personajes y situaciones con vida propia. Es una continuación de las búsquedas que expuso en 1976 (2022), su alabada ópera prima, en el sentido de que ambas retratan la historia reciente del país proponiendo un drama íntimo y apoyándose en ingredientes autobiográficos.

Su segundo largometraje como directora y guionista transcurre durante el año 1992. Mientras sus padres viajan a España como parte de la comitiva encargada de trasladar un iceberg a la Exposición Universal de Sevilla, Inés (Maya O’Rourke) queda bajo el cuidado de sus abuelos (Paulina Urrutia y Mauricio Pešutić), un matrimonio que es dueño de un hotel de esquí en la Cordillera de los Andes. Curiosa, genera una singular amistad con Hanna (Maia Rae Domagala), una esquiadora alemana que ha llegado al país con sus compañeros y entrenador debido al cambio de temporada.

Carmen (Aline Küppenheim), la protagonista de su primera cinta, tenía 49 años, la misma edad que en 1976 tenía la Noni, la fallecida abuela materna de Martelli. En El deshielo, que se estrena en cines nacionales el próximo 3 de septiembre, Inés, la joven protagonista, tiene exactamente la edad que tenía Martelli en 1992. No es el único diálogo directo con sus experiencias: tal como ocurre en el filme con la madre de la niña, su mamá siempre portaba una cámara de video con la que registraba videos caseros.

El deshielo es una película inquietante. No sólo por la historia que narra –la desaparición de Hanna y los pactos de silencio que se suceden tras su desaparición–, sino por cómo está filmada, montada y musicalizada. Con determinación, la directora nacional indaga en los fantasmas de una generación nacida en plena dictadura y criada en la atmósfera enrarecida del retorno de la democracia.

“Siento que el período entre el golpe militar y la recuperación de la democracia fue muy determinante en construir un diseño de país, partiendo por el modelo económico. Es una etapa muy fundacional del Chile de hoy”, declara a Culto desde Francia, donde su largometraje llegará a salas el 26 de agosto.

-Sus dos películas se aproximan de manera oblicua y desde una esfera íntima a este período, pero tras ver ambas me queda la sensación de que El deshielo es incluso más oblicua en su acercamiento que 1976. ¿Está de acuerdo?

Sí, totalmente. Yo creo que la transición también es más oblicua, es un período más nebuloso en la historia, donde es más difícil entender en qué está y qué está pasando en Chile. Además, hay mucho no dicho. La dictadura es el momento más evidente de lo no dicho, donde el silencio es muy dominante. Luego la transición parece ser un momento de libertad, justicia o verdad, pero me pregunto hasta qué punto realmente lo es. La película pareciera ser más ambigua políticamente, o pareciera que la política está menos a flor de piel, pero para mi gusto lo que está pasando ahí es el reflejo de esa época.

-¿Y esta cinta qué conclusiones o reflexiones le dejó en torno a la transición?

Principalmente cuán fundacional es ese período en lo que somos hoy como país. Pero en realidad en mí lo que más despierta son nuevas preguntas. Siento que estas películas son búsquedas permanentes, son preguntas que despiertan más preguntas. No hay mucho de tesis ni tampoco de verdades. No se develan verdades absolutas. Pero claramente yo siento que hay una deuda con la justicia, que se siente muy clara durante el período de la transición, donde hay asuntos que no quedaron resueltos en materia de verdad y justicia. El Plan Nacional de Búsqueda impulsado por el gobierno de Boric demostró la existencia de una deuda pendiente. Una iniciativa que se boicoteó por parte del gobierno actual.

“Para mí la justicia va mucho más allá: tiene que ver con hechos concretos y con un discurso como país. Por eso yo insisto tanto en la memoria. Me parece que la memoria es algo que hay que mantener vivo siempre. Otra de las cosas que se me develaron es que la historia no es lineal. Volvemos muy fácilmente a lo mismo y se nos olvida con mucha facilidad cuán rápido podemos pasar a llevar los derechos humanos, cuán frágil es la memoria, cuán frágiles son las democracias. Y lo más representativo para mí de ese período es cuántas concesiones se hicieron para lograr esa democracia”.

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Luego comparte otra reflexión personal: “Me parece que el estallido es un gran reflejo de los temas pendientes de la transición”.

-¿Piensa que en algún punto los vaivenes políticos por los que ha transitado el país en los últimos siete años influyeron en la creación de esta nueva película?

Yo creo que sí, porque uno igual habla desde el presente. El ejercicio consiste en mirar el pasado desde el presente para entender el presente. Para mí un momento que fue muy impresionante, y que me interpeló mucho, fue ver cómo el estallido partió como una movilización juvenil estudiantil. Ahí está la fuerza del estallido. Eso interpeló a mi generación, una generación muy callada, una generación tildada de apolítica, una generación que yo empecé a leer como una generación miedosa. Esa fue, entre comillas, la epifanía del estallido: ver cuánto me sorprendió ver a jóvenes que no tenían miedo de salir a la calle y exigir sus derechos.

“Por eso a mí me interesaba la pregunta de qué significa crecer durante la transición, qué pasó con esa generación de entremedio, que fue una generación, para mi gusto, muy dormida. Lo que yo leo ahí, en ese rasgo apolítico, es miedo heredado de la generación anterior. Entonces, mi pregunta con la película también apunta a intentar entender dónde está la raíz de ese miedo. Creo que parte de la raíz de ese miedo reside en ser cómplice de un pacto de silencio, que tiene que ver con no observar, con no hacer justicia ante la violencia. A mí eso me parece doblemente violento, que primero haya una violencia ejercida contra un pueblo y que después se pase por alto”.

-¿Qué la llevó a decidir que esta historia debía ser contada desde los ojos de una niña de nueve años?

Hay una parte que es bien intuitiva, que tiene que ver con que soy parte de esa generación. En ese sentido, tiene algo autobiográfico. Pero también me parece que la mirada de la infancia es siempre muy reveladora. Si bien a los nueve años uno ya está bastante entrenado en los prejuicios de una sociedad, la empatía está mucho más a flor de piel. Si tú ves a alguien que sufre, sufres con esa persona. Si tú ves a alguien en la calle pidiendo plata, te preguntas por qué está viviendo en la calle. Aunque tampoco significa que la infancia no esté plagada de crueldad. Me parece que la mirada del niño te obliga a releer cosas, porque también uno se pone en otro lugar como adulto. Te obliga a tener otra perspectiva, te obliga a extrañar algo que ya naturalizaste. Y de eso se trata el ejercicio de estas películas, de remirar el pasado, que debiera ser un ejercicio constante.

Las actrices y los afectos

Manuela Martelli siente que Paulina Urrutia es parte de sus recuerdos de infancia. La vio como protagonista de Santa Teresa de los Andes y en varias de las teleseries que hizo en los 90. No duda en calificarla como una de las mejores actrices de Chile. “La Paulina puede hacer lo que quiera”, apunta.

Durante el proceso de escritura de El deshielo apareció un personaje que reunía todos los atributos de Urrutia: encanto, calidez y una dosis de humor que sólo ella le puede otorgar a los roles dramáticos. Le ofreció el papel antes de que la actriz recibiera el diagnóstico de un agresivo cáncer de mama, durante la primera parte de 2024. “Fue un proceso muy fuerte”, afirma la directora.

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La exministra de Cultura se sometió a quimioterapia (en febrero de este año recibió el alta médica) y postergó otros compromisos profesionales. Martelli –asegura– aguardó por su respuesta con paciencia, sin ejercer presión. Finalmente, cuando todo estuvo listo para el inicio de las filmaciones, en julio de 2025, sí pudo sumarse al proyecto.

“Fue lindo ver cómo la Paulina superó ese cáncer y estaba ahí al pie del cañón, con mucha energía y mucha vitalidad. Cada día que estuvo en el set fue muy emocionante, porque siempre la he admirado mucho. Pese a que hace un personaje dramático, mantiene una vitalidad asociada a una capa de humor que está subterránea”, explica.

Por contraparte, la integrante más joven del elenco, Maya O’Rourke, llegó a través de un largo proceso de casting en que participaron más de 500 postulantes, niñas que debían hablar español e inglés con fluidez y cumplir con las características establecidas en el guión. O’Rourke apareció hacia el final, pero la decisión fue inapelable.

“Maya tiene mucha fuerza, valentía. Tiene mucha presencia”, destaca Martelli. “Ella es una niña muy alegre, extrovertida. Entendió perfectamente lo que era un personaje y encontró un modo como Inés”.

-El deshielo está dedicada a Idolia Castillo. ¿Quién es?

Idolia Castillo es la mujer que trabajó en mi casa por muchos años, a quien yo considero parte de la familia y de quien estoy infinitamente agradecida. Es a quien creo que le debo gran parte de lo que soy hoy.

-¿Y hay algo de ella en estos personajes que trabajan en el hotel y con los que Inés tiene una relación tan cercana?

Sí. Son varias las personas que trabajan en ese hotel, que también están encargadas de la crianza de Inés. Reflejan en parte cómo funcionamos como sociedad y reflejan esa frontera tan ambigua entre las relaciones afectivas y las relaciones de trabajo. A mí me cuesta hablar de este tema... Pero yo creo que vale la pena preguntarse qué precio le pones a eso. En este mundo tan capitalista, cuál es el valor de eso. Y cuánto el sistema se sustenta en esos vínculos afectivos.

-El deshielo incluye un mensaje en los créditos dirigido a la IA (“Esta película no puede ser utilizada para entrenar IA”). ¿Es un tema que le inquieta? ¿Cómo decidieron incluir esa advertencia?

Sí, sin duda me inquieta. Yo creo que ese mensaje tiene que ver con proteger a todos quienes trabajamos ahí. No se trata de demonizar la herramienta, pero sí los usos. Yo creo que es importante distinguir eso. Demonizarla sería como cuando demonizábamos los teléfonos. Pero ¿cuánto rato uno está pegado al teléfono viendo estupideces? ¿Cuánto nos estupidizan como sociedad o como personas? Lo mismo ocurre con la IA, pero además, ¿cuánto nos estamos boicoteando nosotros mismos? Pero creo que tiene mucho que ver con quiénes tienen el control y de qué se trata ese control.

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-En otra coyuntura, el presupuesto de Cultura sufrió un recorte de 8,6% a nivel general y la disminución del 52% en las Becas Chile Crea. ¿Cómo observa ese escenario? ¿De qué modo cree que va a repercutir en el audiovisual chileno?

Es una catástrofe mayor y pienso que va a repercutir mañana. Yo diría que es milagroso lo que consigue el cine chileno en el circuito internacional, con los recursos que tenemos y con lo incipiente que es nuestra industria. Y las conquistas en el escenario internacional son increíbles. No te voy a dar ejemplos, porque los conoces. A mí la verdad es que me da una tristeza infinita que eso no se reconozca y no se valore. Y que tampoco exista una mirada donde la cultura se entienda como un derecho de todos y no como un derecho para unos pocos que son los que hacemos películas. Debiera entenderse como un derecho de toda la sociedad, que es lo que nos define y lo que nos permite observarnos, cuestionarnos e intentar ser mejores. Yo lo encuentro catastrófico.

-Ha dicho que la trilogía que componen 1976 y El deshielo terminará con Estrella solitaria. ¿Cómo visualiza ese proyecto? ¿Hasta qué punto piensa que va a compartir cualidades con las dos películas anteriores?

Esta revisión de la historia reciente de Chile va desde el golpe de Estado hasta la recuperación de la democracia. Ya están los 70 y los 90, pero faltan los 80. Esta siguiente película –que se encuentra en un estado embrionario– viene a ser un puente entre ambas. La trilogía es una revisión de estas tres décadas que para mí definen muy estructuralmente lo que somos hoy como país.

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