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Menopausia y trabajo: cuando las desigualdades acumuladas pasan la cuenta

La menopausia no llega a una hoja en blanco. Llega a mujeres que han debido demostrar una y otra vez su capacidad profesional en entornos laborales históricamente diseñados por y para hombres. Llega a mujeres que continúan realizando la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Llega a mujeres que muchas veces se encuentran en la llamada “generación sándwich”: acompañando el crecimiento de sus hijos e hijas mientras comienzan a asumir responsabilidades de cuidado hacia padres envejecidos.

Imagina que tienes alrededor de 45 años. Te despiertas cansada porque llevas semanas durmiendo mal. Te cuesta concentrarte en reuniones que antes manejabas sin problemas. A veces olvidas palabras, pierdes el hilo de una conversación o sientes que tu paciencia se agota más rápido de lo habitual. Llegas a casa y todavía quedan pendientes domésticos, hijos o hijas a quienes acompañar en distintos desafíos de la vida, una madre o padre que comienza a necesitar apoyo y una jornada laboral que no parece haberse enterado de que tu cuerpo está atravesando una transición importante.

Ahora imagina que, además de todo eso, debes seguir demostrando que eres tan “competente” como siempre. Para millones de mujeres en el mundo, esta no es una situación hipotética. Es la experiencia de atravesar la transición menopáusica mientras se continúa trabajando, cuidando, sosteniendo vínculos familiares y respondiendo a exigencias que rara vez consideran los cambios físicos y psicológicos propios de esta etapa de la vida.

Un reciente estudio liderado desde Chile analizó a más de 2.000 mujeres de doce países de América Latina y encontró que la severidad de los síntomas menopáusicos se asocia con una peor calidad de vida laboral, menor satisfacción en el trabajo y mayores dificultades para desempeñar las tareas cotidianas. Estos resultados coinciden con investigaciones desarrolladas en otras partes del mundo, como Irlanda, donde el 65% de las mujeres trabajadoras reportó que la menopausia afectaba su desempeño laboral; o en Estados Unidos, donde se estimó que más de una de cada diez mujeres había experimentado consecuencias laborales negativas asociadas a esta transición, incluyendo ausentismo, reducción del rendimiento o dificultades para cumplir sus responsabilidades.

A primera vista, estos hallazgos parecen confirmar algo relativamente simple: que ciertos síntomas menopáusicos pueden afectar el desempeño laboral. Pero una lectura más profunda sugiere algo distinto. Quizás no estamos observando únicamente los efectos de una transición hormonal, sino también la forma en que las desigualdades de género acumuladas a lo largo de la vida se expresan en esta etapa.

Porque la menopausia no llega a una hoja en blanco. Llega después de décadas de desigualdades acumuladas. Llega a mujeres que han debido demostrar una y otra vez su capacidad profesional en entornos laborales históricamente diseñados por y para hombres. Llega a mujeres que continúan realizando la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Llega a mujeres que muchas veces se encuentran en la llamada “generación sándwich”: acompañando el crecimiento de sus hijos e hijas mientras comienzan a asumir responsabilidades de cuidado hacia padres envejecidos.

Desde esta perspectiva, resulta difícil sostener que la menopausia es únicamente un fenómeno biológico. Más bien, parece actuar como una especie de lupa que hace visibles tensiones y desigualdades que llevan años acumulándose. No es casualidad que los síntomas que más afectan la calidad de vida laboral sean precisamente aquellos vinculados al bienestar psicológico. Diversos estudios internacionales muestran que las alteraciones del sueño, la fatiga persistente, las dificultades de concentración, los problemas de memoria y los cambios de ánimo se encuentran entre las manifestaciones más frecuentes y más incapacitantes. Cuando una persona duerme mal durante meses, se siente agotada o debe realizar un esfuerzo adicional para mantener la atención, el impacto inevitablemente trasciende el ámbito de la salud y alcanza el trabajo, las relaciones personales y la vida cotidiana.

Y, a pesar de ello, existe una tendencia preocupante a interpretar estos hallazgos desde una lógica individual. Se habla de mujeres que “rinden menos”, que “presentan dificultades” o que “ven afectada su productividad”. En otras palabras, el problema parece estar en las mujeres.

Pero ¿y si estamos mirando el fenómeno al revés? Quizás la pregunta no debería ser cuánto afecta la menopausia al trabajo, sino cuánto afectan las condiciones laborales actuales a las mujeres que atraviesan la menopausia.

Después de todo, seguimos esperando que mujeres de 45, 50 o 55 años mantengan exactamente los mismos niveles de desempeño, disponibilidad y energía, independientemente de los cambios físicos y psicológicos que puedan estar experimentando. Seguimos organizando el trabajo bajo la premisa implícita de que las trayectorias vitales son lineales, que los cuerpos son invariables y que las responsabilidades de cuidado ocurren fuera de la jornada laboral.

Tal vez por eso el debate sobre menopausia no debería centrarse únicamente en los síntomas. Necesitamos hablar también de bienestar psicológico, de corresponsabilidad en los cuidados, de flexibilidad laboral y de las condiciones sociales que determinan cómo se vive esta transición.

Porque la pregunta de fondo no es cómo ayudar a las mujeres a soportar mejor la menopausia, sino por qué seguimos construyendo sociedades y lugares de trabajo que obligan a las mujeres a atravesarla prácticamente solas. Y quizás allí radique la principal lección que nos deja este creciente cuerpo de evidencia científica: el problema no es que las mujeres envejezcan. El problema es que seguimos organizando el trabajo, los cuidados y la vida social como si las mujeres no lo hicieran. La menopausia no crea las desigualdades que observamos en esta etapa de la vida. Simplemente las vuelve imposibles de ignorar.

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Agnieszka Bozanic es académica investigadora UNAB sede Viña del Mar, investigadora joven MICARE y presidenta Fundación GeroActivismo.

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