Paula

Hablemos de amor: mi primer amor

¿Quién no recuerda su primer amor? Ese que hacía que bastara con verlo de lejos para ser feliz y que cualquier recreo fuera una buena excusa para cruzarse en su camino. Casi 30 años después, nuestra lectora recuerda el suyo.

Cuando niña estudiaba en una escuela municipal muy humilde, en un barrio en que todos nos conocíamos. La mayoría éramos compañeros desde kínder, y ahí estábamos nuevamente, bajo el pleno sol de marzo, en séptimo básico, comenzando un nuevo año escolar.

Al igual que los años anteriores, ese día no me provocaba mayor emoción que la de reencontrarme con mis amigas. Sin embargo, cuando en la fila me di vuelta por casualidad, lo vi por primera vez: era más alto que el resto, tenía el pelo castaño y ondulado, ojos pardos, labios gruesos y una sonrisa que jamás olvidaré. Desde ese momento fue para mí el ser humano más hermoso que pisaba la tierra. Era el compañero nuevo y había llegado a nuestra humilde escuelita porque había repetido y en su colegio anterior no admitían repitentes.

Como era un año mayor que todos nosotros y estaba un poco más desarrollado, al verlo nuestras hormonas juveniles se revolucionaron. No solo yo: medio colegio quedó impresionado con el chico nuevo. Él, de algún modo, lo sabía. Lo revelaba su caminar ondulante con gesto irreverente, su mirada con aire de superioridad, su sonrisa de medio lado cuando pasaba una niña que se quedaba mirándolo. ¡Cómo deseaba que esa sonrisa algún día fuera para mí!

Pero tenía claro que no sería así. Yo siempre había sido la persona más tímida del curso. Mi escuálida presencia de niña previa al desarrollo, flaquita como perejil sin hojas, lentes grandes, voz suave y actitud temerosa me habían convertido en blanco de burlas con el sobrenombre de Gertrudis, un clásico personaje del programa “Japening con Ja” que era un ejemplo de virtud, pero cuya actitud sumisa provocaba la ira de su jefe, un tipo abusador que la gritoneaba y humillaba en cada capítulo para diversión del público. Sí, esa era yo: una niña silenciosa que estaba acostumbrada a obedecer a gritos, que tenía pánico de llegar a casa, que lloraba por las noches a escondidas y que rezaba para crecer y poder irme pronto de ahí.

Al tercer día, cuando la profesora nos cambió de puesto, justo me tocó sentarme con él. Creo que ese fue uno de los días más felices de mi vida, aunque pronto noté las miradas molestas y amenazantes de mis compañeras envidiosas, que creían que ellas merecían ese puesto como un trofeo. Pero poco me importó. Yo por fin estaba cerca de él: escuchar su voz, su risa, verlo de cerca, sentir su aroma y su presencia junto a mí. ¡Eso era fenomenal! Pero pasó lo que era lógico: solo me dirigía la palabra para pedirme materiales y me copiaba en todas las pruebas.

Al mes nos volvieron a cambiar de puesto y ya no me senté con él. La vida perdió su encanto y solo me conformaba con verlo de lejos. Cada día de la semana, en cada recreo, buscaba en secreto alguna excusa para cruzarme en su camino y estar cerca de él. Así fue el resto de séptimo y también octavo básico. Era feliz de lunes a viernes. Le dediqué mis primeros poemas y pensaba en él con cada canción romántica de Ricardo Montaner o Chayanne, cuyas letras escribía en un cuaderno que recontra escondía al fondo de la cómoda.

En octavo terminaba la enseñanza básica y cada uno de nosotros tomó un rumbo diferente: la mayoría de mis compañeros se fue a un liceo técnico; yo fui a un científico humanista que estaba lejos. Había que tomar micro y recorrer gran parte de la comuna para llegar. Nunca supe dónde continuó estudiando, pero sé que cada día lo buscaba entre la gente. Por años fui imaginando cómo cambiaba su rostro, pero nunca lo volví a ver.

Han pasado cerca de 30 años. Logré entrar a la universidad, sacar una profesión e irme de esa casa, a la que no volví jamás. Pero su recuerdo sigue intacto para mí, tal vez porque, en medio de mi horrible vida, su presencia fue como un rayo de luz que cada día me daba esperanza y un motivo para vivir.

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