Por qué se restringen los cabezazos en el fútbol juvenil, investigador de la UEFA explica qué dice la ciencia
Aunque existe preocupación por los posibles efectos de los impactos repetitivos en el cerebro, la evidencia científica sobre sus consecuencias a largo plazo todavía es limitada, afirma el especialista.

El cabezazo es uno de los movimientos más característicos del fútbol y una habilidad clave en el deporte tanto para atacar como defender.
Sin embargo, en los últimos años, distintos clubes han comenzado a restringir este gesto técnico en las prácticas de las categorías juveniles.
¿El motivo? Existe preocupación por los posibles efectos del cabezazo (y su repetición) en la salud cerebral en el largo plazo.
Al respecto, Evert Verhagen, experto en investigación médica y antidopaje de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA), señala que la evidencia disponible todavía no permite establecer con claridad cuáles serían sus consecuencias a largo plazo.
Verhagen se presentará próximamente como speaker del Congreso Mundial de Medicina del Deporte, FIMS 2026, que se realizará en septiembre en Santiago.

¿Qué dice la evidencia?
“En cuanto a la evidencia, hay poca o ninguna sobre los efectos a largo plazo de los golpes en la salud cerebral”, explica Verhagen.
Aunque algunos estudios sugieren una asociación entre los impactos repetitivos y determinados efectos, sin embargo advierte que “esto no implica que los golpes causen los resultados”.
Una de las dificultades está en distinguir los efectos propios del contacto físico del cabezazo de aquellos provocados por el propio juego.
Algunos estudios han detectado cambios en biomarcadores cerebrales después de practicar fútbol, pero “también sabemos que el ejercicio en sí mismo provoca tales reacciones, así que no podemos determinar si se debe al contacto físico o no”, señala el especialista.
¿Deberían prohibirse los cabezazos en el fútbol juvenil?
Para Verhagen, la respuesta no debería ser eliminar los cabezazos del entrenamiento juvenil, sino enseñar a ejecutarlos correctamente desde edades tempranas. Eso sí, de manera progresiva.
“Se puede empezar a enseñar esto a los niños desde muy pequeños. Pero no con pelotas de adulto, sino empezar con globos”, señala.
Los ejercicios iniciales buscan desarrollar la percepción espacial y la capacidad de observar el entorno. Posteriormente se incorporan balones de mayor tamaño y peso.
El experto plantea además una regla sencilla para limitar la exposición: “Mi edad, mis encabezados”.
Es decir, un niño de 10 años no debería realizar más de 10 cabezazos por semana durante los entrenamientos.
A su juicio, restringirlos completamente también podría generar un problema al desarrollo del
“Si se les quita a los niños la práctica del remate de cabeza, cuando crecen, a los 16 años, y empiezan a jugar como adultos, es muy posible que nunca les hayan enseñado a rematar de cabeza, a tener conciencia espacial, a saber qué hacer”.
Esto, advierte, podría aumentar el riesgo de choques entre jugadores y conmociones cerebrales al enfrentarse posteriormente a situaciones para las que no fueron preparados.
¿Hay diferencias entre cabecear repetidamente y una conmoción por un golpe?
Verhagen distingue entre una conmoción cerebral y la exposición repetitiva a impactos. La primera “es una lesión grave que requiere recuperación” y necesita atención médica y una adecuada decisión sobre el retorno al deporte.
En cambio, sobre los efectos acumulativos de los cabezazos, sostiene que “en realidad desconocemos cuál es el efecto acumulativo”.
Los biomarcadores cerebrales pueden elevarse tras la exposición, pero “después de uno o dos días todo vuelve a la normalidad”.
Por eso, su recomendación para padres y entrenadores es informarse y optar por una práctica responsable.
“Si se hace de forma responsable, no existe prácticamente ningún riesgo para sus hijos, según lo que sabemos hasta ahora”, afirma.
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