Por Paula FrederickMis muertos tristes: ¿Este mundo es de los vivos?
Mis muertos tristes es lenta, desafiante y pesada, como una resolana que cubre cada capítulo y no se diluye nunca. Como si no supiéramos si estamos en el mundo de los vivos, los muertos o en la conjunción entre ambos, que puede ser un limbo o la única realidad posible.

Hay quienes se llevan mejor con los muertos que con los vivos. Que conviven con naturalidad con los fantasmas del pasado, los que viven en la memoria, que se materializan de formas impensadas o nos visitan en los sueños. Y también con esos que ya ni se notan. Porque son tan parte de nosotros, que los perdemos de vista.
El cruce entre lo sobrenatural, la marginalidad, la historia reciente y el horror cotidiano es parte esencial del universo de Mariana Enriquez, una de las grandes exponentes del gótico contemporáneo latinoamericano. Es el mundo que el director Pablo Larraín lleva a la serialidad en Mis muertos tristes, producida por Netflix y presentada en el Festival de San Sebastián, que toma tres relatos de la antología Un lugar soleado para gente sombría y los funde en una sola historia, dividida en cuatro capítulos.
Ema (Mercedes Morán) es una doctora recién jubilada que enfrenta la muerte de su madre Susana (Luz Jiménez), una relación llena de asuntos pendientes con su hija Carolina (Dolores Fonzi) y la violencia de Piedrabuena, el barrio periférico cercano a la casa materna, que inquieta y asusta a los vecinos. La única constante en su vida, es su capacidad de ver y escuchar a los muertos. Propios y ajenos. Que aparecen en cualquier circunstancia, sin razón ni aviso, la incomodan, la interpelan y llenan cada espacio de su rutina.

La visita desde EEUU de su hermana Lidia (Alejandra Flechner) y su sobrina Julie (Carolina Álvarez), con quien comparte esa cualidad y también el calvario de tenerla, coincide con el asesinato de tres adolescentes en Piedrabuena. A partir de ahí, la frontera entre los de aquí y los de allá, se vuelve cada vez más difusa. Una cadena de heridas, silencios y experiencias heredadas que atraviesa varias generaciones y no piensa dar tregua.
Lo más desgarrador no es lo que vemos, sino lo que escuchamos. Y por ende, imaginamos. Gritos, llantos y desconciertos, son una constante en todos los capítulos, como una banda sonora macabra. Esa dimensión sonora que Mariana Enriquez escribió, Pablo Larraín la vuelve audiovisual, haciendo coincidir la opacidad constante de la imagen y la narración con la pesantez de los gritos y llantos de fondo que, aunque bajen su volumen, siguen resonando.
Con sus retratos de mujeres icónicas e inabarcables, historias subyacentes al relato oficial o fábulas de condes y vampiros, Pablo Larraín siempre está empujando los límites. Los resultados pueden ser irregulares, pero siempre con profundidad, gran ejecución y, sobre todo, arrojo. Desde ese lugar, toma el desafío de volver corpóreos los personajes etéreos de Enriquez, inmiscuirse en la intimidad que ha creado con sus lectores y extender la incomodidad propia de su literatura. Esa que se queda después de terminar un libro. Y que, al mismo tiempo, provoca la necesidad de abrir el siguiente.
Mis muertos tristes es lenta, desafiante y pesada, como una resolana que cubre cada capítulo y no se diluye nunca. Como si no supiéramos si estamos en el mundo de los vivos, los muertos o en la conjunción entre ambos, que puede ser un limbo o la única realidad posible. Un amargor cotidiano que, como mínimo, empata con lo sobrenatural. Fantasmas, vampiros y monstruos conviven con mezquindades, desigualdad, rencillas familiares y silencios, aún más aterradores.

Larraín no suaviza la incomodidad ni el impacto, sino que lo subraya. Aunque a ratos se haga muy difícil verlo. Quizás, porque en Mis muertos tristes nunca termina de despejar. La neblina sigue ahí, pesada y necesaria. Pero cuando ya no podemos sacar la cabeza y ver con claridad, todavía podemos escuchar.
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