Mi luz crece: a 30 años de Viajar de Lucybell
Los protagonistas de Lucybell reconstruyen para Culto el disco que terminó de definir el sonido y la identidad de la banda. Y que los terminó por transformar en imprescindibles del catálogo nacional.

El 29 de febrero de 1996, un viaje quedó interrumpido para siempre. El vuelo 251 de Faucett Perú se aproximaba de noche a Arequipa cuando impactó contra una elevación cercana a la ciudad. Murieron las 123 personas que iban a bordo. No hubo sobrevivientes. Entre ellas estaba Ana Eva Sobrino Sobarzo, de 21 años, ligada al mundo del teatro y entonces pareja y profunda amiga del cantante, guitarrista y principal letrista de Lucybell, Claudio Valenzuela.
La tragedia alcanzó al músico cuando la vida de Lucybell comenzaba a acelerarse. Peces, publicado en 1995, seguía creciendo, aumentaban los conciertos y el cuarteto empezaba a salir cada vez más de Santiago y de Chile. “El primer disco puede ser exitoso, pero un segundo disco es como la duda”, recuerda Valenzuela, al explicar la presión que implicaba sostener lo conseguido con el debut.
Desde la industria, el mánager histórico de Lucybell, Pablo Rodríguez, amplía esa escena. Peces había convertido al grupo en artista prioritario para EMI, significado la renovación del contrato y abierto una agenda cada vez más intensa. “Era gira, ensayo, composición, gira, promoción”, resume el representante.

Pero el ascenso no había ocurrido de un día para otro. Antes de los discos, los viajes y la exposición televisiva hubo años de tocar y construir una audiencia. “Partimos tocando en el 91 y estamos hablando del 96”, recuerda desde Montreal el tecladista Gabriel Vigliensoni. Para cuando apareció Viajar, Lucybell llevaba cinco años recorriendo escenarios y consolidando un público que había crecido junto a la banda, explica el músico.
Viajar
El segundo álbum comenzó a escribirse dentro de esa actividad. Cuando enfrentaron formalmente el nuevo material ya tenían “un buen par de canciones”, recuerda el bajista y guitarrista de la formación original, Marcelo Muñoz. El repertorio de Peces comenzaba además a quedar corto para los conciertos, por lo que algunas composiciones nuevas fueron probadas directamente frente al público.
Ese proceso tenía una regla interna. “Si a uno no le gustaba el tema, se echaba para atrás”, explica Muñoz. Las ideas podían surgir de cualquiera de los cuatro, pasar por sesiones de jamming y terminar convertidas en canciones colectivas, agrega el bajista.
Otras aparecieron directamente en la ruta. “La escribí en Iquique, en un hotel donde estábamos quedándonos”, cuenta Valenzuela sobre la letra de Mataz, al recordar cómo parte del material nació mientras la banda seguía de gira.
El baterista Francisco González completa esa transformación desde el crecimiento musical del grupo. “Cada uno creció un montón y propuso cosas distintas a Peces. Entonces como que Peces quedó atrás, sonoramente hablando”, sostiene González.
Mi luz crece
Las escuchas también se habían movido. Durante la preparación de Viajar, The Bends, de Radiohead, y Catherine Wheel estuvieron entre las referencias de Muñoz. Vigliensoni siguió el trip hop, el catálogo del sello 4AD y a Seefeel, banda británica situada entre el dream pop y la electrónica.
Entre los discos que llevó a sus compañeros estuvo también Jazzmatazz Vol. 1, el álbum de culto de 1993 donde el rapero Guru cruzó hip hop y jazz con figuras como Donald Byrd y Roy Ayers. Los viajes alimentaron esa búsqueda: en Londres recorrieron disquerías y regresaron con música nueva.
Pero las referencias no se quedaron en las maletas. Un computador comenzó a aparecer en la sala de ensayo de la mano de Vigliensoni, algo todavía poco habitual en 1996. “Ahora es normal ver un computador en una sala de ensayo, pero en esa época no”, recuerda Valenzuela. “Cada quien estaba buscando: ‘OK, ¿qué hago con esto?’. Maquinitas, busquemos cositas”, agrega el cantante.
Vigliensoni trabajó con un Kawai K11, un Casio CZ-1000 y un Ensoniq ASR-10. El sampler dejó huellas concretas en el álbum: Mataz utilizó un sample de batería de So Wat Cha Sayin’, de EPMD, mientras Viajar incorporó material de Happiness is easy, incluida en The Colour of Spring (1986), de Talk Talk. “El sample estaba fuerte, era como una nueva paleta de sonido, una nueva sonoridad”, explica el tecladista.
Muñoz describe desde otro lugar el espacio que abrió esa experimentación. “Las canciones tenían mucho aire”, recuerda. El bajista aprovechó ese margen para desarrollar líneas más melódicas, aunque mantuvo un sonido casi desnudo: grabó con un Rickenbacker 4001, un amplificador Ampeg y sin efectos. “Cero efecto en ese disco. La señal de bajo tal como es”, precisa Muñoz.
González trabajó con una batería Premier y una caja piccolo, haciendo convivir la batería acústica con secuencias y programaciones. Valenzuela ocupó por aquellos años una Hamer de diseño Superstrat. Fuera de la sala, leyó poesía, Kafka y Eduardo Anguita.
Ver
Viajar fue grabado entre los estudios Master y Kadorna, en Santiago, con el productor e ingeniero argentino Mario Breuer, quien ya había trabajado con Lucybell en Peces.
Breuer recuerda el segundo álbum como considerablemente más difícil de realizar que el primero. Frente a esa apreciación, Vigliensoni introduce otra perspectiva: “Mario lo ve desde el punto de vista de que lo contratan por un número determinado de días y los días avanzan y no está todo listo. Yo lo veo un poco distinto. También estábamos arriesgándonos a hacer otras cosas”, plantea el tecladista.
Parte de ese trabajo incluso salió del estudio. Equipos y músicos se trasladaron hasta una parcela de González para continuar algunas pruebas y grabaciones.

Una de las discrepancias con Breuer apareció en Ver. El productor consideró que Muñoz tocaba demasiadas notas y le pidió simplificar la línea, tocar más “como bajista y no como guitarrista”. Muñoz defendió su arreglo y sus compañeros lo respaldaron. Tres décadas después, relativiza cualquier idea de enfrentamiento. “Hubo diferencias, pero siempre en un ámbito de cariño y respeto. Yo aprendí mucho de Mario”, aclara el bajista.
Valenzuela vivió la dificultad del disco desde otro lugar. “Fue un disco súper difícil de grabar. En lo personal tuve un pánico escénico, por decirlo de alguna forma. Íbamos a grabar voces y no pude”, se sincera el cantante. Parte del trabajo vocal terminó trasladándose al campo de González. La experiencia reforzó su vínculo con Breuer. “Él entendió muy bien, tenía mucha experiencia y me ayudó muchísimo. Yo creo que hay varios maestros en mi vida y uno de ellos es Mario”, agrega Valenzuela.
Tampoco todas las decisiones de aquellas sesiones sobrevivieron intactas al paso del tiempo. Vigliensoni considera que el demo de Me dejo tentar era muy superior a la versión publicada en Viajar. Valenzuela coincide con él.
Carnaval
“Había muchas cosas pasando en mi vida en ese momento y creo que están muy impresas en lo que pasaba en las letras”, recuerda Valenzuela, al volver sobre aquel período.
Carnaval había comenzado desde una idea de Muñoz tocada en una guitarra acústica Ovation. Luego entraron los cuatro y la canción tomó otra forma. “Es una canción sumamente importante dentro de toda la historia de lo que he compuesto en música y letra”, asegura el cantante.
Uno de sus versos dice: “Sería tan fácil siendo monte...”. Ana Eva había muerto meses antes en un avión que impactó contra una elevación cercana a Arequipa.
Treinta años después, durante esta conversación, Valenzuela repasa sus canciones favoritas de Viajar y se detiene en Ver. La describe como “muy lenta, muy bonita y súper, súper, súper triste”.
Hace un silencio.
“Es para la misma persona de Carnaval”, revela Valenzuela.
Mataz
Mientras el álbum seguía inconcluso, la necesidad de mostrar material nuevo obligó también a mover las piezas desde la industria. “De manera muy jugada adelantamos Mataz como single/EP. Así ganamos tiempo para publicar algo nuevo en agosto y dejar tiempo de terminar de afinar el disco. Y sacarlo en octubre”, explica Rodríguez.
La canción también alteró los roles habituales dentro del cuarteto. Nació de un jamming y González, el baterista, terminó tocando el bajo. Valenzuela buscó una forma vocal distinta, más cercana al crooner, con Scott Walker y Frank Sinatra entre sus referencias. “Mataz es un pedazo de canción”, resume González.
La transformación sonora necesitó también una imagen. Para el videoclip volvió el realizador audiovisual Carlos Moena, amigo del grupo desde sus primeros años. Había dirigido De sudor y ternura en 1993 y documentado la grabación de Peces, aunque EMI no le había confiado los videos oficiales del primer álbum. Para Viajar, los propios Lucybell impulsaron su regreso.

“Queríamos ser anti-grunge”, recuerda Moena. Trajes, corbatas, una fiesta luminosa y personajes extraños reemplazaron el pelo largo y las penumbras. Help!, Goldfinger y La naranja mecánica estuvieron entre las referencias visuales, explica el realizador. El guitarrista de Los Parkinson, Rodrigo Hidalgo, se sumó a la escenografía y pintó los retratos de los supuestos antepasados de Lucybell que aparecieron en las paredes.
La filmación se realizó el 10 de agosto de 1996 en el estudio Claramunt de Ñuñoa, en cine de 16 milímetros y con alrededor de veinte extras. Al casting se habían presentado unas 70 personas. Vigliensoni regresaba de Europa, perdió un vuelo en Buenos Aires y el trabajo comenzó sin él. Moena filmó primero las escenas donde Gabriel no aparecía. El tecladista llegó durante la tarde y la jornada continuó hasta casi el amanecer.
Mientras tanto, MTV ya hacía correr el reloj: en pantalla anunciaba que faltaban treinta días para el nuevo video de Lucybell. “Naturalmente me metía más y más presión”, recuerda Moena.

El despliegue promocional estaba planificado casi día por día. El 26 de agosto Lucybell aparecería en TV Novelas y el 29 en TV Grama. Ese mismo 29 de agosto, Mataz sería presentado en Teletrece, Meganoticias y 24 Horas. Al mediodía del 30 de agosto estaba fijado el estreno mundial del videoclip en MTV y esa noche, a las 22 horas, Lucybell tocaría en la SCD.
El plan contemplaba además la portada del suplemento Subte de La Tercera, cobertura en los suplementos de los diarios de Santiago y una ofensiva de prensa que debía extenderse a las regiones. La información que se buscaba instalar era precisa: Mataz como primer single, su alta rotación en MTV, el nombre del nuevo álbum, la fecha de salida de Viajar, la nueva imagen del grupo y el concierto de cierre del ciclo SCD. Entre los puntos de la campaña aparecía además uno que todavía sonaba novedoso en 1996: “Lucybell en Internet”.
El disco comenzó también a existir como objeto. El diseñador e integrante de Solar, Javier Pañella, trabajó la portada desde una referencia inesperada: Rubber Soul, de The Beatles, llevado, según recuerda, hacia una ciencia ficción nostálgica. Sobre la fotografía de Baruel inclinó la imagen hasta formar una X y situó el ojo de Valenzuela cerca del centro de la composición, explica el diseñador.

De aquel trabajo surgió la espora o semilla eléctrica verde flúor que terminó trascendiendo la portada. “Se convirtió en una especie de logo, hizo honor a su concepto y se fue viajando con ellos, cambiando a través de varios discos”, recuerda Pañella. Al mirar hoy el reverso del álbum, reconoce además una atmósfera oscura y cyberpunk cercana a la estética que The Matrix popularizaría algunos años después, agrega.
El cruce de Pañella con Lucybell tampoco terminó en la portada. Por esos mismos meses, Solar preparó Play, publicado en 1997 y convertido en otro disco clave del rock chileno de la década. Vigliensoni colaboró en la grabación de sus teclados, registrados en su casa.
Moena volvió después a trabajar con Lucybell para Viajar. Durante una presentación en Puerto Montt llevó a la banda hasta el transbordador del canal de Chacao. “Hacía un frío espantoso”, recuerda Muñoz.
Hacia el cielo
El siguiente movimiento ocurrió el 30 de septiembre. Lucybell presentó Viajar en el Planetario de Santiago con una puesta en escena pensada para el lugar. El programa contemplaba tres piezas: Viajar, acompañada por los efectos visuales que pudieran generarse en el propio Planetario; Tropezar al andar, con un diaporama elaborado junto a Baruel; y Mataz, mediante la exhibición de su videoclip. Después vendrían una conferencia de prensa para presentar el álbum y anunciar el concierto del 4 de octubre, seguida de un cóctel para invitados.
El plan promocional fijaba precisamente el 4 de octubre como fecha de salida a la venta de Viajar y como inicio de la gira, con un recital de presentación en Santiago.
La publicación coincidió con una exposición que pocos años antes habría resultado difícil de imaginar. “No había redes sociales. Entonces el tema era la televisión. Meterse en televisión era importante y eso lo logramos hacer con varios programas”, recuerda Vigliensoni, al dimensionar el peso que tenía ese medio en la difusión de una banda durante los noventa.
Lucybell tocó en vivo en Hora Prima, de MTV, y pasó por espacios masivos de la televisión abierta chilena como De Pé a Pá, de TVN, conducido por Pedro Carcuro, y Venga conmigo, de Canal 13.
González mide ese salto a través de las canciones. Mataz, Carnaval y Viajar hicieron subir al grupo “dos o tres escalones”, recuerda el baterista.
Breuer, que había producido tanto Peces como Viajar, introduce un matiz. Aunque considera que Peces es superior como disco, reconoce que los singles de Viajar tuvieron un impacto mediático mucho mayor que los de su antecesor. “Bueno, las audiencias mandan, ¿no?”, concede el productor.
México ganó importancia, el álbum alcanzó Disco de Oro y posteriormente Disco de Platino, y en 1997 la Asociación de Periodistas de Espectáculos distinguió a Lucybell con el Premio APES como Mejor Grupo de Chile.
La visibilidad llevó al grupo incluso hasta La Moneda. Allí se reunió con el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle para plantear la necesidad de mayores espacios para los músicos chilenos. González recuerda que, al terminar la reunión, el mandatario les avisó que afuera esperaba la prensa. Salieron, comenzaron las preguntas y una periodista los confundió con Aterciopelados, rememora el baterista.
Tropezar al andar
La misma exposición que hizo crecer a Viajar comenzó a reducir el tiempo que Lucybell tenía para volver a crear. “Fue una vorágine de locura. Era avión, hotel, concierto, mucho tiempo juntos y el disco era nuestro discurso”, recuerda González.
Muñoz calcula, sin pretender exactitud, que llegaron a acercarse a 90 presentaciones en un año. “Perdimos el ritmo real de ensayo”, admite el bajista. Hubo incluso un período en que prácticamente dejaron de escribir porque estuvieron “permanentemente en gira”, agrega.
En febrero de 1998, Lucybell llegó al Festival de Viña del Mar. Vigliensoni recuerda la contradicción que significó aquel escenario para una banda formada pocos años antes en otro circuito. “Era muy raro. Teníamos un pie en el underground, porque nuestras raíces estaban ahí, y de pronto estábamos metidos en el mundo de Megavisión”, explica el tecladista. “Estábamos tratando de entender qué significaba estar ahí. ¿Si estábamos cómodos? No”, agrega.
Valenzuela recuerda la experiencia como “súper emocionante” y también “súper extraña”, admite el cantante. González conserva la impresión de las cerca de 15 mil personas frente al escenario y de una audiencia televisiva muchísimo mayor.
Para Muñoz, aquella noche tuvo otro problema. “En Viña, me enchufaron todo lo 110 volts a 220 volts y viceversa. Me subí y no sonaba nada, me quemaron equipos. Fue un desastre para mí, lo pasé pésimo todo el concierto”, recuerda el bajista.
Después del show, la habitación de Valenzuela quedó junto a la de A.J. McLean, integrante de Backstreet Boys, que actuarían al día siguiente. “Siempre recuerdo que mi vecino era uno de los Backstreet Boys, el malo de los Backstreet Boys”, cuenta entre risas el cantante. Más tarde, mientras Lucybell celebraba después de su presentación, McLean llegó hasta la fiesta, pero la visita duró poco: rápidamente aparecieron dos guardias de seguridad y se lo llevaron, recuerda Valenzuela.
El ritmo terminó dejando una consecuencia concreta. Cuando en 1998 comenzaron a preparar el siguiente álbum, el disco rojo, apenas tenían unas seis canciones listas, explica Muñoz.
Eléctrico cariño
Treinta años después, tampoco existe un solo Viajar para quienes lo hicieron.
Muñoz elige Viajar, Mataz, Me dejo tentar y Tropezar al andar. Vigliensoni vuelve a Viajar, Tropezar al andar y Mataz, pero guarda un cariño especial por Eléctrico cariño. Valenzuela escoge Ver, Viajar y Carnaval, mientras Mi luz crece todavía le parece “poética, futurista”, explica el cantante.
En 2016, cuando Viajar cumplió 20 años, Lucybell volvió a interpretarlo completo y llevó la celebración por Chile y Perú. El álbum fue reeditado en vinilo y, en 2008, la edición chilena de Rolling Stone lo ubicó en el puesto 49 de su selección de los 50 mejores discos chilenos.
Eléctrico cariño fue escrita por Valenzuela para su hijo. Este año volvió a cantársela para su cumpleaños, tres décadas después de haberla compuesto.
Al mirar hacia 1996, Vigliensoni prefiere desplazar el foco desde el álbum hacia quienes lo hicieron. “Yo defiendo, más que el disco, defiendo el trabajo de mis compañeros y Lucybell como banda”, dice desde Montreal.
Valenzuela coincide desde el recuerdo. “Yo recuerdo esa etapa como muy bella y todos muy comprometidos”, afirma el cantante.
Moena elige una palabra sencilla para definir lo que todavía permanece: amistad. Y amplía el círculo. No habla únicamente de los cuatro músicos, sino del sexteto, el mánager, los técnicos, el diseñador y quienes compartieron aquellos años, precisa el realizador.
Mientras este reportaje todavía se escribe, Muñoz publica una fotografía tomada durante la filmación de “Mataz” en 1996. Han pasado 30 años desde aquella imagen.
Aquella formación ya es parte del pasado. Sus integrantes siguieron caminos distintos, las canciones cambiaron de tiempo y quienes hicieron el disco continuaron sus propias vidas. Pero algo de Viajar nunca se quedó quieto.
Tres décadas después, Viajar sigue moviéndose de un lugar a otro.
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