Riviera ‘76: el verano de las flores marchitas
El Woodstock provenzal se convirtió en un pie de página de la cultura pop porque nunca tuvo un relato. Mientras que el festival original fue la extensión lógica del pacifismo, los derechos civiles, el amor libre y las protestas contra Vietnam, Riviera ‘76 recibió a la generación del 68 con trabajo estable y vacaciones pagadas.
La arqueología musical opera de formas misteriosas. Una búsqueda obsesiva de material sobre Betty Davis terminó destapando un tesoro improbable: casi trescientas latas de celuloide guardadas medio siglo en un sótano parisino. Ahí estaba el registro del festival Riviera ‘76, el “Woodstock provenzal”, un evento que parecía un mito urbano y que hasta sus propios asistentes habían llegado a poner en duda. Después de dos años de restauración, ese hallazgo se convirtió en el documental que france.tv estrenó el pasado 31 de julio y que está disponible en su canal de YouTube.
Detrás de esta quimera estaba Michael Lang, el mismo que había cosechado laureles tras organizar Woodstock, la cumbre de la era hippie y el festival más icónico de la cultura pop. Siete años después, el apetito de Lang había aumentado y quería que su gesta se repitiera al otro lado del Atlántico. En poco tiempo levantó seis millones de francos, se asoció con Albert Grossman —el mánager de Bob Dylan y Janis Joplin— y consiguió el circuito de Fórmula 1 Paul Ricard de Le Castellet, una localidad en el sur de Francia. En el papel parecía una oportunidad perfecta, pero Lang -parte soñador, parte mercachifle- terminó con un pie en el abismo.
El afiche promocional del Festival Riviera ’76 hablaba de un evento de jazz con figuras de primer nivel en una locación idílica. Pero el cartel terminó transformado en una amalgama que mezclaba salsa, reggae y rock progresivo con jazz fusión y funk afrocéntrico. Donde Woodstock había sido un ejemplo de curatoría armónica, aquí florecían las tribus y los nichos con gustos demasiado específicos. Los prados verdes y el lago que Michael Lang había prometido tampoco aparecieron: era un peladero donde abundaban la gravilla y el asfalto calcinado bajo el sol de julio. Los más entusiastas se bañaron en estanques de bomberos que terminaron convertidos en paraísos del nudismo. De paso, las botellas que cayeron al fondo generaron una epidemia de pies cortados que podría haber escalado a crisis sanitaria. El festival dejó varias viñetas fragmentadas que el documental reconstruye con fidelidad. Joe Cocker, veterano de Woodstock que fue presentado como la gran estrella, tocó menos de veinte minutos y se retiró entre abucheos y piedrazos. Borracho e inestable, apenas pudo coordinar algunos movimientos antes de tropezar y caer tras bambalinas. Betty Davis, que llegó en reemplazo de su exmarido, Miles Davis, ofreció el show más sólido que se recuerde, con un despliegue de funk volcánico. Y Magma, el grupo francés de vanguardia progresiva, debió tocar a las cinco de la mañana, frente a un mar de sacos de dormir repartidos como larvas en la tierra.
La organización de Riviera ‘76 fue un caos. Michael Lang no tenía con qué pagar a los artistas y les ofreció los derechos fílmicos a futuro: pero el futuro nunca llegó. Peor aún, la mafia local infiltró el evento y se robó parte de la recaudación, además de amenazar al productor que también les ofreció los derechos de las filmaciones. Lo único cinematográfico, al final, fue el escape de Lang a Estados Unidos, para salvar su pellejo y algo de su reputación. El Woodstock provenzal se convirtió en un pie de página de la cultura pop porque nunca tuvo un relato. Mientras que el festival original fue la extensión lógica del pacifismo, los derechos civiles, el amor libre y las protestas contra Vietnam, Riviera ‘76 recibió a la generación del 68 con trabajo estable y vacaciones pagadas bajo la presidencia de Giscard d’Estaing. El sueño hippie estaba enterrado y sólo quedaba el insomnio.
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