Sin traje negro ni idealizaciones: el último año de Manuel Rodríguez
El escritor chileno Andrés Valenzuela se sumerge en 1818 para rescatar al hombre detrás del mito en su nueva novela, El húsar y la muerte. En esta entrevista, explica por qué decidió despojar al prócer de su uniforme cinematográfico para mostrarlo en su faceta más humana: la de un abogado idealista, un Director Supremo incómodo con el mando y un guerrillero que, lejos del bronce, enfrentó sus días finales con los mismos miedos y contradicciones que cualquier mortal.
Los últimos meses de vida del célebre guerrillero Manuel Rodríguez fueron muy movidos: fue Director Supremo por un par de días, creó un regimiento y hasta le hizo una protesta a Bernardo O’Higgins, entrando a caballo en el Palacio de Gobierno. Eso llamó la atención del escritor nacional Andrés Valenzuela, quien basado en esos hechos decidió lanzarse a escribir una novela histórica. Así nació El húsar y la muerte (Ediciones B), una novela histórica que recrea los días finales del prócer de la independencia.
Tras su llegada al sello del grupo Penguin Random House, Valenzuela ha publicado las ficciones Fragata Cochrane (2024) y Las mujeres de la Guerra del Pacífico (2025), en las que se sumergió en el conflicto de 1879. Sin embargo, ahora pone su mirada en los años de la independencia de Chile, y consiguió una novela en que la historia entretiene y está sustentada con base histórica. El corazón de la narrativa histórica.
“Un día apareció la idea: una novela centrada en los últimos días de Manuel Rodríguez -comenta Valenzuela a Culto-. Desde su posición en aquel momento histórico, pasando por el estado de su vida personal y sus relaciones, la repentina alza al poder, la amenaza realista y la inminencia de la decisiva batalla de Maipú hasta el final que todos conocemos. En un comienzo pareció un buen tema para una novela de recreación histórica, pero al analizar mejor el curso que tomaron estos acontecimientos también se apareció como un campo apropiado para entrar en el ámbito más personal de un ser humano”.
¿Cómo fue el proceso de escritura?
Análisis de diversas fuentes bibliográficas, ojalá con diversas opiniones y ángulos, luego la selección y construcción de personajes y escenarios para después pasar al desarrollo del relato mismo. En este caso, al ser un período de tiempo bastante acotado aunque muy acontecido, implicó recorrer por fuentes de índole bien diversa, desde crónicas de Santiago de principios del siglo XIX a croquis y exposiciones militares sobre la batalla de Maipú.
¿Por qué te interesó en particular esta última etapa de Manuel Rodríguez en 1818?
Por lo general, lo que se habla de Manuel Rodríguez va en relación con su época como guerrillero durante la reconquista realista y su muerte misma. Sin embargo, el período de su último año de vida ofrecía mucho: desde su repentina subida al poder, la relación con los demás con quienes ayudó a construir ese poder, su igual de repentina prisión, sus vínculos familiares y todo eso sumado a lo que estaba pasando en Chile al mismo tiempo. Ese contexto permitía plasmar un personaje revisitando su vida, sus anhelos y logros, también sus fantasmas y desaciertos, preguntándose muchas cosas que tal vez todos nos hemos preguntado en algún punto de nuestras vidas. Era la oportunidad de dar no tanto con un héroe admirable, sino con una persona respecto a la que podemos empatizar y hasta identificarnos.
Manuel Rodríguez es quizás el personaje más “romantizado” de la historia de Chile. ¿Cuál fue tu mayor desafío al intentar humanizarlo sin perder esa mística de húsar?
En general en las novelas trato de ceñirme a las fuentes históricas y evitar tanto las idealizaciones como las demonizaciones de los personajes. En uno y otro sentido me parecen caricaturas poco creíbles y por lo mismo, sean personajes de ficción o que existieron, no marcan el sentido de lo que es una persona. Todos tenemos grandes momentos, sea de lucidez como de falibilidad y creo que eso es lo que debe plasmar un personaje en una historia. Manuel Rodríguez no fue la excepción y claro que es una tremenda responsabilidad por lo que su nombre significa para la transversalidad de la gente, pero a la vez me parecía injusto que esta versión desde la ficción no tuviera todo lo que tiene una persona real, incluso ese lado falible, de duda o incluso de arrebatos y yerros. Injusto, sobre todo con el personaje mismo: a veces se nos olvida que Manuel Rodríguez, más allá de la grandeza del mito y su legado, fue una persona real. Creo justo que sea recordado también de esa manera. Después de haber investigado sobre esta parte de su vida y su personalidad, creo que a él le hubiese gustado así.
En la novela uno siente que Manuel Rodríguez se siente incómodo con el poder, sobre todo al tener que ejercerlo como Director Supremo. ¿Crees que fue así en realidad?
Creo que es muy posible. De lo que puede desprenderse de las fuentes, era una persona no muy dada al poder formal y tal vez por eso es de los pocos llamados próceres de esa época si no el único que era querido incluso por el bajo pueblo. Si bien nació en una familia que podría denominarse de “clase media”, con los reparos que pueda tener el uso del término para esos tiempos, conocía bien el mundo popular y después eso mismo le resultó muy útil durante su época guerrillera, lo que solo engrandeció la leyenda. La gente lo quería y al parecer él se sentía cercano a esa gente, lo que puede resultar no tan compatible con una posición como la de Director Supremo.
Un hilo de la novela es el choque de Rodríguez con O’Higgins y la Logia Lautarina. De hecho, O’Higgins a veces parece sobrepasado por Monteagudo y por la Logia ¿cuánto se sabe efectivamente de eso y pudiste llevarlo a la novela?
En las fuentes históricas se menciona esta pugna y es lo que traté de plasmar en la novela: esta disputa entre facciones que a su vez forman parte del mismo bando durante la guerra de Independencia. En ese sentido, las contiendas de poder o incluso los egos personales creo que solo se vieron exacerbados por las a veces ni tan solapadas intervenciones de la Logia Lautarina: sus miembros podían tener claras las lealtades a la causa patria, pero la injerencia en los mismos tampoco fue despreciable. En ese sentido, al parecer fue un elemento disruptivo más en lo que ya de por sí fue un proceso con grises, claroscuros y mucha confusión de por medio.
¿Crees que de la actuación de la Logia Lautarina en Chile falta por escribirse más?
No podría decir si falta o no por escribirse más sobre el tema; no soy historiador y creo que para eso la academia está en muchísimo mejor pie para responder. Lo que sí creo es que a nivel de ciudadanos de a pie tal vez nos falta conocer un poco más sobre esa parte de la Historia. No es que esté oculta, pero a veces nos quedamos solo con los Rodríguez, los Carrera, los O’Higgins y la Logia Lautarina no pasa de ser una mención en las clases del colegio. Se pasa por alto su injerencia en todo el proceso de Independencia tal como también pasa con muchos otros personajes y situaciones que resultaron determinantes y que ahora no tienen un peso específico tan grande en el ideario sobre el tema.
Otros personajes relevantes en la vida de Manuel Rodríguez son Francisca de Paula Segura y Ruiz, y su padre, Carlos, ¿cómo los reconstruiste a ellos?
Sin perjuicio de las fuentes históricas, a la vez quería que se aparecieran como presencias creíbles en sus respectivos roles en la vida de Manuel Rodríguez. Francisca de Paula era una mujer que sabía quién era y lo que significaba tener una relación con él. Por tanto, iba a apoyarle, pero tampoco iba a ser alguien que le idealizara o que no iba a decir su opinión, incluso aunque le incomodara. Carlos Rodríguez como padre también iba a tener diferencias al ver a su hijo arriesgándolo todo, siendo él mismo un funcionario de la corona española, más conservador incluso por un tema etario y con una responsabilidad a cuestas que era como veía a su propia familia, Manuel incluido.
Algo que llama la atención es que en la novela nunca aparece el traje negro completo de húsar de la muerte con el que suele representarse a Rodríguez, lo pones más bien con uno verde oscuro, ¿por dónde pasó esa decisión?
Las imágenes más célebres de Manuel Rodríguez, como aquella con el uniforme negro de Húsar de la Muerte, fueron realizadas con posterioridad a su muerte, varios años después de hecho, y son obra de artistas por lo que son interpretaciones del personaje. En la novela también se optó vestuario militar, en particular un dolmán verde de alamares negros que se sacó de Vida de Manuel Rodríguez El Guerrillero de Ricardo Latcham, una de las obras más clásicas sobre el tema. Ahí se describe esta indumentaria cuando Manuel Rodríguez marcha hacia su muerte con el regimiento Cazadores de Los Andes y luego cuando una vez asesinado se hace inventario de sus pertenencias. Esto también puede tratarse de una interpretación de parte de aquel autor, pero de serlo está concebida en circunstancias que me parecieron más creíbles.
Después de haber escrito esta novela, ¿quién fue Manuel Rodríguez para ti?
Un buen tipo dentro de lo que un ser humano puede ser, ingenioso y bravo, de vida sencilla, impulsivo, idealista hasta el punto de su propio perjuicio, bien amigo de sus amigos, educado e inteligente. Además, un buen abogado, con un conocimiento que supo aplicar incluso en los momentos en que un poco a contrapelo le tocó hacerse cargo del poder. Alguien que te podría ceder el asiento en la micro o el metro lleno hasta las banderas o que te ayuda con un trámite que no entiendes sin tener por qué hacerlo.
Venías de publicar dos novelas de la Guerra del Pacífico. ¿Es diferente hacer novela histórica de la guerra de 1879 que de la Independencia?
Es diferente. La reconstrucción histórica demanda un proceso más o menos parecido, aunque se trata de dos contextos distintos donde los conflictos armados también son de naturaleza diversa. La guerra del Pacífico involucra a tres beligerantes ya más definidos como países y sus respectivos Estados realizan el esfuerzo bélico en ese sentido, con un factor económico muy definido también en torno al salitre. En la guerra de Independencia, esos elementos están muy incipientes en Chile y solo decantarían a como se vieron en la guerra del Pacífico varios años después. También puede apreciarse una distinción a nivel de tecnologías existentes, como la fotografía o el telégrafo, que si bien también todavía incipientes, tuvieron participación e injerencia en la guerra del Pacífico mientras que nada de eso existía en la época de la guerra de Independencia.
El final es abierto y optaste por no jugarte por quién mató a Manuel Rodríguez. Siempre se dijo que fue Antonio Navarro, pero investigaciones recientes han fijado más la responsabilidad en Rudecindo Alvarado y el mayor Severo García de Sequeira. ¿Por dónde pasó tu decisión?
Se sabe poco de eso, como también de otros aspectos de la vida de Manuel Rodríguez. De su vida como abogado, de cómo fue su relación con Francisca de Paula, incluso hay debate respecto a los Húsares de la Muerte y de cuál fue su real participación en la batalla de Maipú. Qué decir de dónde están realmente sus restos, más allá de las versiones oficiales. En parte la decisión pasó como algo ilustrativo de lo poco que sabemos de uno de los personajes más conocidos de nuestra Historia. Sin embargo, también hay otro motivo: podía haberse reconstruido el acontecimiento, aunque varios de los sindicados como presentes en la muerte de Manuel Rodríguez aparecen en la última sección de la novela. Incluso podía haberse narrado el hecho sin indicar quién lo hizo, pero al final lo relevante para la historia no es si fue Navarro, Alvarado, Sequeira u otro quien tiró del gatillo. Lo relevante para la historia es que Manuel Rodríguez fue asesinado.
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