El eterno crucigrama de Jota O

JUAN OSTOIC EX BASQUETBOLISTA Y AUTOR DEL PUZZLE DE LA TERCERA. FOTO: PEDRO RODRIGUEZ

A los 89 años, falleció ayer el histórico basquetbolista chileno, tercero del mundo en 1950 y miembro de la Roja cestera que disputó los Juegos Olímpicos de 1952 y 1956. Entrenador y comentarista, también cumplió desde 1981 como el maestro de los puzzles en el diario La Tercera.




Esta página le perteneció durante décadas a Jota O. La penúltima plana de La Tercera, en la que desde 1981, con muy cortas interrupciones, se veía su firma sobre el crucigrama. Hoy no hay puzzle, su espacio está de luto, como toda la redacción de este diario, que lamenta la partida de don Juan Benito Ostoic Ostojic, quien ayer, a los 89 años, falleció producto de un ataque cardiaco fulminante.

Don Juan trabajó hasta sus últimos días en la que fue su segunda casa y donde vio pasar a generaciones de periodistas. Con la mayoría estableció una relación cercana, sin distinción, pero especialmente con quienes cubrían la verdadera gran pasión de su vida: el deporte y, más que todo, el básquetbol. Porque Ostoic no era solamente el maestro de los puzzles. También fue una leyenda en vida de la disciplina de los cestos, el integrante más joven de la selección nacional que terminó tercera en el Mundial de Baloncesto de 1950 y después fue quinta en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, con 20 y 21 años, respectivamente. Y además integró la nómina del equipo que asistió a la cita de los anillos en Melbourne 1956.

Logros impensados para este deporte en el presente, tal como el mismo pívot anticipó a fines de la década del 50. “Chile no va nunca más a los Juegos Olímpicos”, les sentenció a sus compañeros meses después del retorno desde Australia, en una reunión que se agendó en el Café Haití. No se equivocó. Han pasado años desde entonces y las glorias del baloncesto nacional no dan señal de revivir. “Nos quedamos estancados”, fue su tristemente acertado vaticinio.

Quienes lo conocieron y compartieron con él, durante su etapa como jugador, entrenador, comentarista de televisión y colaborador de este diario, siempre le destacaron su falta de pelos en la lengua para decir lo que pensaba. Lo demostró en una de sus últimas entrevistas, en las que relató las aventuras que protagonizó con el combinado olímpico. Por ejemplo, tras vencer al poderoso Brasil (58-49) y asegurar el quinto puesto en 1952. Así describió la fiesta posterior en la Villa Olímpica: “Alvaro Salvadores (compañero de equipo) jugaba en Racing de París y se consiguió 48 botellas de vino francés. Las metimos en una tina y conseguimos frutillas para brindar con borgoña. Nuestro médico, el doctor Losada, terminó disfrazado de Nerón, con una sábana y una corona de laurel”, relató.

Ese era Juan Ostoic, un amplio registro de historias, de las que se pueden contar y otras que son imposibles de publicar. Algunas difíciles de creer, pero que él detallaba durante sus conversaciones por los pasillos de Copesa. “Cuando llegué a Santiago, escuchaba de sus hazañas, que eran como escuchar cuentos fantásticos para nosotros. Era soñar”, recuerda Iván Herrera, base de la selección nacional en la década del 70. Y su hermano Manuel, otra leyenda cestera criolla: “Él fue como representante de los entrenadores chilenos a la gira histórica que la Selección hizo en Estados Unidos con Dan Peterson. Era una excelente persona, amaba este deporte”, expresa el histórico armador.

Ostoic, quien nació en la salitrera Rosario de Huara y creció en Iquique, jugó básquetbol con gran éxito, el mismo que tuvo después como entrenador, tetracampeón nacional con Unión Española entre 1970 y 1973. También dirigió a la Roja cestera, masculina y femenina, y tuvo pasos importantes por escuadras del sur, como Malta Morenita de Osorno, protagonista de la Dimayor en los ’80. Un héroe del deporte y, ya retirado del mundo de las canastas, fue premiado como tal por La Tercera debido a su enorme trayectoria.

Se dedicó a la confección de crucigramas, columnas y el comentario especializado, pero nunca dejó de ver básquetbol. Su gran meta como octogenario era sentirse útil, vigente. Y eso lo consiguió como alma de la redacción y maestro de los puzzles, que armó hasta que un infarto dispuso lo contrario. Sus restos serán cremados hoy en una ceremonia íntima, en la que estarán su viuda, sus tres hijos y otros miembros de la familia. Cuando esté permitido, sus cenizas serán llevadas al norte, a su querido Iquique, donde serán depositadas al lado de sus padres.

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