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Christopher Gee, experto en políticas públicas de Singapur: “La edad de jubilación no es un techo, sino un piso mínimo”

A principios de julio, el país asiático elevó la jubilación a los 64 años y el derecho al reempleo hasta los 69, en un sistema donde los empleadores deben mantener contratados a sus pensionados hasta por cinco años. De esta forma, la isla enfrenta una crisis demográfica marcada por el envejecimiento de su población y una fuerte caída de la natalidad. En conversación con LT Horizontes, el director adjunto del Instituto de Estudios de Políticas de la U. Nacional de Singapur aborda la estrategia y los puntos de comparación con la situación chilena.

La población de Singapur está envejeciendo rápidamente.

Para 2030, una de cada cuatro personas en Singapur superará los 65 años, con una natalidad de 0,87 hijos por mujer. En Chile, para aquel entonces, será una de cada cinco, con una natalidad de 0,99 (INE). En respuesta a su crisis demográfica, este 1 de julio el país del sudeste asiático amplió la edad de jubilación a los 64 años y el derecho al reempleo hasta los 69 —que obliga a las empresas a ofrecer un nuevo contrato a quien cumpla los requisitos y quiera seguir trabajando—, con la meta de llegar a 65 y 70 hacia el final de la década.

Christopher Gee –director adjunto e investigador del Instituto de Estudios de Políticas de la Universidad Nacional de Singapur– especializado en vivienda, envejecimiento y previsiones- es una de las voces más autorizadas de su país para discutir la medida, que está construida sobre un modelo tripartito que reúne al Estado, empresas y sindicatos. Según plantea, la edad de jubilación debe entenderse como una protección para el trabajador, y no como un límite que le impida seguir laborando.

Además, tras estudiar el caso chileno, apunta en esta entrevista con LT Horizontes -el nuevo espacio de conversación sobre longevidad de La Tercera- que la caída en la natalidad responde, en parte, al precio de la vivienda.

Christopher Gee: Director adjunto (Investigación) e Investigador Principal del Instituto de Estudios de Políticas, de la Universidad Nacional de Singapur.

Para comenzar, ¿que implica la ampliación del sistema de jubilación y reempleo que comenzó a regir este mes en Singapur?

Lo que ocurrió el 1 de julio fue un aumento en la edad de jubilación y de reempleo para los trabajadores de Singapur. Lo importante es comprender que la edad de jubilación no constituye un techo, sino un piso mínimo. Mientras que en Chile se concibe como un tope, en Singapur funciona como una base: representa la edad hasta la que los empleadores no pueden obligar a un trabajador a dejar su empleo basándose únicamente en su edad. Por tanto, es una medida de protección. Al plantearse de esta manera, elevar el límite de edad transmite un mensaje distinto a los trabajadores: se les está protegiendo durante más tiempo. Si desean seguir trabajando, pueden hacerlo. No serán despedidos por motivo de su edad.

¿Cuáles son algunos de los beneficios de esta variación en el enfoque de la jubilación?

Esta es la base del modelo tripartito. Resulta especialmente beneficioso ante situaciones en las que la mano de obra escasea debido al envejecimiento de la población. Si aumenta el número de personas que se jubilan, disminuye la fuerza laboral disponible. Sin embargo, contar con un sistema que incentive a las personas a seguir trabajando en una etapa avanzada de su vida, siempre que puedan hacerlo, en lugar de limitar arbitrariamente su empleabilidad, es algo positivo. Gracias a esta estructura, se establece un modelo de colaboración en vez de un escenario de confrontación, algo que podría ocurrir si se concibe la jubilación como un límite infranqueable: “Te obligo a dejar el trabajo por tu edad”.

¿Qué problemas específicos resuelve esto para los trabajadores?

Si se dispone de un margen más amplio para trabajar, se reduce la dependencia en la vejez –ese período en el que uno depende de terceros, ya sean los propios ahorros, el patrimonio acumulado, el Estado o la familia–, precisamente porque se sigue trabajando durante más tiempo. Los singapurenses viven cada vez más años, y estoy seguro de que en Chile ocurre lo mismo. Por tanto, si no se modifica la edad de jubilación, la gente vivirá más tiempo sin trabajar. ¿Qué implica esto? Que se prolonga la dependencia propia de la vejez, pero sin contar con medios para el propio sustento.

¿Y qué pasa con quienes simplemente no pueden trabajar hasta los 69?

Al final, el Estado tiene que intervenir. Pero lo que no queremos es dar la impresión de que no hace falta trabajar. En el momento en que evaluamos que la persona lo intentó, hizo todo lo posible, pero por factores fuera de su control no puede sostenerse, entonces interviene el Estado. Existe un umbral mínimo. Si no se ha cotizado lo suficiente en el CPF (el sistema de pensiones singapurense), entra en acción lo que llamamos Silver Support.

Muchas empresas perciben a los trabajadores de mayor edad como un problema. ¿Cómo Singapur logró cambiar esta perspectiva?

La clave es que se requiere un apoyo considerable para que las empresas cambien su mentalidad. Es algo que también beneficia a los propios trabajadores mayores, cambiando la manera en que piensan en ello: esta idea de que no puedes seguir haciendo el mismo trabajo que has estado haciendo durante los últimos 40 años por otros 10. Se trata de replantear cómo se trabaja, en qué se trabaja y con quién se trabaja. Es decir, fomentar la reconversión de competencias tanto para el empleado como para la propia empresa. Asimismo, es fundamental comprender que este cambio debe llevarse a cabo en colaboración con el empleado. Si resulta más sencillo despedirlos y contratar a alguien más joven, las empresas optarán por esa vía. Sin embargo, si se ofrecen incentivos, como ocurre en Singapur, donde existen créditos salariales para trabajadores mayores y amplios subsidios gubernamentales para programas de capacitación, la situación cambia. Estas ayudas se destinan tanto a las empresas y empleadores como a los propios trabajadores.

En Chile, para el año 2030, una de cada cinco personas tendrá más de 65 años. ¿Cuáles son las lecciones más importantes que el país puede aprender de Singapur?

Esto no es algo que comenzamos solo cuando nuestra tasa de fecundidad empezó a caer. Es algo que hemos integrado en una idea más amplia de enfoque estructurado frente a la transición demográfica. Por eso, hay que empezar pronto, hay que trabajar en esto ahora mismo. La diferencia entre Chile y Singapur radica en que el descenso de la fecundidad en Chile se ha precipitado realmente en los últimos años. Esa aceleración es problemática. Los cambios necesarios tienen que llegar aún más rápido. Y esos problemas se acumulan unos sobre otros. La sociedad está teniendo dificultades para reaccionar a esto. La mentalidad sobre el trabajo se basa en la idea de que hay una edad de salida fija. Chile no ha modificado la edad de jubilación desde la década de 1980. Esa idea arraigada en la mentalidad de la gente es muy difícil de cambiar, lo que genera un problema político. Modificarla ahora provoca que la gente piense: “El gobierno me está obligando a retrasar el cobro de mi pensión, me está obligando a trabajar más tiempo”. Se trata de un mensaje diferente para la ciudadanía. En lugar de percibirlo como algo que uno puede hacer por sí mismo, o como una necesidad que debemos afrontar todos juntos, algo que es lo correcto, se percibe como algo que se le está imponiendo a la persona.

¿Cuáles fueron los mayores desafíos a la hora de implementar este sistema?

Las batallas más difíciles se libraron hace mucho tiempo. Lo clave es que esto se llevó a cabo en las primeras etapas del desarrollo económico de Singapur. Gracias a las decisiones visionarias que se tomaron entonces, hemos logrado acumular los ahorros necesarios. Existe una mentalidad orientada en este sentido, de modo que todos colaboramos en lugar de enfrentarnos unos a otros. Esa acumulación de ahorros, tanto públicos como privados, ha creado una base muy sólida que permite afrontar mejor la transición demográfica. La dificultad que enfrentan muchas otras sociedades es que no tuvieron esa oportunidad única en su momento para hacerlo. Luego, la transición demográfica los alcanza muy rápidamente. El caso de Chile es sorprendente: nunca había visto una caída de la fecundidad a niveles tan bajos en solo 10 años. Es increíble.

¿Cómo se explica la baja tasa de natalidad en Chile?

En mi opinión, es una consecuencia de la situación de la vivienda en Chile, especialmente en las grandes ciudades. ¿Qué está ocurriendo con los precios de la vivienda en Santiago? En Singapur sucede algo parecido: la vivienda es cara. Sin embargo, la política de vivienda pública existente permite que las familias jóvenes que planean crecer puedan adquirir un hogar a precios asequibles. Eso ayuda. La vivienda es un tema fundamental. Si se analiza la evolución de los precios inmobiliarios, particularmente en las grandes ciudades, incluyendo Santiago, se observa que han tenido ese efecto.

¿Y cómo se puede abordar este problema?

Se requiere un enfoque coordinado para la creación de viviendas: construirlas y ofrecerlas a los jóvenes cuando se encuentran en la etapa clave para formar una familia. Pero, ¿se dispone de terrenos en las ciudades, donde los jóvenes acuden cada vez más para trabajar y vivir? Es esa migración del campo a la ciudad que se observa en todas partes. Por supuesto, Singapur no experimenta este fenómeno. Siempre ha sido un entorno urbano. Sin embargo, en Chile sí se ha producido esa migración rural-urbana, como también la inmigración. Esto ha generado un exceso de demanda sobre la oferta, provocando un alza en los precios y creando una barrera para la formación de familias. Si observamos el parque habitacional construido en Chile, específicamente en Santiago, gran parte consiste en viviendas pequeñas. Esto se hace, en parte, para lograr un precio final más bajo. No obstante, ello repercute en la posibilidad de tener más de un hijo, incluso para quienes logran acceder a una vivienda. ¿Es un apartamento de dos habitaciones un lugar adecuado para criar una familia? Ciertamente no, al menos no de la manera en que se criaban las familias en el pasado.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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