Columna de Ascanio Cavallo: La incubadora y el íncubo

Plebiscito



Qué pasará en Chile una vez que ceda la pandemia? Cuando se hace esta pregunta, muy pocos están pensando en el balance sanitario después del arrollador tránsito del Covid-19 por el país. Menos todavía los que imaginan una nueva política de salud para enfrentar epidemias futuras. Lo que muchos piensan es si volverá o no la protesta callejera -el 18-0 remozado-, con qué fuerza, con qué extensión. Ese es otro más de los temas que hoy se conversan con un lenguaje metafórico, o sinecdótico, donde lo que se dice no es exactamente lo que se quiere decir, sino algo próximo o asociativo. ¿Cuáles son esos otros temas? Todos, pues: el plebiscito, la Constitución, el gobierno, la oposición, los candidatos, los pactos, los no-pactos…

El gobierno ya resolvió extender por otros 90 días el estado de excepción, aludiendo a razones sanitarias. Como todas las buenas excusas, esta tiene su carga de ambigüedad: en efecto, la pandemia no está controlada, en algunos lugares se porta como una montaña rusa y la opinión pública acusaría al propio gobierno de precipitarse si hiciera algo distinto. Pero, por debajo, algunos alientan que así sea justamente para frenar el ímpetu callejero y otros sospechan que eso es lo único que en realidad mueve al gobierno. Y aún otros, con aire más científico, anotan que la protesta violenta se ha vuelto endémica en los 30 y pico puntos de Santiago donde se ostenta desde hace ya unos 40 años con total libertad.

Y esta pregunta sólo es un preludio de muchas más, partiendo por: ¿en qué condiciones se podrá hacer el plebiscito del 25-O? Y después, ¿bastará el plebiscito para detener la violencia? ¿Tratarán los violentos de influir en la elección de convencionales? ¿Permitirán un proceso de debate racional y amplio? Etcétera.

Una vez más, no son preguntas únicamente nacionales. A menudo el parroquialismo y el singularismo impiden a los chilenos verse como parte de una corriente más ancha, aunque la mayor parte de su historia ha estado finamente sincronizada con el torrente de la gran Historia. Esta vez no es diferente.

En estos meses, los profesores italianos Roberto Censolo y Massimo Morelli estudiaron las 57 mayores epidemias desde la Peste Negra de 1346 hasta la Gripe Española de 1919 y las correlacionaron con disturbios graves antes y después de cada una. En su estudio (publicado en la revista Peace Economics, Peace Science and Public Policy) hallaron sólo cuatro casos de revueltas durante las epidemias, lo que confirma una de sus dos tesis: que la plaga desplaza los conflictos anteriores. La segunda tesis es que el período epidémico actúa como una “incubadora social”, donde se acumulan tensiones para estallar con más fuerza después de la emergencia. El detalle es que este “después” puede tomar años: por ejemplo, 17 en el caso de la revolución de 1848 en París, que el historiador Frank Snowden considera como rebote tardío de la gran epidemia de cólera de 1831.

Visto con esos plazos, podría ocurrir, por ejemplo, que los que alimentan la “incubadora” en un momento dado sean los que estén en el poder cuando salga el íncubo. La historia suele ser algo más caprichosa que los estudios.

¿Y cuándo, entonces, se podrá dar por terminada la pandemia? Clínicamente, sólo cuando exista una vacuna segura, un año más o algo así. Socialmente, cuando la gente crea que hay condiciones para retomar sus actividades normales. Una encuesta de Deloitte-Cadem conocida el viernes arroja resultados sorprendentes: más de la mitad de las personas piensa que no retomará la mayoría de sus actividades corrientes -desde encontrar un trabajo hasta enviar a los niños al colegio- antes de seis meses. De modo paradojal, también una mayoría piensa que ahora mismo, sin tomar en cuenta esa enorme postergación, la situación económica está mejor (excepto el empleo) y mejorará aún más (incluso el empleo). La misma pregunta hecha a un panel de dirigentes de empresas presenta resultados más cautelosos: la economía no se recuperará tan rápido.

En el ambiente de lenguaje doble y pensamiento alegórico por el que atraviesa el país, también esto puede significar un combate de opuestos. El polo del pesimismo, con su inagotable vocación trágica, puede deducir que la falta de confianza social incrementará en forma explosiva el malestar mientras más tarda la recuperación. El polo del optimismo, armado de su sonriente inclinación por la comedia, puede pensar que de todo esto sólo saldrá una sociedad renovada y constructiva, que después del plebiscito favorecerá la ruta de la paz institucional.

Ambas cosas son apuestas, desde luego. Por de pronto, la supuesta salida a la crisis político-social, el plebiscito de octubre, se hace más y más problemático. Además de las negligencias para garantizar el derecho a votar de todos los ciudadanos, aparece secuestrado por los escuálidos partidos, fuera de los cuales no hay espacio para las candidaturas de independientes: es como si los legisladores y las autoridades electorales no divisaran las necesidades de salubridad psicológica y política de ese momento inaugural. Como si no vieran la incubadora.

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