Columna de Óscar Contardo: La alegría de cartón

Centro de distribución de las cajas del plan "Alimentos para Chile".

Centro de distribución de las cajas del plan "Alimentos para Chile".



El último trabajo formal de la poeta Stella Díaz Varín lo tuvo en 1978. La escritora, conocida por su pelo colorín, debía organizar un concurso semanal para mujeres dueñas de casa. Una especie de rifa, cuyo premio era una bolsa con alimentos y productos de limpieza doméstica. Durante esos años había muchos sorteos, concursos de todo tipo, de hecho, eran el principal contenido de los programas de televisión, espectáculos que se multiplicaron en los canales como un síntoma benigno y dicharachero de un mal oscuro -la cesantía y la pobreza- que ocurría tras el decorado luminoso de tómbolas y ruedas de la fortuna. Había concursos todos los días: de canto, de baile, carreras de guaguas y destrezas de todo tipo para lograr una bolsa de fideos, unas latas de salsa de tomate, batidoras eléctricas, planchas o, en el mejor de los casos, un auto cero kilómetro. Cada premio era una alegría vicaria para una audiencia cautiva que se había acostumbrado a esperar un turno para una oportunidad que podía no llegar jamás. La felicidad duraba lo que el momento del logro televisado, lo mismo que la sorpresa de una tapa de yogur marcada con un “vale otro”. Una alegría efímera para balancear la experiencia cotidiana de precariedad, algo de lo que no se hablaba en televisión, porque no era bien visto criticar, ni usar palabras inapropiadas -como hambre o pobreza- que pudieran romper el hechizo. Díaz Varín alguna vez le puso nombre a esa época: El Asco, la llamó.

“¿Es usted feliz?”, era la pregunta que Alfredo Jaar instalaba en letreros públicos como parte de un proyecto de arte que comenzó en 1979 y terminó en 1981. La pregunta podía parecer inocua a primera vista, pero bastaba situarla en el momento para sentirla como una provocación. Eran años en que cualquier reflexión pública significaba una sospecha oficial; lo que cundía eran las arengas patrias en torno a un líder de capa oscura que dividía al país entre chilenos bien nacidos y el resto, a quienes identificaba como enemigos. Para ese líder y su círculo, el bienestar consistía en tener cosas, en la lógica de los programas de concursos. Así fue como prometió que gracias a su régimen uno de cada siete chilenos tendría automóvil y uno de cada cinco, televisión. La promesa se extendió en el tiempo hasta ser acunada por la democracia y adoptada como propia por las nuevas autoridades. ¿Era eso el desarrollo? La respuesta a esa interrogante era casi unánime hasta hace siete meses. Desde el estallido eso cambió.

El hechizo está roto, pese a que las manifestaciones se acabaron por la emergencia sanitaria. La última señal ocurrió cuando los vecinos de El Bosque decidieron desafiar la cuarentena y exponerse al contagio para gritar que no tenían comida. Una mujer de La Pintana durante un despacho en vivo de televisión lo dijo: “Ya no nos escucharon conversando, tuvimos que salir a la calle”. Parte del oficialismo sembró la duda sobre la espontaneidad de los actos; otros se burlaron del aspecto de las personas que protestaban: ¿Cómo van a tener hambre si se les ve con sobrepeso? El desprecio clasista y racista como arma ha surgido sin disimulo durante los últimos meses. El gobierno apuró la preparación de cajas de mercadería, un plan a todas luces improvisado, que opacó el triunfo legislativo de la semana pasada, cuando la derecha impidió que el bono de ayuda por la emergencia superara los 65 mil pesos. Según explicó una diputada que se opuso firmemente a elevar la cifra de dinero, el gobierno no quería que los más pobres dependieran del Estado. Así fue, ahorraron a costa de mantener a millones de personas -una difusa clase media vulnerable que no es otra cosa que pobreza con acceso a crédito- expectantes. Al parecer, para el gobierno la ayuda tenía que cobrar otra forma, no la de un monto transferido por el Estado, sino la del alivio en caja que pudiera establecer un vínculo de gratitud entre un beneficiado y un benefactor. Una alegría de cartón piedra, pasajera, similar a la de los viejos concursos y sorteos; esa satisfacción momentánea que sólo sirve para disimular las deudas que crecen a diario, tal como los agobios, el hambre y la rabia.

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