Columna de Óscar Contardo: Los porfiados

Fotos: JOSE FRANCISCO ZUÑIGA/ AGENCIAUNO



En un principio, el problema era preguntar en lugar de acatar. Ser un buen ciudadano en tiempos de crisis consistía en escuchar en silencio, eso era lo que repetían autoridades y los santos patronos que cada tanto alzan la voz como profetas bíblicos de una democracia de sobremesa y cóctel. Luego, lo que perturbaba eran las críticas que apuntaban a una estrategia que debía ser obedecida por el bien de La Unidad con mayúsculas, la que se ordenaba en torno a un discurso vacío de ideas y argumentos, un castillo de naipes que exigía aplausos y felicitaciones. Aparecieron, una vez más, los sermones que evocaban un tiempo recóndito cuando la unanimidad era la norma y todos éramos felices. Eso ocurría en la era de los consensos, a la que debíamos volver, aunque fuera justamente durante esa transición dorada cuando se fraguó el abandono en democracia de la educación pública, se creía que la corrupción no existía, porque simplemente nadie ocupaba esa palabra y las investigaciones por fraudes se cerraban por razones de Estado. Durante esos años, gracias a las políticas de vivienda, las periferias de las ciudades se poblaron de un nuevo tipo de marginalidad entregada al crédito y al narco. Los descalabros en educación, salud, vivienda, transporte y ambiente, que a partir de 2006 hicieron salir una y otra vez a millones de chilenos a protestar a las calles, se fraguaron a partir de decisiones políticas tomadas en esa era.

Sin duda, fue un período de crecimiento económico, de índices en alza y riquezas nuevas, pero también los años del imperio de la negación, de una estabilidad basada en poner en sordina toda queja; lo que se llevaba era consentir un modelo que tenía la capacidad de hacer invisibles a los que quedaban abajo del carro de la prosperidad: ahora la epidemia los está mostrando, inyectándole contraste a la realidad. El mapa de los contagios y los muertos durante la crisis en curso es la proyección más siniestra de esas decisiones que, en plena democracia obligaron a un inmenso número de familias a vivir hacinadas, lejos de sus fuentes de trabajo y sin salvavidas en caso de crisis. Por algo los contagiados y los muertos son en su mayor parte los más pobres, cuya expectativa de vida, incluso antes de la pandemia, es de hasta 10 años menos que la de sus compatriotas más afortunados. ¿Es eso un invento de los quejicas? No, es la desigualdad llevada al extremo de la vida o la muerte. Pero es mejor no decirlo, porque quien lo haga seguramente tiene una mala intención o una sobredosis ideológica.

La responsabilidad del descalabro no puede ser política, tiene que ser de los ciudadanos mala leche, de la torpeza de la ciencia o de las propias personas que salen a la calle en cuarentena por gusto. Este último ha sido el argumento más requerido por autoridades y por algunos medios que repiten la idea sin siquiera contrastarla con los hechos, pues les basta con sus percepciones: la gente se contagia porque es burra y porfiada. Pero los datos indican otra cosa. Según una encuesta de Espacio Público, la gran mayoría de quienes salen fuera de su casa lo hace porque necesita hacerlo para sobrevivir. Mientras en los segmentos más bajos menos del 15 por ciento de los chilenos ha podido trabajar en casa, en los altos esa proporción llega al 51 por ciento. Asimismo el 80 por ciento de las personas que salen a la calle lo hace con permisos, es decir, cumplen la norma. ¿Cuántos de esos permisos los dan empleadores mediante un resquicio? Eso no está claro y, según las autoridades, es un asunto difícil de fiscalizar, como tampoco es fácil definir qué vamos a entender por empresas y servicios esenciales. Por el contrario, lo expedito es empujar una ley para meter en la cárcel a quienes salgan a la calle en cuarentena y de paso enfurecerse con los que llenan el transporte público cada madrugada. Tropa de irresponsables.

Dos países en uno, dos ideas sobre un modelo compartido; un puñado de personas de pie sobre una cumbre mirando hacia un pozo demasiado oscuro para distinguir a quienes lo habitan; dos versiones irreconciliables para una misma tragedia.

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