Columna de Paula Escobar: La banda y el uniforme

Iniciativa sanitaria se enmarca dentro del plan de retorno a clases presenciales.



“Que mi mamá no trabaje tanto”, le dijo una pequeña. Otro niño le regaló una paila de huevos. Han llamado la atención las visitas espontáneas de niños y niñas al presidente electo, Gabriel Boric. Quizás su juventud hace que lo sientan más cerca. Pero más allá de lo anecdótico, ese vínculo especial es importante, pues el presidente debe tenerlos muy en cuenta durante sus cuatro años de gobierno, y especialmente este mes de marzo. Boric se hará presidente y ellos y ellas deben volver a clases, en un momento que puede ser alto en contagios a causa de la variante ómicron en nuestro país. Planear bien ese retorno presencial, hacer de aquello una materia de acuerdo nacional, para que no haya vacilaciones ni retrocesos, es de la mayor importancia para el nuevo mandatario.

Porque los últimos dos años han sido una tragedia silenciosa -y bastante invisibilizada- para los niños, niñas y adolescentes. Desde el comienzo de la pandemia se sabía que el efecto del Covid era mucho menos intenso en los niños y niñas que en los adultos, pero estos fueron afectados por las mismas medidas hechas para la población total, sin ver su propia realidad, y los costos y beneficios para este grupo en particular de ir o no a clases. Así, los días de encierro, en espacios a veces muy reducidos, sumados a la falta de la escuela como espacio educativo y de socialización con profesores y pares, ha causado estragos que aún no se han terminado de dimensionar. Primero, están los graves efectos educativos. La Agencia de Calidad de la Educación en Chile estableció que los estudiantes de enseñanza media no alcanzaron el 60% de aprendizajes mínimos: un terremoto educacional. Algunos no han aprendido a leer o a hacer operaciones básicas. Y quienes más se han afectado son los de menos recursos. La falta de clases presenciales ha profundizado las desigualdades, pues quienes tenían acceso a internet, computador y padres disponibles para ayudar en el aprendizaje han tenido factores protectores para amortiguar la falta de escuela. Quienes no, simplemente han dejado de aprender. No sólo allí habrá que invertir intensivamente para nivelarlos, sino que para enfrentar la deserción escolar pandémica, que el Mineduc calcula en 40 mil los niños que no se matricularon el año pasado.

Su retorno a la escuela debe ser prioridad total, porque, en realidad, más que desertar han sido abandonados por el sistema. Y, sean del nivel socioeconómico que sean, muchos reportan problemas de salud mental por la falta de interacción con los pares.

Como si esto no fuera poco, más de 70 mil niños dejaron de matricularse en 2021 en la educación parvularia, en un retroceso de nueve años. Ellos han perdido la estimulación temprana de los primeros años (algo que el psicoanalista francés Boris Cyrulnik y otras personas expertas han definido como factor esencial para el futuro desarrollo de los niños). Además de aquello, la disponibilidad intermitente de colegios, jardines y salas cuna ha incidido directamente en la pérdida de empleos de mujeres. En Chile, el retroceso es de 10 años de inserción laboral femenina. Las mujeres fuera de la fuerza laboral crecieron en 550 mil (entre 2019 y 2021) y la principal razón es el cuidado de familiares, de acuerdo al Observatorio del Contexto Económico UDP. Es difícil exagerar el enorme perjuicio de esto no solo para ellas, sino para la familia completa. Para qué decir cuando se trata de un hogar monoparental: caer en la pobreza para esa madre y esos niños es un riesgo inminente. Tal como afirma Gosta Esping Andersen, el mayor referente sobre el Estado de Bienestar, la mejor política contra la pobreza es, justamente, “mamá trabaja”. Instituciones públicas, gratuitas y de calidad (y sin interrupción) de cuidado y educación para los niños y niñas son clave en ese objetivo. Porque cuando la escuela volvió a la casa, es un hecho que ese trabajo recayó mayoritariamente en las mujeres, por injusto y anacrónico que esto sea.

Por eso, son muy positivas las definiciones que ha dado el presidente Boric respecto de que los colegios sean los últimos en cerrar y los primeros en abrir, como reiteró esta semana en Enade. Pero debe ser firme, pues puede encontrar resistencia: recordemos que el Colegio de Profesores rechazó volver a clases, a pesar de que el profesorado estuvo primero en la lista para vacunarse.

Algo así no puede volver a ocurrir. Es necesario que en marzo próximo, mientras el joven presidente Boric se ponga la banda presidencial, cada niño, niña y adolescente se pueda poner su uniforme e ir a su colegio, jardín o sala cuna. Y que sea lo que sea lo que la variante ómicron u otras nos deparen en el incierto futuro pandémico, nuestro nuevo pacto social se base, en acuerdo transversal, en que los sacrificios los haremos los adultos. Nunca más los niños y las niñas.

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