Columna de Paula Escobar: La convención no puede esperar



Otro castillo de naipes pandémico se cayó y este otoño se ha vuelto amenazante e incierto.

Peak de casos -que, al parecer, se han estabilizado, pero siguen altos- y las cuarentenas se mantienen. Niños encerrados, muchos adultos sin trabajo, cepas nuevas, miedo e incertidumbre. Debates extraños, como sobre los artículos esenciales, se acaban por fin.

Pero otro debate, este de veras esencial, se viene encima, pues ya se empieza a vislumbrar la posibilidad de que la elección del 15 y 16 de mayo se postergue de nuevo. Pero de las cuatro elecciones que se darán ese día, es de la mayor importancia intentar realizar al menos la de constituyentes.

Primero, porque no es una elección más, es “la” elección. La madre de todas las elecciones. Según la encuesta Criteria de marzo, un 53% la considera la más importante (la presidencial queda con un 32% y la parlamentaria y municipal empatan en 7% de las preferencias).

Aunque el escenario presidencial captura gran cobertura mediática, los números son muy “líquidos” y las personas no están aún pensando en esa elección: las fichas de la ciudadanía están puestas en los y las 155 constituyentes y su labor de cara a lograr transformaciones relevantes y beneficiosas. Esta fue “la” salida institucional y democrática al estallido social, las graves tensiones y rupturas que este reveló.

En segundo lugar, no se deben postergar porque la política es tiempo, timing, y es de riesgo dilatar más el inicio del debate sobre un nuevo Pacto Social -una nueva “jerarquía de valores”, como dice Boris Cyrulnik-. Esa energía positiva que se proyecta hoy hacia la nueva etapa no puede desperdiciarse o malgastarse, posibilitando que se diluya o se frustre. Parte importante de por qué se llegó a un “estallido” tuvo que ver, justamente, con estirar los tiempos y las urgencias, “estirar el chicle” hasta el infinito, negando o minimizando la envergadura de los conflictos no resueltos. Desde el retorno a la democracia sí hubo cambios sustanciales y de gran magnitud en materias políticas, sociales, económicas, de libertades individuales y de consolidación democrática. Pero la velocidad de los cambios se fue ralentizando, acomodando, pasmando. Las transformaciones pendientes bailaron al ritmo de quienes vetaron deliberadamente esas posibilidades, siempre al arco, o bien, de quienes fueron muy detallistas en identificar los riesgos del cambio, pero que fueron miopes al evaluar los posibles -y probables- costos de no cambiar… Se sembraron así la sospecha y la desconfianza hacia las reformas graduales, y se abrió la era de las propuestas disruptivas; mientras más estridentes, mejor.

Muchos de los problemas que estallaron el 18/O estaban documentados; no fue su falta de conocimiento el problema, sino la nula comprensión de que la “ardiente paciencia” de la gente había llegado a su fin. Hasta que reventó. No puede permitirse un escenario cercano a aquello bajo ningún punto de vista.

Tercero: con un Congreso polarizado y performático, sumado a un gobierno golpeado por sus propios aliados, reactivo y sin norte, la calidad del debate político es paupérrima. Es estratégico, entonces, habilitar la instancia democrática donde un grupo enteramente electo pueda intentar un diálogo político de fondo y con renovadas formas. El proceso deliberativo y democrático de los y las convencionales tiene la potencialidad de ser en sí mismo a la vez catártico y reparador.

Por último, la pandemia ha agudizado las desigualdades y las brechas sociales que están en la base del 18/O: los menos privilegiados se están llevando por lejos la peor parte. Mujeres, niños, inmigrantes, trabajadores informales, clase media que pasó a la pobreza, pobreza que quedó aún más vulnerable. Las brechas de ingreso, calidad de vida, conexión a internet, redes de apoyo, espacio, solo han aumentado.

El punto no es pensar, entonces, si habrá que correr la elección de nuevo, sino qué debe hacerse para que, al menos, la de constituyentes no se postergue. Ello implica que el gobierno se haga cargo de su responsabilidad no solo de realizar los comicios en condiciones impecables, sino de promover un clima de diálogo para lograrlo. Que se siente con la oposición, partidos, Servel, gremios, a pensar y planear cómo evitar un nuevo alargue. Y que lo haga a tiempo, no a última hora. Ya hay mucha experiencia de votaciones pandémicas, el año pasado (Chile incluido), y este: la experiencia del fin de semana pasado de Ecuador y Perú está a la vista. La solución puede incluir, entre otras medidas, ampliar el horario, votar en tres días -como plantearon algunos legisladores- para evitar aglomeraciones.

Son decisiones esenciales, que no pueden quedar para la hora final.

Porque este castillo, simplemente, no se puede caer.

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