“La PDI traicionó a mi hija”: El duelo interminable de la familia Vivanco

La muerte prematura de la detective Valeria Vivanco, hace casi un año, no sólo le dejó un vacío a su familia. También impidió que su padre le pidiera perdón. Por eso, y por las mentiras que les dijeron, él y los suyos aún no pueden continuar con su vida.



La última vez que Miguel Ángel Vivanco (54) conversó con su hija fue el 28 de mayo del año pasado. Un día antes de que Valeria Vivanco cumpliera 25 años, discutieron por teléfono por un asunto familiar. Ella se había enojado por una situación que involucraba a sus padres. Cuando cortaron, la pelea continuó a través de un intercambio de mensajes por WhatsApp. “Nuestra relación era así. Ella tenía un carácter potente, muy fuerte y decidida para sus cosas, pero sabíamos resolverlas de una u otra manera”, recuerda él.

Jacqueline Caru y Miguel Ángel Vivanco todavía no pueden vivir el duelo de la pérdida de su hija.

La situación no era distinta a la de otras veces. Vivanco y su hija tenían una dinámica que se repetía: cuando discutían se distanciaban por unos días y, luego, uno de los dos se acercaba para retomar la rutina. Por eso, no se urgió demasiado. “Estábamos en esa etapa, esperando a que bajara el enojo y después volvernos a reencontrar”, pensaba.

Hace siete años que Miguel Ángel Vivanco, trabajador de una empresa de transportes, ya no vivía junto a sus tres hijos de su primer matrimonio. Tras separarse de Jacqueline Caru, mantenía una estrecha relación con cada uno, sobre todo con los dos que seguían viviendo con ella en Quilicura: Miguel Ángel (27) y Valeria (25). Con la menor se veían seguido: salían a comer o la recogía, a veces, cuando salía de su turno en la Brigada de Homicidios de la PDI. Valeria no solo era la menor de sus hermanos , sino también cumplía un rol aglutinador en la familia, dice su hermana Daniela Vivanco (34): “Nos apoyaba a todos en todo, sobre todo a mí y a mis hijos. Como vivo sola, a veces eso me tenía más alejada de mis papás y para mí ella era un pilar fundamental en esa rutina”.

Los padres de Valeria Vivanco junto a su hija mayor, Daniela Vivanco. A casi un año de su muerte decidieron mantener intacta su pieza.

El 29 de mayo, Jacqueline Caru organizó un cumpleaños en su casa en Quilicura para celebrar a Valeria. Invitó a sus colegas de la PDI, amigos de la vida y, también, a su familia. En ese cumpleaños estaban sus tres hermanos y algunos tíos. El único que faltaba era Miguel Ángel Vivanco.

Dos semanas después, Vivanco volvió a ver a su hija. Había pasado a la casa a dejar unas frutas y verduras que había traído de un viaje a La Serena. Valeria iba saliendo a su turno en la Brigada de Homicidios. Cuando se toparon, no hablaron, dice él. De hecho, apenas se saludaron. Aun cuando habían pasado varios días desde la discusión, al 12 de junio ese tiempo distanciados todavía no terminaba.

Daniela Vivanco fue la última persona de la familia en hablar con su hermana antes de su muerte. “La llamé para decirle que después del turno nos juntáramos para enseñarme a andar en su moto. Tenía voz de cansada y me dijo ‘no, perrita, no sé a qué hora me suelten, así que dejémoslo para otro día”. Horas más tarde, ese 13 de junio, la familia Vivanco recibió un llamado de la PDI: su hija había recibido un disparo durante un operativo en La Pintana. “Pasé a buscar a mi hija, Daniela, en auto, luego pasé por su papá, Miguel Ángel, y nos fuimos llorando. Aunque yo nunca pensé que mi hija iba a fallecer. Yo siempre pensé que la iban a operar, que ella iba a estar bien”, recuerda su madre, Jacqueline Caru.

Lo que vino después, la familia Vivanco dice que lo vivió en piloto automático: recibieron el cuerpo de Valeria -el que apenas pudieron tocar-, fueron protagonistas de su funeral y los honores que le rindió la PDI como la segunda mártir mujer de la institución y siguieron en todo momento sus instrucciones tras la investigación judicial que se abrió. Entre las pocas cosas que Caru recuerda que pudo hacer esos días, fue recibir una bandera que le entregó la Brigada de Homicidios y ponerla en el living de su casa junto a una foto de su hija.

Tras la muerte de su hermana, Daniela Vivanco le dejó escrito este mensaje en su pieza.

Hasta ese momento, la teoría era una sola: los dos supuestos delincuentes a los que ese día interceptó el vehículo Kia Morning de la PDI -en el que viajaba Vivanco- aparecían como los principales sospechosos de haber disparado. Un día después fueron detenidos y formalizados, quedando ambos en prisión preventiva.

“Fue una noticia que nos dio vuelta todo. Un choque emocional con el que quedamos en blanco y a disposición del resto del mundo. Ese resto del mundo a nosotros nos manejó y nos dijo qué teníamos que hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo. Nosotros nos dejamos guiar”, cuenta hoy Miguel Ángel Vivanco.

Mientras ese proceso ocurría, él solo pensaba en una cosa. Que el no haberse podido reconciliar con su hija era algo que le iba a pesar para el resto de su vida.

Jacqueline Caru, su hermano mayor y su abuela junto a Valeria Vivanco.

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El domingo 1 de agosto de 2021, Jacqueline Caru y Miguel Ángel Vivanco recibieron un llamado de parte de la Fiscalía Metropolitana Sur. Habían pasado 50 días desde la muerte de su hija. Sin entregar muchos detalles, les solicitaron una reunión para el día siguiente. Ambos pensaban que se trataba de una nueva prueba que confirmaba la participación de los imputados formalizados en el caso, pero al llegar se encontraron con otra cosa: “En esa reunión, el prefecto inspector Juan Carlos Carrasco me dio la mano y me dijo: “Quiero pedirle perdón en nombre de la institución, porque el arma que mató a su hija fue la de un compañero”, recuerda Vivanco.

El vuelco en el caso se daba luego de que un peritaje realizado por la propia PDI determinara que los tres detectives que iban ese día en el auto habían faltado a la verdad. Las pruebas más evidentes fueron los exámenes en las manos de uno de ellos, que daban cuenta de residuos de pólvora y que la bala que había impactado a Vivanco por la espalda correspondía al tipo de munición que llevaban los revólveres de los PDI ese 13 de junio.

A partir de ese momento, lo que hasta ahora había sido un duelo de tristeza, para la familia Vivanco cambió drásticamente a una sensación de rabia. Jacqueline Caru dice que fue como pasar de 50 días de un luto a otro nuevo, completamente diferente. “Nos pidieron perdón, pero ese perdón fue solamente una palabra. Porque desde ahí nadie más nos contuvo. Para nosotros la PDI traicionó a nuestra hija”.

La situación era especialmente compleja, además, por otra cosa. Miguel Ángel Vivanco tiene otros tres hijos: uno de ellos, Juan Guillermo Vivanco, acaba de graduarse de la Escuela de Investigaciones Policiales y trabaja en una Brigada de Investigación Criminal de Colina. Ese medio hermano de Valeria, cinco años menor, al momento de su muerte, estaba a meses de egresar.

Su decisión de ser detective la había tomado, en parte, por lo que había visto del trabajo de su hermana. Pese a que no vivían juntos, ambos mantenían una relación cercana. En cuanto Valeria supo que él quería entrar a la PDI, lo apoyó durante todo el proceso. “Muchas veces lo fue a ver a la escuela, le dio consejos, se juntaron para revisar procedimientos. Tuvieron varias conversaciones. Valeria siempre trató de apoyar a su hermano, fue a todas las ceremonias y, de hecho, lo único que ella quería era asistir a su graduación”, dice Miguel Ángel Vivanco.

La sola idea de que la misma institución a la que pertenecía podría haberle quitado la vida a su hermana, para Juan Vivanco se volvió una situación compleja. Pasó de verla como una mártir asesinada por delincuentes, a una víctima fatal de sus propios compañeros de filas. Por eso mismo, desde el vuelco en el caso, el aspirante a detective se ha restado de las entrevistas y de todo el proceso de investigación. “Para él ha sido súper difícil, porque estuvo bajo mucha presión cuando falleció Valeria. Tuvo temas psicológicos, conflictos con compañeros y conflictos con profesores, pero ha logrado salir adelante”, dice su Miguel Angel Vivanco.

Por todo eso, en agosto del año pasado su padre le sugirió que saliera de la institución y estudiara otra cosa. Lo mismo hicieron sus hermanos mayores. Pese a que lo pensó, Juan Vivanco desistió de esa idea. “Tenía todas las garantías para retirarse, todo el apoyo de nosotros para que él fuera un civil y buscara otra forma de realizarse en la vida. Pero él dijo no, ‘yo voy a seguir siendo policía, porque mi hermana falleció en esta institución y yo voy a rendirle honores’”, añade Vivanco.

En noviembre el 12° Juzgado de Garantía de Santiago formalizó a Leonel Contreras: uno de los policías que venía en el vehículo y principal sospechoso del homicidio de la subinspectora Vivanco, quien quedó en prisión preventiva. Este lunes, en entrevista con el matinal Mucho Gusto de Mega, su madre, Brígida Canales, aseguró que su hijo era inocente. Argumentó que existían una serie de pruebas que lo demostraban, como un audio que su hijo envió a un amigo el día de la tragedia. “Se que él hizo todo lo que podía hacer para poder colaborar y ayudar a la Valeria, fue el que le fue haciendo presión en la herida, golpeándole la cara, hablándole... él la cargó”, sostuvo Canales. Pese a que aún continúa la investigación judicial, el martes 19 de abril la PDI decidió dar de baja a Contreras tras realizar un sumario interno.

En un principio esta noticia fue un alivio para la familia. El problema es que, a esas alturas, para ellos la imagen de la institución seguía estando por el suelo.

Miguel Ángel Vivanco lo explica así: “Hoy ya no es la misma sensación mirar un PDI en la TV, ya no lo sentimos como algo propio”.

Por eso, dice, cada vez que ve a un policía de civil en la pantalla, apaga el televisor.

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La frustración ha llevado a la familia Vivanco a elaborar líneas investigativas que expliquen con más detalle la muerte de su hija. Luego del vuelco los hermanos mayores, Miguel Ángel y Daniela, empezaron a obsesionarse con la carpeta judicial y buscar por sus medios nuevas pruebas que los ayuden a entender verdaderamente qué sucedió. “Decidimos los dos ir a la población Santo Tomás y ver dónde estaban las cámaras del lugar. Empezamos a fotografiar las cámaras del colegio, las cámaras de los alrededores de una casa, de un almacén, etc. Volvimos a hacer todo el recorrido hasta el hospital”, dice Daniela Vivanco.

El 7 de enero de este año, otro presunto vuelco asomó: la defensa de Leonel Contreras presentó argumentos que culpaban a otro detective de haber efectuado el disparo. Se trataba del conductor del vehículo, Felipe Gallardo, quien ese día dirigió el operativo. Los hermanos Vivanco también consiguieron sus propias pruebas para respaldar esta teoría, tuvieron acceso a dos informes de Carabineros y se las presentaron a la fiscalía. Solo que, Gallardo, quien figura suspendido de sus funciones en la PDI desde agosto del año pasado, hasta el momento no es más que un testigo en la causa. El único imputado es Contreras, hasta que aparezcan los resultados de las nuevas pericias.

Involucrarse de esa forma, según Alfredo Morgado, abogado querellante de la familia, es normal en este tipo de casos. “Con la teoría de la defensa todo un trabajo investigativo, nuevamente, se ve derrumbado y ellos quedan desolados. Eso los deja inquietos y dentro de esta dinámica de involucrarse en la investigación, además de la desconfianza, comienzan a cuestionarse quién realmente fue el que efectuó el disparo”, dice.

Después de 11 meses hay cosas que han cambiado en la familia. Pese a las diferencias entre Miguel Ángel Vivanco y su exesposa, la muerte de su hija los ha unido. Vivanco padre pasó de visitar una vez al mes la casa en Quilicura, a estar prácticamente más de un día a la semana repasando la carpeta, acompañando a sus hijos y sosteniendo reuniones del procedimiento judicial.

Ese lugar también ha cambiado desde que Valeria no está: a partir de la bandera PDI que puso su madre en el living el día de su funeral, todo ese espacio se ha convertido en una suerte de altar lleno de fotos, una gigantografía de la detective, diplomas y objetos que usaba en su día a día. Su recuerdo está presente en cada rincón de la casa, lo que para Jacqueline Caru se ha convertido en una manera de vivir el duelo.

Su madre también remodeló la cocina, pero no ha querido invitar a nadie a su casa, ni hacer almuerzos o comidas. Todavía no se siente preparada, dice. La rutina de Miguel Ángel Vivanco tampoco ha vuelto a ser la misma. Al trabajo en la empresa de transportes ya no le dedica la jornada completa y, cada vez que lo invitan a un cumpleaños o cualquier otra reunión social fuera de lo laboral, prefiere aislarse. Tampoco le gusta escuchar música. Cuenta que no tiene una explicación racional, sólo la idea de que muchas cosas ya no son lo mismo.

Daniela Vivanco reconoce que el hecho de estar tan involucrados en la investigación es una manera de vivir la pena. “Hoy día nos mueve esto de hacer justicia por la Vale y nos sentimos tranquilos, porque estamos haciendo algo por ella. Pero cuando la investigación se termine vamos a quedar vacíos. Ahí recién vamos a poder saber lo que es un duelo”.

A menudo, Vivanco visita a su hija en el cementerio y le habla de lo mucho que la extraña. Hasta ahora no ha querido tocarle el tema de la discusión que tuvieron: prefiere recordar los momentos buenos que tuvo con ella. Aunque sabe que eso fue un golpe doble para él, siente que a estas alturas todas las diferencias están zanjadas. Solo que, asegura, no les alcanzó el tiempo: “Faltó decirlo frente a frente para luego abrazarnos y dejar atrás el problema”.

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