Columna de Daniel Matamala: No fue boicot

PSU

06 DE ENERO DEL 2020 ENCAPUCHADOS INGRESAN AL INSTITUTO SUPERIOR DE COMERCIO UBICADO EN LA AVENIDA ARGENTINA Y ROBAN LOS FACSIMILES PARA QUEMARLOS EN SU EXTERIOR. FOTO: DEDVI MISSENE


En la Irlanda de 1880, la propiedad de la tierra se concentraba en unos pocos terratenientes ingleses, cuyos administradores cobraban elevadas rentas a los agricultores locales. Ese año, las cosechas habían sido pobres y los arriendos resultaban impagables.

El nombre de uno de esos administradores pasaría al diccionario. El capitán Charles Boycott amenazó con expulsar de sus tierras a los agricultores que no podían pagar los arriendos usureros. Entonces, la comunidad local decidió que resistiría de manera pacífica, y se organizó para aislar a Boycott. Sus jornaleros dejaron de trabajar, el cartero no le llevó el correo, los comerciantes se negaron a venderle comida.

Las expulsiones no se concretaron. Al revés, fue Boycott quien debió dejar Irlanda. Un nuevo verbo había nacido: boicotear.

En 1955, una secretaria de raza negra, Rosa Parks, se negó a ceder su asiento a un pasajero blanco, como exigían las leyes racistas de Alabama. Parks fue arrestada y Martin Luther King organizó un boicot: la comunidad negra no volvió a usar los buses hasta que la Corte Suprema de Estados Unidos acabó con la segregación del transporte público.

Cuando India buscaba la independencia del Imperio Británico, Mahatma Gandhi lideró el boicot: los indios no comprarían ropa ni alimentos importados, ni pagarían el impuesto a la sal ordenado por los británicos.

Eso es un boicot. La resistencia civil pacífica contra leyes o acciones abusivas. Y eso es precisamente lo que no pasó en el sabotaje de la PSU esta semana en Chile.

Un boicot hubiera existido si, como en Irlanda, Alabama e India, una gran parte de la comunidad se hubiera organizado para dejar de colaborar con el sistema. Si decenas de miles de estudiantes se unieran en una huelga de "lápices caídos", negándose voluntariamente a rendir la PSU, ese boicot derribaría la prueba de modo legítimo e incuestionable.

En cambio, una ínfima fracción de los 298 mil inscritos decidió impedir que los demás pudieran rendir el examen. Atacaron los locales y desalojaron a sus compañeros de las salas, incluso quemaron facsímiles a medio contestar y celebraron la filtración de la prueba de Historia.

No fue un boicot, fue matonaje de unos pocos contra muchos.

Es que el camino del boicot no es fácil. Se requiere coordinar miles de voluntades, con una organización representativa y un liderazgo creíble. Nada de eso existe hoy en Chile, ni en los secundarios ni en ningún otro segmento de la sociedad.

En vez de emular a Luther King o Gandhi, los líderes de la Aces se autoproclamaron vanguardia iluminada, capaz de decidir por los demás qué es lo correcto, y a imponerlo por la fuerza.

Como suele pasar en Chile, hay en todo esto un nauseabundo tufillo clasista.

"Somos los hijos de los trabajadores y trabajadoras de este país, quienes no han podido ingresar a la educación superior", dijo el vocero Víctor Chanfreau, quien en verdad es hijo de un doctor en Historia de la State University de Nueva York. El perfil de casi todos los voceros que ha tenido la Aces es similar: suelen ser estudiantes de colegios pagados o liceos emblemáticos de Providencia, Ñuñoa y Santiago.

Nada nuevo bajo el sol. Los líderes del MIR y el Mapu eran hijos de connotados rectores, diputados y abogados, ansiosos por salvar al pueblo. Una vanguardia redentora que se vuelve impaciente cuando el pueblo se resiste a ser redimido.

Entonces, si ese adolescente de San Bernardo o La Granja pese a todo insiste en rendir la PSU, los redentores tendrán que enseñarle el camino correcto. Por la razón o la fuerza.

Lo más incomprensible es el entusiasmo de tantos adultos que parecen proyectar sus sueños revolucionarios frustrados en la generación de sus hijos. Una exaltación que llegó a lo patético cuando el director de Pedagogía en Historia de la Universidad Austral ofreció arbitrariamente un cupo en su carrera al vocero de los estudiantes (el propio Chanfreau puso cordura y rechazó de plano la oferta).

Los efectos de la violencia desatada por este grupo de estudiantes son los obvios: fortalecer a los extremos. Los grandes ganadores de esta semana fueron quienes, al calor de estos incidentes, ya hablan de derribar el acuerdo constituyente. "No están las condiciones para llevar adelante el plebiscito", dijo este viernes la presidenta de la UDI.

Ese sería un desenlace feliz para los redentores de la Aces, que trataron de "traidores" a los firmantes de ese acuerdo para poner fin a la Constitución de Pinochet. Ellos ya han mostrado antes su desprecio hacia la democracia, con campañas y tomas para obstaculizar las últimas elecciones municipales y presidenciales.

Es que la democracia consiste en que la gente exprese libremente sus preferencias. Una aberración inaceptable para quienes suponen que la verdad ya está revelada y que sus únicos portadores, por cierto, son ellos mismos.

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