18-O: Nada que celebrar

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Todos hemos sido testigos de cómo la lucha entre los convencionales “octubristas” y los “noviembristas” ha cargado de simbolismos la toma de decisiones. Justamente, los primeros calendarizaron para esta fecha el inicio del trabajo sobre los contenidos constitucionales.




¿Celebrar aquel viernes que algunos llaman “el despertar de Chile”? No. No podemos caer en la glorificación de la brutal violencia del 18 de octubre de 2019, representación amenazante del inicio del nuevo ciclo que se avecina. Si bien ese día y las posteriores manifestaciones pacíficas donde la ciudadanía salió a expresar sus anhelos, condujeron al acuerdo político del 15 de noviembre y, en consecuencia, al proceso constituyente; revivir el 18-O no es más que teñir de violencia el origen de la actual discusión constitucional.

No hay que pensar en el 18-O como una fecha, ni menos imponerle un significado que solo el tiempo y la perspectiva nos podrán brindar. El 18-O es más bien un relevante hito de un proceso de más largo alcance, nutrido de variadas movilizaciones que han servido como sostén de muchas decepciones amparadas en un deplorable crecimiento económico en la última década. Si bien sería deshonesto decir que en los “30 años” no hubo mejoras en las condiciones de vida, sobre todo para los más vulnerables, sí hubo problemas como, por ejemplo, que la emergente clase media sea muy pobre para lo que ofrece el mercado y muy rica para el Estado. De a poco se llegó a un cansancio generalizado, provocado por la ausencia de mejoras, que terminó por hacer realidad aquella idea de Burke que anuncia que cuando no se hacen los cambios a tiempo, se termina generando revoluciones. Así fue como partió nuestro nuevo comienzo, contaminado a ratos por el caos que se vivió en ese angustioso día.

Algunos creerán que exagero, veamos los hechos. Los daños llegaron a US$ 3 mil millones (más que la gratuidad en educación superior); 180 detenidos, 57 carabineros lesionados, 118 estaciones de metro dañadas y más de 400 personas lesionadas. No por nada La Moneda se vio sobrepasada y comenzaron a rondar los rumores de una sorprendente “invasión alienígena”, que daba cuenta no solo de lo desconcertado que estaba el Ejecutivo, sino también de dos visiones en disputa que tratarían de explicar la situación: una asociada a la violencia focalizada -penosamente justificada por parte de la izquierda- y otra que percibía un tema social de fondo.

Llegó el 15 de noviembre. Con un presidente en silencio y un parlamento que entregó inéditamente su potestad constituyente, la potente energía de protesta se encauzó institucionalmente por medio de la elaboración de una nueva Constitución. En el espíritu de ese día estaba la construcción de una comunidad con un futuro compartido en paz, el diseño de las reformas sociales audaces (pendientes aún), y también dar paso a nuevos actores políticos. En este punto todos hemos sido testigos de cómo la lucha entre los convencionales “octubristas” y los “noviembristas” ha cargado de simbolismos la toma de decisiones. Justamente, los primeros calendarizaron para esta fecha el inicio del trabajo sobre los contenidos constitucionales. Esto quedará marcado por la reminiscencia del 18-O, no en su dimensión dialogante, sino impositiva. Pero la verdad es que si queremos un futuro compartido, la atención debiese estar centrada en la comprensión del incierto y riesgoso proceso que vivimos, y no en un día que nos ha vuelto a mostrar más sombras que luces.

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