Francisca Rengifo, historiadora: “Una campaña electoral implica confrontaciones, pero el electorado no vota confrontacionalmente”

La académica de la UAI invita a pensar históricamente el actual escenario político, aunque advierte: “No debemos pensar en volver al pasado ni en viajar al futuro”.




Lo observación no es nueva, pero tampoco se formula con frecuencia. Hace ya algunos años, la historiadora Sol Serrano se lamentaba de la pobre conciencia histórica de los actores políticos chilenos. Hoy, a propósito del actual escenario y del tiempo que viene, su colega Francisca Rengifo, coautora de Historia de la educación en Chile, 1810-2010, considera este punto inesquivable en el análisis.

El “desparpajo” con que, a su juicio, ciertos políticos falsean hechos, así como su “ignorancia de la realidad histórica”, le parecen “inexcusables”: quien quiera dirigir o pensar al país, desde el Ejecutivo, el Congreso o la Convención, “no puede no tener una base de conocimiento sólido respecto de nuestro sistema político y de nuestra historia”. Porque de esas falencias derivan “nuestra fragilidad ciudadana” y el menosprecio de la educación cívica y de la enseñanza de la historia, incluyendo el valor crítico que aporta esta última.

Porque en último término, plantea esta académica de la Escuela de Gobierno de la U. Adolfo Ibáñez, “el futuro se construye hoy, pero con el pasado. No se pueden olvidar el estallido ni el plebiscito del 88. Es imposible pensar el futuro sin tener esto en cuenta. Esa historia nos constituye y es parte de nuestro problema”. Eso sí, una cosa es conocer la historia y otra pretender volver a lo que ya fue, o andar creándose futuros a la medida. También de esos temas habla Rengifo en esta conversación.

A propósito del eje izquierda-derecha, ¿cómo evalúa las pendularidades del último tiempo, si es que no la “esquizofrenia” electoral que algunos observadores han acusado?

Parece bien paradójico tener una Convención Constitucional con una conformación mayoritaria de izquierda y luego tener el resultado de las últimas elecciones, donde la primera mayoría la saca el candidato de una derecha más bien radical. Es aparentemente paradójico, pero ahí uno tiene que observar más de cerca qué está en juego. Quienes conforman ese grupo enorme de casi un 80 % que votó “Apruebo” es un grupo tremendamente heterogéneo que no necesariamente puede trasladarse en bloque a un voto de izquierda. Esta paradoja aparente es lo primero que un análisis debería tener en cuenta.

Ahora bien, si uno mira en perspectiva lo que ocurrió en 2019 y se pregunta por qué se dio este voto mayoritario en 2020, ve detrás una serie de demandas sociales que habían quedado postergadas y que no necesariamente son propias de un partido o de una alianza política. Otra pregunta es quién puede responder mejor a ellas, o quién puede llevar adelante un mejor gobierno para que mis demandas o mis expectativas se realicen. Y ahí podemos preguntarnos si se han quedado atrás los partidos tradicionales. Las dos mayorías principales del domingo no pertenecen, aparentemente, a partidos tradicionales, pero pensar que la Presidencia de la República está siendo disputada por dos extremos no es una manera adecuada. Finalmente, así son las elecciones presidenciales: es uno u otro, se exige una definición política que tampoco es encasillable en un partido.

Lo que vemos ahora es un gran número de partidos que no podemos llamar “tradicionales”. Otra cosa es el eje izquierda-derecha: siempre va a haber una derecha, una izquierda y un centro en disputa, que ahora pareciera estar en tierra de nadie, pero tampoco esto es cierto. Si sumas los “votos de centro” (Sichel, Provoste), no están lejos del tercio.

Los resultados del domingo se han visto, entre otros, como una resaca del estallido y como una reformulación del eje izquierda-derecha. ¿Ve estos aspectos moverse en carriles separados?

Sí, y no se trata de una paradoja, aunque así lo parezca. Que el giro a la izquierda que interpretábamos a partir de los resultados de la elección de constituyentes no sea tal, corresponde más bien a un error de interpretación que hicimos sobre la marcha, lo que, a su vez, nos invita a repensar los hechos. Nos invita a reflexionar sobre qué nos está pasando, qué nos permite entender estos cambios. Y parece que hoy el criterio de izquierda y derecha no está siendo útil, no tiene potencial explicativo.

¿Qué tan distinta es esta segunda vuelta de casos como el de Lagos y Lavín?

En esa primera vuelta hubo una pequeña diferencia entre ambos, pero eso no te hace pensar que un país esté dividido entre derecha e izquierda. Al revés, uno puede pensar en una sociedad que rescata de cada candidato aquello que la convoca. Pensando en las elecciones de siglo XX, más que una tendencia a los extremos, lo que históricamente se da es un desgaste del consenso entre los partidos, de las relaciones interpartidarias, de la capacidad de diálogo: la manera en que se van cerrando sobre sí mismos, con menos capacidad de formar alianzas y más bien participando de una política de confrontación entre partidos, que dominó al menos a partir de la elección de Jorge Alessandri, en1958. Esas políticas de confrontación, cuando vienen desde los propios partidos desgastan el sistema. Ahí comienza también una dispersión: surgen muchos partidos, y entonces es necesario hacer alianzas, pero esas alianzas son frágiles, porque demarcan un eje donde va deshabitándose el centro. Y se divide el electorado, que ya hemos visto lo lo plástico que puede llegar a ser.

Ahora bien, hay una confusión entre la percepción que tiene la gente de un gobierno -si lo hace bien, si lo hace mal- y la percepción de si el sistema es democrático, o qué tan democrático es. Son cuestiones que los partidos y los políticos debieran haber distinguido y analizado, en vez de llevar a la gente a la confusión.

¿Cómo ve las respuestas y el accionar de la institucionalidad política tras el estallido? ¿Cómo queda parada la política?

El desprestigio de los políticos y de la competencia política es antiquísimo. Tenemos a Ibáñez, que iba a pasar la escoba; después a Jorge Alessandri, que llama a los tecnócratas, como diciendo que los políticos no saben y las reformas las harán los que entienden. Pero tampoco le resulta y termina su gobierno con muchas dificultades y con una brecha social profunda, con inflación y un sistema de bienestar patuleco.

Dicho eso, el discurso que dice que los políticos no piensan en la gente, que no son capaces de hacer las reformas que se necesitan, etc., está instalado en nuestra historia democrática. Y cuando se hace en dictadura la reforma neoliberal del Estado, pensando que va resolver el problema separando ciertas instituciones de la política, se demostró que son inseparables. Y yo creo que la gente capta esa diferencia, en el fondo, y que hay mucha soberbia en los políticos y en las campañas que mantienen una posición rígida, doctrinaria, moralista, en vez de explicar de qué manera se puede robustecer institucionalmente nuestra democracia. El estallido social se explica también por eso: es una demanda respecto de lo que hace el Estado. Por eso queremos una nueva Constitución. No tiene que ver con que queramos que nos gobierne la derecha o la izquierda.

Respecto de la segunda vuelta, reasoman viejas consignas rescatadas hace poco en las elecciones de la Comunidad de Madrid: “Comunismo versus libertad”, “Democracia versus fascismo”…

Quizá estamos mirando muy dogmáticamente el escenario y les estamos pidiendo definiciones muy dogmáticas a los políticos. Quizá eso podría también explicar la alta votación de Parisi, o cierto encantamiento popular que ha tenido ME-O, porque no hablan en esos códigos. Quizá la gente ya está cansada de la intransigencia. Efectivamente, una campaña electoral implica confrontaciones, pero el electorado no vota confrontacionalmente: no vota por Kast porque esté en contra del PC, teniéndolo asociado a Boric. La gente vota en función de respuestas bastante más concretas.

A este respecto, creo que la política de diálogo que llevó adelante la Concertación, de recomponer relaciones entre partidos políticos, fue acertada. Y, lamentablemente, también es una alianza que se fue polarizando, donde terminaron rompiéndose unas relaciones que a la hora de hacer reformas son fundamentales.

En su discurso del domingo por la noche, Kast llamó a “recuperar el Chile que tuvimos”. ¿Es posible desentenderse del malestar y la indignación de hace dos años?

Son narrativas que se construyen ex post: recuperar un Chile que tuvimos. Ojalá que no sea así, que no lo estemos pensando así. Como si todo tiempo pasado fuera mejor, a lo que podríamos contestar “nada nuevo bajo el sol”. Esos refranes de sentido común no ayudan mucho a explicar por qué tipo de procesos políticos estamos pasando y qué queremos como país. Miremos hacia atrás, pero no para glorificar un pasado que fue tremendamente sufrido por muchos sectores de la población.

Hay indicadores socioeconómicos y de estabilidad política que permiten afirmar que estamos mucho mejor, que hoy somos un país más democrático, que hay una mayor cantidad de población incorporada, que tenemos una Convención paritaria, que ha aumentado el bienestar social. Puede que el país sea más desigual, pero es mejor. La realidad es mucho más ambigua y compleja de lo que la política quiere presentar. El blanco y negro es más popular o más pedagógico, pero si vamos a discutir sobre qué nos está prometiendo cada cual, debemos mirar más críticamente y no pensar en volver al pasado ni en viajar al futuro, porque eso tampoco va a pasar. Si ganara Boric, por ejemplo, Chile no va a ser al día siguiente ese otro país que se sueña. Entonces, pongamos los pies en la tierra y tomémonos el tiempo. Yo no creo, por último, que exista la necesidad histórica: lo que pasa, no pasa necesariamente, sino que puede girar hacia el lado que menos se piensa.

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