Columna de Cristián Valenzuela: Gobierno de excepción

¿Es bueno para Chile que Boric se haya convertido en el delfín de Piñera? En algunos casos, por supuesto que sí. La protección de los ciudadanos del sur de Chile, el cuidado de la economía y evitar el cierre total del país es una buena decisión. El problema es que la tozudez ideológica del gobierno convierte estas definiciones, que son propuestas de sentido común, en complejos procesos de deliberación que se prolongan eternamente y que generan enormes consecuencias.




Hoy en la madrugada, entró en vigor el decreto que establece un nuevo estado de excepción en el sur de Chile y los militares, nuevamente, salen a las calles de Chile a proteger a las víctimas del terrorismo y la delincuencia. Tuvieron que pasar 50 días para que el Presidente Gabriel Boric se diera cuenta de que la vida de los chilenos era más importante que sus trancas ideológicas y que, al igual que en tantas otras materias, era necesario desconocer todas las posiciones políticas que tuvo en el pasado, para hacer lo correcto.

Pasó con el cuarto retiro hace algunas semanas, cuando luego de ser el guaripola de los retiros de pensiones durante la campaña, Gabriel Boric se convirtió en el guardián de los equilibrios macroeconómicos y la inflación, por fin, se convirtió en un objetivo de su agenda. Pasó también con la estrategia frente a la pandemia. Durante la campaña, la propuesta de Gabriel Boric e Izkia Siches era hacer un cortocircuito total, cerrando la actividad económica y educacional para aislarnos en la casa nuevamente. Llegó el gobierno, desapareció la comunicación de riesgo y se flexibilizaron todas las medidas. Del Colegio Médico o de Espacio Público nunca más supimos.

Voltereta tras voltereta, Gabriel Boric se parece cada día más a Sebastián Piñera, replicando, al pie de la letra, muchas de las medidas que solo hace algunos meses tanto el Presidente como sus ministros cuestionaban amarga y apasionadamente.

¿Es bueno para Chile que Boric se haya convertido en el delfín de Piñera? En algunos casos, por supuesto que sí. La protección de los ciudadanos del sur de Chile, el cuidado de la economía y evitar el cierre total del país es una buena decisión. El problema es que la tozudez ideológica del gobierno convierte estas definiciones, que son propuestas de sentido común, en complejos procesos de deliberación que se prolongan eternamente y que generan enormes consecuencias. ¿Cuántas vidas y víctimas se habrían evitado si es que no se hubiese interrumpido el estado de excepción? ¿Cuántos puntos del PIB habríamos preservado de no haber enviado señales complejas en materia de retiros y decisiones económicas? Retiros acotados, estados de excepción intermedios y eufemismos varios para disfrazar decisiones inevitables.

Por lo mismo, es que no basta con el arrepentimiento y la enmienda que permite tomar las decisiones correctas. También es fundamental que el gobierno asuma su responsabilidad política y la ejerza respecto de aquellos –ministros y autoridades– que aún no ponen a Chile en primer lugar e insisten con profundizar una agenda ideológica que daña profundamente al país. Como dijo el Presidente: la instalación ya terminó y no hay más espacio para errores.

Es de esperar que este gobierno de excepción que asumió en marzo, se convierta en un gobierno permanente. Que lejos de gobernar por ideología, se ponga de lado de los chilenos y no de los delincuentes, populistas y violentistas que quieren destruir el país. Sólo así veremos una mejoría en la valoración de este gobierno, pero más importante aún, un camino de salida a esta grave crisis económica, política y social que afecta a millones de chilenos.

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