Recio, sensible, sagaz: la exigente vara crítica de Juan Manuel Vial

Crítico literario y traductor, Juan Manuel Vial murió esta madrugada a los 49 años.

Fallecido a los 49 años producto de un cáncer, periodista y traductor, fue crítico literario de La Tercera durante 13 años. Autor de opiniones fuertes y definidas, Vial era un crítico con personalidad, valiente, en ocasiones polémico, dueño de una ironía elegante y afilada. Asistió a la consagración de la generación post Bolaño, integrada por autores como Alejandro Zambra y Alvaro Bisama; apoyó a jóvenes como Paulina Flores y a escritores mayores como Germán Marín y Pedro Lemebel, y fue implacable con los super ventas.




Uno de sus profesores en la universidad fue Enrique Lafourcade. En sus clases y en sus conversaciones fuera de ellas, el autor de Palomita blanca solía insistir en dos ideas: en la lectura y la necesidad de formar un pensamiento crítico y en las virtudes del viaje. “Ahora que lo pienso, ambos consejos cobraron una importancia insospechada en mi vida posterior. Lafourcade me estimuló a escribir en una época en que yo estaba lleno de dudas e inseguridades. Y no es que hoy por hoy esté liberado de ambas, pero, bueno, vivo de lo que escribo”, decía Juan Manuel Vial en 2019, a la muerte del escritor.

Admirador del crítico Ciryl Connolly, amante de la naturaleza y de la literatura de viajes, traductor de Oscar Wilde y Ford Madox Ford, Juan Manuel Vial se convirtió en uno de los principales críticos literarios del país. Egresado de periodista en la Universidad Finis Terrae, Vial -quien falleció esta madrugada a los 49 años producto de un cáncer- se formó como los críticos de la vieja escuela: leyendo por placer, persiguiendo la belleza y la inteligencia en los libros.

“Yo siempre siempre fui lejano a la academia y no creo en ella. Creo que para ser comentarista, reseñista, es muy importante haber sido un buen lector, y un buen lector de niño, ese fue mi principal atributo de formación”, le contó a Matías Rivas en entrevista en Radio Duna.

Durante casi 13 años, fui su editor en este diario. Autor de opiniones fuertes y definidas, Vial era un crítico con personalidad, recio, valiente, en ocasiones polémico, siempre sagaz, dueño de una ironía elegante y afilada; no se amilanaba ante los autores consagrados ni se dejaba impresionar por las modas o las tendencias del mercado editorial. Apreciaba la literatura como arte, detestaba la impostación o los trucos para lograr aplausos de la galería. En cambio valoraba la escritura honesta y arriesgada; la búsqueda de la voz propia; se conmovía con la belleza y lo estimulaba la inteligencia literaria.

En su oficio crítico, Vial tomó distancia de la crítica académica (“es autofagocitante, solo los académicos acceden a ella”) y se mantuvo alejado del medio literario. No hacía vida social con escritores, no buscaba que el mundo literario chileno lo quisiera.

“Creo que es un buen método de trabajo no estar tan involucrado en un mundo literario que por supuesto tiene sus componentes sociales”, le dijo a Matías Rivas. “Esa distancia me ha hecho más fácil mi trabajo, sin tener amigos escritores o sin tener que romper amistades porque el libro es malo o sin que se insinúe que estoy favoreciendo a alguien porque es mi amigo. Tampoco me parece tan atractivo el mundo cultural literario”.

En su período como reseñista de La Tercera, Juan Manuel Vial comentó 666 libros. En cierto sentido, asistió a la muerte definitiva de la Nueva Narrativa Chilena y acompañó el nacimiento y consagración de la generación post Bolaño, integrada por Alejandro Zambra, Leonardo Sanhueza y Alvaro Bisama. Apoyó con entusiasmo la obra de Germán Marín, Marcelo Mellado y Pedro Lemebel, autores con proyectos singulares y alma de francotiradores. Resaltó también la narrativa de Alberto Fuguet y de jóvenes como Juan Pablo Roncone y Paulina Flores. En poesía apreciaba a Nicanor Parra, José Angel Cuevas y Claudio Bertoni.

A menudo trató con aspereza a algunos escritores de éxito comercial como Isabel Allende y Hernán Rivera Letelier. Pero del mismo modo cuestionó la obra de autores consagrados por la academia, como Diamela Eltit.

Fue particularmente rudo con los bestsellers locales, como Jorge Baradit o Francisco Ortega.

“¿Por qué en Chile no se publican bestsellers de calidad?”, se preguntó. “A estas alturas, y habiendo tantos cultores del género, ya debería existir al menos uno que fuese capaz de sorprendernos. El fenómeno es curioso y tal vez único en el mundo: el autor de bestsellers chileno suele ser un tipo bastante ingenuo, que se deja ver a sí mismo más allá de lo aconsejable en sus obras. Y en vez de abocarse a la esencia de lo que constituye un bestseller -el vértigo que produce una historia electrizante-, los nuestros transmiten al lector consideraciones nimias y absolutamente extra literarias. Entonces, a cambio de una buena historia, los lectores debemos conformarnos con comprobar que a tal escritor sus libros le ayudan a escalar peldaños sociales, mientras que el de más allá no se cansa de demostrar la estulticia propia de quien se negó a crecer. Y así”.

Junto con la lectura, seguía la política de EEUU con atención, practicaba la jardinería y la pesca. Solo interrumpía sus críticas semanales cuando tomaba un descanso para irse a navegar. Se despidió de la crítica en estas páginas el 19 de octubre de 2019.

“El gran crítico literario inglés Cyril Connolly sostenía que la crítica es un trabajo a jornada completa con un sueldo de media jornada, un trabajo en el que el crítico gasta lo mejor que tiene en ocuparse de la mediocridad ajena. Guardando las insalvables distancias que me separan de aquel gordo inestimable, puedo asegurar que pocas veces experimenté una desazón similar a la suya en el transcurso de estos años. Sin exagerar, yo consideraba que defender viril y reciamente una estética afín era lo menos que podía hacer antes de dar pasos más radicales en la vida, como, por ejemplo, reproducirme, adquirir una vivienda, invertir en fondos mutuos, salir a la caza de herencias o, en el sentido opuesto, embarcarme en un velero sin rumbo fijo o internarme en los bosques patagónicos para vivir en carne propia ese experimento en soledad al que con tanta lucidez -y un dejo de irresponsabilidad- nos incita Thoreau”, escribió entonces.

“Dejo atrás un circo fascinante, con sus esperpentos, sus funambulistas, sus mujeres barbadas, sus contorsionistas, sus enanos, sus tragasables, sus magos, sus payasos y sus ventrílocuos. Pero, claro, no seré precisamente yo el pobre ave que se empeñe en abarrotar con insulsas palabritas decorativas esta página querida, aunque me aqueje un incipiente horror vacui”, concluía.

Su último proyecto era la edición de la revista Cruciales de BTG Pactual.

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