Columna de Héctor Soto: Sueño de invierno: por fin, una película grande

Un crítico gringo dijo que Sueño de invierno es como El resplandor de Kubrick, pero sin Jack Nicholson con cara de loco y sin el hacha. La comparación puede ser irreverente aunque no deja de ser certera.




Más vale tarde que nunca. Esta semana llegó finalmente al streaming nacional un título importante: Sueño de invierno, del cineasta turco Nuri Bilge Ceylan, Palma de Oro en Cannes 2014. Está en la plataforma de arcadiafilms.cl y no solo en este contexto es un imperativo para el mundo cinéfilo. Es una realización imponente, filmada en ese paisaje casi onírico que es el de Capadocia, en Anatolia, Turquía, y que apela en su puesta en escena a lo más refinado de la tradición fílmica europea (Dreyer, Tarkovski, Bergman, Bela Tarr). La historia se desarrolla en un hotel boutique de montaña durante el invierno e indaga en las relaciones que el protagonista tiene con su esposa, una mujer mucho más joven, con su hermana, una mujer mucho más ácida, con el personal del hotel, con lugareños e incluso consigo mismo.

En lo fundamental, la película es un gran ajuste de cuentas. El protagonista -un hotelero de mediana edad, ex actor, eventual escritor y sujeto acaudalado- tiene saldos en contra con su comunidad (el hijo de uno de sus arrendatarios le ha lanzado un peñasco al vehículo en que viajaba), con su hermana, una mujer ácida y golpeada por un divorcio reciente, con su mujer, una joven ha gastado sus mejores años al lado suyo, y también con los ideales que lo animaron en otro tiempo. En las 3 horas 16 minutos que dura este drama tendrá que equilibrar sus cuentas, deponer sus arrogancias, reconocer sus culpas y tratar de seguir viviendo.

Un crítico gringo dijo que Sueño de invierno es como El resplandor de Kubrick, pero sin Jack Nicholson con cara de loco y sin el hacha. La comparación puede ser irreverente aunque no deja de ser certera. La gran diferencia está en que en América los conflictos se resuelven mientras que en la trama cultural europea, que es donde esta ficción fue concebida (el guion se inspira en relatos de Chejov y en Dostoievski), los conflictos son una telaraña demasiado espesa como para que alguien pueda librarse y salir indemne. De allí no escapa nadie. Con suerte los personajes quedan suspendidos eternamente en un espacio de culpa y remordimiento, de resignación y desdicha.

¿Es una cinta grandiosa? Si, lo es. ¿Es perfecta? Quizás no. Le falta humor y liviandad; tiene obvios desequilibrios y un tono de gravedad del que en principio hay que desconfiar. Pero más allá de sus excesos de parloteo y de su racionalidad metódica, la cinta tiene apuntes psicológicos, políticos y hasta cósmicos (la llegada del invierno, la captura de los caballos salvajes) que sitúan este drama a ese nivel donde la belleza simplemente se topa con la verdad. Y esto hace toda la diferencia.

En algún momento uno de los personajes, citando a Shakespeare, dice que la compasión es el refugio de los cobardes para defenderse de los fuertes. La cita no solo es un golpe bajo para la esposa del protagonista, que desarrolla actividades benéficas. También lo es para la propia realización, que busca desde una mirada compasiva caminos de redención y perdón para sus personajes. De la voluntad de buscarlos hay múltiples evidencias. De que en realidad los encuentre, en realidad pocas.

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