El mítico bar Berri de Lastarria cierra sus puertas luego de 36 años

Así luce actualmente el edificio. Durante la pandemia incluso hicieron delivery.

Las esquirlas del estallido y la pandemia sellaron el destino de la casona de calle Rosal 321. Su dueño alista una gran despedida en el local para quienes fueron parte de su sueño.




Va a ser una despedida a lo grande. Esa es la promesa que Eduardo de Azcuénaga (74), también llamado “don Berri”, le hizo a los parroquianos que durante 36 años transitaron por el bar más antiguo del sector de Lastarria, en pleno centro de la capital. Las esquirlas que dejó primero el estallido social y luego la pandemia hicieron que el mítico lugar -ubicado en calle Rosal 321- no pudiera seguir sosteniendo las pérdidas y su dueño decidiera entonces hacer una pausa y cerrar sus puertas a fines de diciembre.

El edificio, que compró hace más de tres décadas con su hermano, ya fue vendido a extranjeros. Por estos días este español, de origen vasco, sube y baja escaleras con distintos muebles y trasladando sus antigüedades, otra de sus pasiones, adquiridas en el persa Biobío donde es conocido como un coleccionista compulsivo. En los meses de cuarentena los salones internos estuvieron inhabilitados, pero por estos días toda la energía de De Azcuénaga está en dejar el segundo piso como en la mejor época de lo que fue su sueño, el bar Berri. En este rincón de calle Lastarria confluía todo tipo de gente con un único propósito: beber, comer, compartir, cantar y si la fiesta se alargaba, correr las mesas y bailar hasta el amanecer.

Eduardo de Azcuénaga (74) tabernero, coleccionista, escritor y dueño del Berri.

Berri, en euskera, significa “nuevo” y de ahí el nombre con que lo bautizó en 1985: bar nuevo, bar Berri. “Acá la única regla que había era que en la barra no se hablaba de política, de fútbol, ni de religión”, contesta este tabernero, quien personalmente se encargaba de la cocina y de hacer las emblemáticas empanadas y hamburguesas caseras que eran el antojo de quienes varias veces visitaron por primera vez su local para “el bajón” de una noche de juerga.

Camina por el barrio donde -dice- logró su sueño de tener su propio bar luego de conocer el rubro siendo administrador de la Confitería Torres. Mira a su alrededor y confiesa cierta nostalgia. Los últimos dos años han sido duros, reconoce, y se enfrentaron a un clima que describe como enrarecido. “El día del estallido y todos los viernes siguientes no sabíamos qué iba a pasar, pero teníamos que prepararnos a que la rabia contenida avanzara desde Plaza Baquedano para acá y lo importante era proteger a los clientes”, dice. Luego de esto vino la pandemia y tomó una decisión drástica, dejar su hogar que comparte con su esposa en calle Tomás Moro, en Las Condes, y trasladarse a vivir junto a su otro amor, el Berri. Uno de sus miedos era perder sus objetos antiguos más preciados y las decenas de cuadros que posee de quien fuera durante décadas su amigo, el fallecido pintor porteño José Santos Guerra.

El primer piso contiene detalles fabricados por el dueño del Berri.

El Berri, según recuerda “el vasco” -como le llaman sus amigos del barrio- tuvo dos épocas de auge. La primera a fines de los años 80. Se dice que altas autoridades del régimen de Augusto Pinochet visitaron sus espacios en busca de entretención “de toque a toque”, en alusión a las restricciones de tránsito impuestas por la dictadura. “Con Les Assassin y el Squadritto, que también cerraron hace algunos meses, fuimos los restaurantes y bares más antiguos de este barrio y éramos el patio trasero del edificio Diego Portales, por lo que era obvio quiénes eran los que transitaban y venían para acá”, recuerda De Azcuénaga. Hasta un presidente de la Corte Suprema -se comenta- un día bailó y cantó en el lugar. Cuando se le consulta quién era esa autoridad, De Azcuénaga recuerda un código vital: lo que pasa en un bar, queda y muere en el bar.

El segundo piso está lleno de antigüedades adquiridas en el persa Biobío. En la despedida los comensales podrán ir a tomarse fotos.

Con la venia militar, dice, la fiesta en el Berri era imparable. Había baile y canto flamenco. Por el lugar transitaron grupos y músicos que captaron la atención de una clientela fiel que -asegura- se mantuvo de generación en generación. “Mucha gente pidió matrimonio, vino a llorar las penas de una pérdida, una muerte, tú sabes, todas las historias que escuchamos los taberneros”, apunta. Aún no lo invade la tristeza, aunque confiesa que aún no logra digerir lo que está pasando, pero de algo sí está seguro: ya no puede seguir en ese lugar. Sobre los cientos de muebles, arte y antigüedades ya tiene donde dejarlos. Junto a sus hijos arrendaron una bodega en la que esos bienes descansarán por un tiempo. La familia De Azcuénaga quisiera que Eduardo, quien en España fue obrero en la fábrica Joresa y trabaja desde muy joven, se jubilara, pero saben que no lo hará: el Berri fue el examen de grado de su vida y la pasión de tabernero volverá.

La fachada del Berri.

Mientras toma una vieja BlackBerry en la que escribe sus cuentos de vez en cuanto se detiene cuando se topa con un vecino para informarle que se va del barrio. “El Berri nunca necesitó publicidad, sabes, era un ‘boca a boca’. Por eso me sorprendí tanto cuando una de mis hijas descubrió que está mencionado en el Lonely Planet como un imperdible de la bohemia capitalina”. Otra de las menciones que guarda con orgullo de su bar es la que hay en el libro La muerte juega a ganador, de Ramón Díaz Eterovic. Se queda pensando un rato y asegura, esta no va a ser la muerte de mi bar, el Berri renacerá, pero aún no sé dónde.

El dueño del local que además escribe cuentos, cocina y cuando sus clientes le piden canta.

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