Los oficios que regresan tras el fin del toque de queda

La irrupción de la pandemia pausó abruptamente la vida nocturna, dejando en vilo a una serie de rubros que encuentran su nicho al final del día. ¿Cómo los golpeó la crisis? ¿De qué forma se reinventaron?La Tercera recorrió los sectores nocturnos más concurridos de la capital para conocer los relatos de sus protagonistas, que lentamente retoman sus labores tras 560 días.




Blondie: el DJ que vuelve a activar la pista de baile

Desde la caseta de control, Ariel Núñez cuenta que recurrió a plataformas online para mantener vivos los contenidos musicales de la discoteca.

Ariel Núñez es productor de Blondie hace 15 años y a veces también DJ.

Sucesivas pistas de música pop y underground anuncian desde la galería de acceso que la discoteca Blondie subió la cortina. En este lugar, uno de los más icónicos de las fiestas de Santiago Centro, las luces de neón iluminan a un centenar de personas que están bailando. Suena What You Know, de la banda Two Door Cinema Club, y se canta a todo pulmón. Desde una caseta que se emplaza a un costado de la barra, Ariel Núñez (42), productor y DJ del local, va alternando los ritmos que mueven a la entusiasta concurrencia que siente cada vez más lejanos los 560 días que, por culpa del Covid, tuvieron las noches vetadas.

Ariel llegó hace 20 años a la Blondie. Fue por casualidad. Era estudiante de Periodismo y debía sacar una fotos. Por esos días ya había debutado poniendo música en otros lugares. Ahí necesitaban a alguien, por lo que se abrió una oferta y la tomó. Se quedó como DJ.

Los cinco años siguientes se batió entre pinchar discos y editar una revista. “Pero me llenaba más el trabajo en Blondie, por eso hice el cambio y me dediqué 24/7 a este lugar”, cuenta.

Durante la emergencia sanitaria Núñez tuvo suerte, pues mantuvo su trabajo. Pero tuvo que transformarlo para tener cabida en las limitaciones que aterrizaron de golpe con la pandemia. “Pensé en volcar al área digital todo el trabajo que hacíamos en Blondie. Me las ingenié para llevar nuestro contenido a las distintas plataformas, como video playlist, listas de reproducción en la plataforma Spotify y terminamos haciendo fiestas online vía Zoom”.

Así nació Radio Blondie, que a la fecha sigue operativa. “No dejé de hacer lo que me gusta, además, porque nunca me desvincularon. El desafío en medio de la pandemia fue llevar lo que hacíamos hasta las casas”, cuenta.

En agosto retomaron las fiestas, que partían a las 17.00. Y a medida que se fue aplazando el toque de queda, se atrasó también la hora de inicio. Eso hasta ahora, que funcionan con normalidad.

El DJ está feliz. Nunca pensó, dice, que el regreso sería tan bueno: “A pesar del límite de aforo, se siente muy bien que la gente esté aquí nuevamente”.

El trayecto de la 210: más tranquilo y con menos pasajeros

Freddy Prado conduce el recorrido nocturno hace más de una década. Con la llegada de la pandemia debió modificar sus hábitos nocturnos y adaptarse a la jornada vespertina.

Freddy Prado, ha trabajado toda su vida en el área de transportes.

El terminal de Subus se ubica en la antigua zona industrial de Estación Central. Al fondo del terreno hay una hilera de buses, pintados de azul intenso, que hoy están fuera de circulación. Es casi la medianoche y Freddy Prado (67) se alista para iniciar el turno del recorrido 210 del servicio Red, ex Transantiago.

El conductor aborda la máquina -notoriamente más moderna que las aparcadas-, se instala en la cabina cerrada y comienza a recorrer la Alameda, con destino a la Plaza de Puente Alto. Lo espera una hora y 20 minutos de trayecto.

El camino lo sabe de memoria. Lo lleva haciendo por más de 10 años. Freddy detalla que este horario, cuando la acelerada ciudad queda atrás, es muy tranquilo. Y que a él le gusta. “Nunca tuve problemas. Se notaba, por las caras de cansancio, que la mayoría de la gente que tomaba este recorrido venía de su trabajo. Ahora bajó bastante el flujo de personas”, comenta.

En marzo de 2020 la pandemia y el toque de queda eliminaron la jornada. Y durante el último año y medio el conductor fue destinado a otro horario. “Comencé a trabajar en el último turno, eso era desde las 17.00 hasta las 23.00. Todo dependía del horario del toque de queda”.

Lo aceptó, pero no fue totalmente de su agrado. Freddy asegura que prefiere el horario nocturno, cuando “se conduce más tranquilo. Es distinta la vida en ese horario y me gusta”.

Cuenta que antes de la pandemia en el recorrido de la 210 se veía de todo. “Los chicos fumaban, bebían alcohol, bailaban y era recurrente alguna pelea. A veces hacían la ‘previa’ y se bajaban en Plaza Italia con dirección a Bellavista, pero en estos días no he visto nada”.

A pesar de que la restricción ya fue levantada, Freddy cuenta que el retorno de las personas a las actividades nocturnas ha sido lento. “La primera semana fue tranquila, muy poco público. En el primer día no tomé a ningún pasajero con dirección a Puente Alto. Al regreso, tampoco”.

Mientras se restablecen las rutinas, el conductor prueba con otro negocio: un puesto de frutos secos que instala cerca del terminal, un par de horas antes de iniciar su recorrido nocturno. “Para aumentar los ingresos”, comenta.

Luces, sombras y brillos de los nightclubs

Dos relatos que tienen en común la entretención, también se unen por la reinvención. El empresario Alejandro Araya y la transformista Victoria Paz quieren volver a iluminar las noches.

Alejandro Araya, hace más de 30 años que es duelo del cabaret Fabiano Rossi.

Fabiano Rossi”, en letras azules de neón, brilla en el frontis de este cabaret, a pasos del Metro Salvador. No hay guardias a la espera de público ni anfitrionas, sólo se escucha, apenas, el murmullo de la música que proviene del interior.

Pasadas las dos de la mañana el dueño del lugar, Alejandro Araya, se asoma a la puerta y cuenta lo que ha sido el retorno al rubro en el que se desempeña desde hace más de 30 años, tras verse obligado a cerrar por largos meses. “La reapertura ha sido lenta, ahora no tengo mucha gente”, afirma.

El empresario cuenta que sobrevivió con ahorros. Pero que otros tuvieron que emprender nuevos rubros. “Muchas de las chicas se fueron y no volvieron más”.

En el intertanto, el dueño de “Fabiano Rossi” hizo sus cálculos e implementó cambios. “Reabrí con una fiesta electrónica, pero sin perder la esencia de mi local. Debo hacerlo, porque no hay mucho movimiento”.

Victoria Paz, de negro, posa junto a sus compañeras en Terraza de Limón.

Mientras, el barrio gastronómico contiguo está todo iluminado. Pío Nono, la calle principal, tiene la mayoría de sus locales abiertos. La clientela, en cambio, ha sido más tímida.

Justo a los pies del Parque Metropolitano está La Terraza de Limón, donde trabaja la drag queen Victoria Paz (26). Cuenta que con la pandemia, y forzada por la falta de ingresos, se atrevió a dar un giro. “Decidí emprender en repostería”, relata, con recetas que antes ya había preparado y que esporádicamente ponía a la venta para amigos y conocidos.

Con el regreso de la noche también ha retornado a los espectáculos, aunque desde más temprano. “Me acostumbré a disfrutar del día. Se pueden hacer más cosas y el público también lo agradece”.

El arte del maquillaje para celebrar

Tras ser cancelados por largos meses, los eventos han vuelto en gloria y majestad, en series diurnas y vespertinas para recuperar el tiempo perdido.

Camila Ortiz, preparando a una modelo publicitaria.

Algunos ritos suspendidos o que cambiaron en extremo producto del Covid-19 fueron las celebraciones, sindicadas por expertos como los espacios de mayor riesgo de contagio, pues congregan a un alto número de personas, en espacios -por lo general- cerrados. Así, los festejos de cumpleaños, aniversarios, bautizos, matrimonios y ceremonias de todo tipo se pausaron o transmutaron en encuentros vía Zoom.

Por lo mismo, un oficio clave para estos eventos, también hibernó. Con las cuarentenas y las restricciones sociales, “no existía ocasión que ameritara arreglarse tanto”, cuenta Camila Ortiz (28), diseñadora gráfica que, en paralelo, hace seis años se dedica al maquillaje profesional.

Camila cuenta, eso sí, que si bien el oficio cayó vertiginosamente, no cesó del todo. De hecho, en julio de 2020, cuando la Región Metropolitana salía de cuarentena para pasar a la fase de Transición, la convocaron para una campaña publicitaria. “Debí usar todos los implementos de seguridad. Un traje que me cubría de la cabeza a los pies, mascarilla y guantes”.

Dada la etapa de la pandemia y los temores que traía consigo, el trabajo tenía serias complejidades. Su mayor preocupación, dice, era no tocar a las modelos, y aún así lograr un buen resultado. “Tenía temor, porque es un trabajo muy expuesto, pues la otra persona está sin mascarilla. Había mucha incertidumbre, pero tenía que trabajar”, afirma.

A medida que la ciudad comenzó a liberarse de la pandemia, volvieron a agendarse rápidamente los matrimonios, desde muy temprano y todos los días de la semana. “A veces a las 6.00 debía preparar a una novia, peinarla y maquillarla para que se presentara a las 9.00 en el Registro Civil”.

Un matrimonio en horas de la mañana versus otro vespertino son distintos, explica la maquilladora, por lo que tuvo que adaptar las opciones de tonalidades para que fueran adecuadas a la cita y al entorno. Lo mismo con los materiales de trabajo: desechar todas las brochas y pinceles tras cada uso.

Camila asegura que el horario diurno pareciera que llegó para quedarse. Tanto, que muchos novios lo están prefiriendo. ¿Lo bueno? Tiene la agenda repleta: el sábado atenderá a cinco personas, entre las 8.00 y las 18.00.

Babysitter: el relevo para quienes retoman las salidas

Antonia Tonda, estudiante de Sicología y cuidadora de niños, relata que la pandemia trajo muchos cambios para los menores: acostumbrados a tener a sus padres en casa, por las cuarentenas y toques de queda, resienten más su ausencia en las noches.

Antonia Tonda al cuidado de su sobrina.

Hace varios años que la estudiante de Sicología Antonia Tonda (23) es babysitter, pero hace dos que está en la agencia Cuídame. Recién en julio se reintegró al trabajo, pues en el peak de la pandemia se dedicó a sus clases. “Era complicado retomar el trabajo, ya que es mucho el contacto con los niños y no sabía cómo se iba a desarrollar”.

Cuenta que volver fue todo un desafío: el protocolo de cuidado de personas y el manejo con los niños debía ser cuidadosamente planificado. “El regreso ha sido un poco más impersonal, sin mucho contacto con los padres. Al llegar a un lugar voy directo a lavarme las manos, sin saludar de mano ni de beso y -en algunas ocasiones- no puedo sacarme la mascarilla”. Sobre esto último, Antonia cuenta que, como protocolo, el tapaboca debe mantenerse, salvo que los padres autoricen su retiro.

Con el término del toque de queda, las solicitudes de cuidado se reactivaron. “Veo muchos papás y mamás jóvenes que se encerraron con la cuarentena y no salieron más”. El horario que maneja es desde las 19.30 hasta las 3.00 am.

Al llegar a cada casa, la estudiante de Sicología se informa de las reglas y normas, con más énfasis en la noche, previo a que los niños duerman.

“Les pregunto a los papás y mamás qué hacen para que sus hijos se duerman. Eso alivia bastante el trabajo”.

Algo distintivo que ha notado en su retorno al cuidado nocturno de los niños es que -como herencia de los días más difíciles de la pandemia- extrañan más que antes a sus mamás y papás. “Se preocupan porque es de noche y ellos no están en la casa. Son niños que no están acostumbrados a que sus papás salgan de noche, porque esa transición de guagua a infantes la vivieron en pandemia, entonces siempre estaban con la mamá, el papá o con los dos en la casa”.

Ante esa situación, ella les pregunta a los pequeños sobre sus emociones, qué sienten, qué les da miedo. Dice que la clave es mostrarse segura y calmada, y así los pequeños logran comprender que su presencia no es negativa y que sus padres llegarán pronto a cuidarlos.

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