Martha Nussbaum, figura clave de la filosofía: “La ira no resuelve ningún problema real”

La influyente filósofa estadounidense, figura fundamental de las humanidades contemporáneas, apunta a que la mayor parte de la ira es retributiva y busca “venganza” por el daño. En esta entrevista con La Tercera también sostiene que “deberíamos pensar en lo que hacen los buenos padres todos los días: hacen que los hijos asuman la responsabilidad (de sus acciones), pero sin búsqueda de venganza”.




Es una de las filósofas más importantes del mundo, figura fundamental de las humanidades contemporáneas. Ha escrito sobre filosofía clásica, feminismo, derechos de los animales, la tradición cosmopolita y la relación entre emociones y política. La ira, el miedo, el deseo de venganza y la envidia han sido analizados bajo su prisma filosófico único y profundo, conectándolo con tradiciones clásicas, con sus raíces históricas y planteando vías de evolución para ellas. También ha dedicado mucho tiempo y energía a reflexionar sobre la desigualdad y la dignidad humanas, conceptos claves en su obra Crear capacidades: propuesta para el desarrollo humano.

Martha Nussbaum nació en 1947 y se crió en una familia privilegiada en términos económicos, con un padre que la apoyaba en todos sus emprendimientos. Estudió teatro por unos meses y se apasionó actuando las tragedias griegas. En realidad, aquello fue un puente, ha contado después, para interesarse en la filosofía clásica. Se graduó en la Universidad de Nueva York y se doctoró en Harvard, donde luego comenzó a dar clases, para después continuar en las universidades de Brown y Oxford, antes de llegar a la Universidad de Chicago, donde ocupa hoy la Cátedra Ernst Freund como profesora distinguida de Derecho y Ética.

Uno de los grandes mentores de Martha Nussbaum fue John Rawls, considerado el filósofo político más influyente del último siglo, autor de La teoría de la justicia, entre otras obras. Nussbaum ha relatado que un día estaban almorzando hamburguesas cuando Rawls le dijo que, si tenía la capacidad de ser una intelectual pública, era su deber convertirse en una. Y vaya que lo ha hecho.

Sus más de 24 libros (el último es La tradición cosmopolita) e innumerables papers, conferencias y charlas han calado hondo en la cultura y sociedad contemporáneas. Según ella, para que una sociedad sea democrática y estable, se deben cultivar ciertas emociones y se requiere enseñar cómo entrar empáticamente en la vida de los demás. “No se puede tener una democracia cuando la gente no aprende a ponerse en el lugar de otra persona, cuando no puede pensar qué significan sus políticas para los demás”, dice.

Ganadora de decenas de premios y reconocimientos, destacan el Príncipe de Asturias en 2012 y el Premio Kyoto, considerado el más prestigioso que se entrega en áreas que no son parte de las elegibles para el Nobel. Con esa distinción se unió a un pequeño grupo de filósofos que lo han obtenido antes que ella, incluyendo a Jürgen Habermas y Karl Popper. En 2018 obtuvo el Berggruen Prize, destinado a pensadores cuyas ideas “hayan moldeado profundamente el autoconocimiento y el avance humano, en un mundo rápidamente cambiante”. A todos estos reconocimientos se suman más de 60 doctorados Honoris Causa en universidades de distintos países del mundo.

Pero para ella los premios son como las papas fritas, como dijo en un extenso perfil que le hizo la revista The New Yorker. Los disfruta, pero está atenta a “quedar saciada, como uno de los ´animales pastores tontos´ de Aristóteles”. Como expresó allí, su concepto de una buena vida requiere luchar por una meta difícil, y si está demasiado satisfecha, “comienza a sentirse descontenta”.

Asertiva, precisa y muy productiva, no solo se dedica por entero a sus libros y sus clases, sino que a cantar ópera, a ejercitarse por 90 minutos cada día o a cocinar para sus amistades y alumnos. Y también a responder entrevistas de todas partes del mundo. Desde su departamento en Chicago contestó las preguntas de La Tercera vía e-mail, poniendo límite previamente a la cantidad de preguntas y explicitando el tiempo que le tomaría responder. Sus respuestas, en rojo, llegan mucho antes de lo previsto.

En La tradición cosmopolita, usted reflexiona sobre cómo la protección de los derechos humanos de primera generación requiere la protección (o garantía) de la segunda generación de estos derechos, es decir, los sociales y económicos. En Chile vamos a redactar una nueva Constitución y esta será una de las discusiones claves. ¿Qué piensa sobre esto?

Creo que es muy importante tener esta discusión. Si los asuntos sobre los costos no se enfrentan de lleno, la Constitución será un formalismo vacío. La creación de un conjunto de derechos requiere también la creación de estructuras legales para su sustento y aplicación, y brindar a las personas un acceso seguro al proceso legal. Si la gente no está dispuesta a gastar el dinero necesario para hacer eso, y solo quiere agitar la Constitución como una bandera, nada mejorará.

"Si los asuntos sobre los costos no se enfrentan de lleno, la Constitución será un formalismo vacío", opina la filósofa sobre el proceso constituyente.

Usted dijo al principio de la pandemia que, con suerte, esta experiencia “nos abrirá a la vida de los demás”. ¿Cree que ha sido así? ¿Por qué?

Creo que no hay una respuesta unitaria. Es un asunto muy individual. Algunas personas han mostrado una gran y profunda empatía con otras vidas, y creo que muchas personas en mi país tienen una nueva comprensión de las desigualdades en la atención médica que causan malos resultados de salud para las minorías raciales. Pero el miedo también puede hacer que las personas sean egoístas, y vemos mucho de eso, incluso en la competencia para obtener citas de vacunación. Me alegró mucho que en su toma de posesión, el Presidente Joe Biden nos llamara a todos a (tener) una mayor empatía. Y luego respaldó aquello con un audaz programa económico para abordar los problemas de la pobreza.

La ira “transicional”

El gobierno de Donald Trump estuvo entre sus preocupaciones y gatilló también su escritura. La monarquía del miedo, uno de sus últimos libros, comenzó a desarrollarse en su mente cuando estaba en Kyoto, recibiendo el mencionado premio la misma noche de la elección presidencial en Estados Unidos, en 2016. Mientras ella se arreglaba en su hotel para este momento tan importante, y luego participaba en la ceremonia en su honor, Trump vencía a Hillary Clinton y se transformaba en Presidente.

El expresidente de EE.UU. Donald Trump.

En medio de la ansiedad, el aislamiento de sus seres queridos y amistades, el jet lag y el insomnio, empezó a pensar que su anterior trabajo sobre las emociones no había sido lo profundo que se requería. “Mientras examinaba mi propio miedo, eso me llevó gradualmente (a pensar) que el miedo era el tema, un miedo nebuloso y multiforme que inundaba a la sociedad estadounidense”, escribió en el prólogo de esta obra que partió allí.

Sus reflexiones sobre la ira, “hija del miedo”, en aquel libro son igualmente notables. “La ira pública contiene no solo la protesta por los errores -una reacción que es saludable para la democracia cuando la protesta está bien fundada-, pero también (contiene) un ardiente deseo de venganza, como si el sufrimiento de otra persona pudiera resolver los problemas del grupo o de la nación”, sostiene.

“Más que cualquier otra emoción, el miedo necesita un cuidadoso escrutinio y contención si no quiere volverse venenoso”, dice usted. ¿Cómo podemos moldear las emociones para que “apoyen las buenas aspiraciones democráticas”?

Esto debe comenzar en la familia, cuando los padres les enseñan a los niños qué miedos son reales y están basados en la verdad y cuáles miedos, en cambio, son fantasías vacías. Pero también necesitamos educadores que trabajen en esto, fomentando una educación rica en humanidades que desarrolle las facultades críticas y la imaginación comprensiva.

En La monarquía del miedo usted escribe sobre la polarización política y el papel de las emociones (en ella), especialmente el miedo y la ira. Políticos en todo el mundo movilizan estas emociones para atraer votantes. ¿Qué se puede hacer para afrontar esa situación?

No creo que el miedo sea siempre inapropiado. El miedo al Covid es muy apropiado, y uno de los problemas que hemos tenido en Estados Unidos es que la gente niega el riesgo del virus y dice que es un engaño. Por tanto, los políticos deberían fomentar el miedo responsable basado en la ciencia. El énfasis debe estar siempre en la evidencia y la verdad. Mi opinión sobre la ira es compleja. La mayor parte de la ira es retributiva, buscando “venganza” por el daño. Eso, sostengo, siempre es perjudicial, crea más miseria y no resuelve ningún problema real. Pero el tipo que yo llamo “Ira de Transición”, una indignación sin deseo retributivo, es muy valiosa. Esa emoción dice: “¡Esto es indignante! No debe volver a suceder”. Esa rabia se vuelca para enfrentar el futuro y nos convoca a un trabajo constructivo. En La monarquía del miedo ilustro esta diferencia hablando de Martin Luther King, quien realmente hizo esta distinción y nunca alentó el pensamiento de venganza, sólo la indignación por la injusticia seguida de esperanza y trabajo constructivo. Todos debemos ser conscientes de esa distinción y buscar políticos que nos convoquen al miedo racional y a la “Ira de Transición”.

¿Qué puede alentar este cambio de la ira a la “Ira de Transición”, y qué deberían hacer los líderes responsables en este sentido?

Como dije anteriormente, líderes sobresalientes han hecho esto, y estudiar la vida y los discursos de Martin Luther King puede ayudarnos a aprender cómo se puede hacer esto. Mahatma Gandhi y Nelson Mandela son otros líderes cuyas vidas son dignas de estudio. También deberíamos pensar en lo que hacen los buenos padres todos los días: hacen que los hijos asuman la responsabilidad (de sus acciones), pero sin búsqueda de venganza retributiva. Así, dirigen a los niños hacia un futuro mejor.

Discriminación de la mujer

“Una forma de discriminación que no pude evitar fue la discriminación contra la mujer”, ha dicho. Se define a sí misma como una “feminista liberal” y ciertamente ha abierto camino a las nuevas generaciones. Ha sido “primera” mujer en muchas posiciones, con todo lo que ello implica. Por ejemplo, en 2014 se convirtió en la segunda mujer en la historia invitada a dar las Conferencias John Locke, en Oxford, consideradas de las más prominentes en filosofía.

Pero también ha experimentado reveses: le fue negada su posición de profesora titular en la Universidad de Harvard en 1983, lo que ella atribuye, entre otros factores, a una “venenosa aversión hacia mí como una mujer muy franca”. Cuando se unió a una sociedad de mujeres filósofas -relata en The New Yorker- planteó que las mujeres tienen una contribución única que hacer, porque “hemos tenido la experiencia de conflictos morales, somos desgarradas entre los hijos, por un lado, y el trabajo, por el otro. Eso que los filósofos varones no vivieron o no tuvieron que vivir”.

Le pregunto sobre la pandemia y el daño que les ha infligido a las mujeres. Desde la pérdida de trabajos a la violencia doméstica o, justamente, la mayor carga de trabajo y cuidado que han debido realizar. Cuenta que su nuevo libro aborda la discriminación de género: Ciudadelas de orgullo: abuso sexual, responsabilidad y reconciliación se llama y aparecerá en mayo en Estados Unidos. “Debo pedirles que lo traduzcan a continuación”, dice.

¿Qué se debe hacer ahora para combatir la violencia y la discriminación contra las mujeres?

En mi nuevo libro se analizan las fallas, personales y políticas, que subyacen a la discriminación, se analiza la evolución del derecho desde 1970 para avanzar, y también se advierte contra la ira retributiva por parte de las víctimas.

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