El Biógrafo: una función en crisis

Cine El Biografo

Foto : Andres Perez

Ubicado en la esquina de Lastarria con Villavicencio, el cine ha visto decrecer su asistencia hasta en un 80 por ciento menos desde el inicio del estallido social hace 50 días. La película pinta mal, pero el dueño de la sala confía en que no hay que bajar la cortina si hay un público cautivo a través de décadas.




La calle José Victorino Lastarria es un espejo bastante categórico de la realidad: antes del 18 de octubre buena parte de sus locales comerciales funcionaban en una evidente lozanía hoy desaparecida y cuya víctima más notoria es el cine El Biógrafo. Emplazado en la esquina de José Victorino Lastarria con Villavicencio, el recinto se mantiene casi por vuelo propio, con una cantidad de 28 espectadores al día como promedio, horarios cambiados y menos oferta de películas de la que quisieran.

En la vereda de enfrente y a pocos metros hacia la Alameda la fachada herida de la histórica Iglesia de la Veracruz aún muestra huellas del incendio que la afectó el 12 de noviembre. No es un panorama particularmente auspicioso y el dueño de la sala, el argentino Daniel Scrigna (72), dice a La Tercera PM que desde el inicio de la crisis social "no ha habido un sólo día bueno" para el inmueble artístico.

"Nosotros teníamos fines de semana en que venían 300 personas. Ahora, con suerte, tenemos 200 personas en siete días", comenta Scrigna, que llegó a Chile en 1976 a través del negocio químico-farmacéutico y hoy mantiene esta sala emblema del llamado circuito cine arte. "Algunos creen que sólo tenemos espectadores del barrio Lastarria, pero no es así. Justamente hemos perdido público porque hay personas que vienen desde muy lejos y ya no pueden llegar por la restricción del horario del metro o por las manifestaciones", explica Daniel Scrigna.

"Un ejemplo: una señora venía como promedio dos veces por semana desde Lampa. Y así como ella también las hay de Puente Alto, Lo Barnechea o Quilicura. Habíamos hecho un estudio de público al respecto", dice el propietario de la sala desde el año 1994. "Lo increíble es que durante el año habíamos andado bastante bien de público, pero, claro, ahora disminuímos la asistencia casi en un 80 por ciento", agrega.

El cambio en los horarios es otro factor de daño: "Antes funcionábamos hasta las 11 de la noche, pero ya no se puede: el metro no corre hasta esa hora. Así es que estamos haciendo funciones a las 2, 4, 6 y 8 de la tarde, de las que en realidad sólo registran mayor afluencia las tres últimas". Antes del estallido social, la hoy inexistente función de las 9.30 pm era la que mayor público convocaba, fundamentalmente los viernes y sábado.

"Pero los problemas de horarios afectan a todas las salas, desde las del Parque Arauco o Alto Las Condes hasta las pequeñas como las nuestras. No hay funciones hasta tarde en ninguna parte", dice Scrigna.

El dueño de El Biógrafo también quiere agregar un dato que a él le parece más determinante y grave: "Debido a la situación hay muchas películas importantes que no hemos podido estrenar y que podrían haber encontrado su espacio en estas fechas. Una era, por ejemplo, la surcoreana Parásito, de Bong Joon-ho, que ganó el Festival de Cannes este año y es una gran película. Los distribuidores no quieren exhibirla en este contexto, pues temen que no tenga la exposición adecuada. No quieren quemarla, por decirlo de una manera. El problema es que al postergar demasiado el estreno llegan al streaming y ahí ya estamos liquidados", analiza.

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La esquina europea

A diferencia de otras salas del circuito alternativo a las multisalas, El Biógrafo no exhibe películas estadounidenses. A excepción de Woody Allen. Es una cuestión de gustos del público. "No funciona el cine de Estados Unidos en nuestra sala. Cuando lo hemos intentado, la gente reclama. Pueden ser habladas en inglés, pero británicas, como el año pasado mostramos La librería (protagonizada por Emily Mortimer) o este año La espía roja (con Judi Dench), ambas muy exitosas. Pero no americanas", dice el propietario.

Lo que sí hay es una presencia fuerte de cine europeo, que este año tuvo su hito con la polaca Guerra fría, cinta de Pawel Pawlikowski ganadora del Oscar extranjero 2018. "Básicamente nos interesa la calidad de la película. Ese es el otro criterio de selección", comenta Scrigna, que agrega que entre los espectadores habituales de El Biógrafo hay empresarios como Roberto Fantuzzi, así como figuras públicas como la jueza de la Corte Suprema Gloria Ana Chevesich.

Las películas del Viejo Continente son a estas alturas no sólo una marca distintiva de El Biógrafo. También podrían ser una cábala de los buenos viejos tiempos, específicamente de la época en que la sala estrenó la trilogía Bleu (1993), Blanc (1994) y Rouge (1994), del también realizador polaco Krzysztof Kieslowski, tres éxitos seguidos ambientados en Francia con Juliette Binoche, Julie Delpy e Irene Jacob, respectivamente.

"La verdad es que este cine debería llamarse Kieslowski. Estuvimos tres o cuatro años con esas películas, que nos llegaron casi por casualidad junto a un paquete de otras cintas que habíamos comprado", recuerda Scrigna, que en esa época también poseía la compañía Transeuropa, encargada de distribuir filmes en Chile. Por esa razón, aquellos largometrajes de Kieslowski dieron vuelta en otras salas de cine arte de la capital, de la misma manera que clásicos franceses de los 90 como El marido de la peluquera (1990), Tango: La maté porque era mía (1993) o Ridicule (1996), las tres del realizador Patrice Leconte.

Daniel Scrigna dejó el negocio de la distribución de películas durante la década pasada y desde entonces sólo se dedica a la exhibición desde El Biógrafo. Su diagnóstico es que la distribución de cine europeo está amenazada por el streaming (reconoce que tiene Netflix en casa, pero dice que no lo ve por falta de tiempo) y que lo suyo es por amor al arte y también por respeto al público fiel a el Biógrafo, donde trabajan cinco personas, incluyendo la cajera y los dos acomodadores.

Otros cines, otros ámbitos

La experiencia de El Biógrafo, que por estos días exhibe las italianas Sangre de mi sangre (2015) y Noches blancas (2018), y la israelí Descubriendo a mi hijo (2017) está determinada por razones geográficas. José Victorino Lastarria es calle de escaramuzas, chorros de carros lanza-aguas y escapes de quienes vienen corriendo desde Portugal, Vicuña Mackenna o Alameda. Las manifestaciones han opacado su rutina, de la misma forma que al resto de los establecimientos del sector.

Probablemente un caso diametralmente opuesto sea el del Centro Arte Alameda, ubicado mucho más cerca de la zona de protestas, a sólo 500 metros de Plaza Italia. De alguna manera se han adaptado a la realidad y la han hecho parte de su sistema nervioso.

"Somos como un faro, el único lugar prendido de Plaza Italia", comenta Roser Fort, directora del recinto. "Claro que hemos sentido los efectos de la contingencia y la merma de público. No nos ha quedado más que adecuarnos a lo que sucede alrededor. Por eso mismo tenemos también un centro de urgencia, con funcionarios de la Cruz Roja", especifica.

A la hora de programar películas, el centro cultural también optó por flexibilizar su parrilla con programación en diálogo con la realidad. "Decidimos exhibir, por ejemplo, Araña, de Andrés Wood. Pero además tenemos en cartelera a Lemebel, Guasón y una francesa que se llama Amanda. Esta última es quizás la más diferente a las otras, que claramente apelan a política o crisis social", agrega Fort.

En la programación adhoc del Alameda también hay lugar en las noches del lunes, a las 22 horas, a las llamadas Noches subversivas, donde se dan cintas que van desde Sobreviven (1988) de John Carpenter a V de vendetta (2005), de James McTeigue. La distopía y la rebelión de las masas corren por las venas de los argumentos de ambas, de igual manera que la personalidad anárquica de Luis Buñuel lo transformó en protagonista del ciclo El Director del Mes: en diciembre parten con El discreto encanto de la burguesía (1972).

Algunos kilómetros más hacia el suroeste, el Cine Arte Normandie vive otra realidad. En calle Tarapacá, cerca de las armerías del centro de Santiago y también a metros del Instituto Nacional, apostó estos días por la exhibición de El irlandés (2019), de Martin Scorsese, e Historia de un matrimonio (2019), de Noah Baumbach. Son dos películas de Netflix que también pueden verse en la comodidad del hogar, pero que siempre estarán hambrientas de pantalla grande.

"Hay menos público desde que empezó el estallido, por supuesto, pero hemos logrado sortearlo de alguna forma. Esta semana, por ejemplo, estamos realizando el Festival de Documentales de Santiago (Fidocs) y la sala ha estado siempre llena", comenta Mildred Doll, una de las propietarias.

Para el Normandie, las bombas lacrimógenas de Plaza Italia son una realidad distante, pero no lo es el Instituto Nacional, otro centro de protestas y manifestaciones en el año 2019. El emblemático colegio de Arturo Prat se hizo parte del Fidocs de este año y así es como las actividades del festival tienen dos sedes: el colegio y el cine.

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