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Gilles Lipovetsky, filósofo francés: “Se está construyendo una civilización nueva, la civilización de la omnipotencia”

Pocos han diseccionado las sociedades contemporáneas como el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovestky. La crisis de la autoridad, la masculinidad en jaque, la sociedad del miedo han sido algunos de los temas abordados por el autor de La era del vacío. Lipovestky ha tratado de detectar, de un modo muy original y mezclando filosofía, historia y sociología, la evolución de las mentalidades, las prácticas sociales y las costumbres, y de darles un significado social.

Gilles Lipovetsky �Jean-Francois PAGA/Leemage Jean-Francois Paga

Caballero de la Legión de Honor Francesa, la más alta distinción que otorga el Estado francés, y doctor honoris causa de numerosas universidades,

hoy, publica en español ‘La nueva era del kitsch: ensayo sobre la civilización del exceso’ (Anagrama), junto al crítico de cine Jean Serroy. Allí analizan esta estética -considerada vulgar-, que hoy campea por todas partes y que es -para él- símbolo de una nueva era. Una ostentosa y sin límites, que busca transgredir todos los límites al poder humano.

Vía zoom desde Francia, Lipovestky conversó con La Tercera del kitsch y sus iconos, y también de su nuevo libro en francés, L’Odyssée de la Surpuissance (La odisea del superpoder).

Para empezar, ¿por qué, entre todos los temas relacionados con la hipermodernidad que usted ha abordado en sus distintos libros, le interesó el fenómeno del kitsch hoy?

Me interesé por el kitsch porque ha habido un cambio de perspectiva. Desde el siglo XIX, el kitsch se ha visto como algo sin valor, de mal gusto. Pero desde la década de 1980, quizás, hemos presenciado un cambio completo. El kitsch, una vez despreciado, ahora es celebrado, valorado y exhibido en los mejores museos del mundo. Esto es bastante increíble porque cuando lees a artistas e intelectuales hasta 1960, lo detestaban; el kitsch se asociaba con el asco. Y de repente, algo ha cambiado. ¿qué pasó? El significado global del kitsch ha cambiado. Durante mucho tiempo, el kitsch se asoció con cosas pequeñas y cotidianas. Eran baratijas, recuerdos, muebles, copias que se ponían en las paredes... Y ahora, el kitsch se ha infiltrado en todas partes. Así que está emergiendo un nuevo mundo, impulsado por nuevos valores. Así pues, como viste en el libro, la hipótesis general es que vivimos en una nueva era. Es importante destacar este punto, ya que, generalmente, se nos presenta el kitsch como una categoría estética que siempre ha permanecido igual. Y perdemos de vista lo fundamental: que el kitsch de los años 2000 y 2020 ya no es el kitsch de antes.

Usted dijo que la Trump Tower, el oro, el lujo ostentoso e incluso la retórica de MAGA son la quintaesencia del kitsch. ¿Cómo este libro establece un diálogo con la era Trump?

Tenemos un presidente estadounidense que encarna el mal gusto, la ostentación, la megalomanía. El exceso, precisamente, en todo y sin parar. Así que, si se quiere, él es la ilustración política del kitsch en la era hipermoderna. Durante mucho tiempo, el kitsch existió bastante en ciertas repúblicas bananeras de Latinoamérica o África, con jefes de estado que eran dictadores insignificantes en la historia. Pero Trump es la figura más importante hoy en la mayor potencia del mundo. No es un detalle menor. Y vemos que la lógica del kitsch ha triunfado, incluso en Estados Unidos. Incluso solíamos decir que la política se había vuelto aburrida porque existía este lenguaje, como lo llamábamos, de la corrección política. No se deben decir cosas que lastimen a las mujeres o a las minorías. Pero ahora, a los mexicanos los llaman chicanos, violadores, comedores de perros y gatos. Es extremadamente vulgar. Y él (Trump) no tiene ningún respeto por la verdad. Desprecia todo eso. En la época contemporánea, tenemos algo bastante interesante, la oposición entre dos tipos de kitsch.

¿Cuáles kitsch se oponen?

Está el kitsch de la reina Isabel, quien falleció recientemente en Inglaterra. Es un kitsch tradicional, un kitsch respetable. Es kitsch; la gente la veía con sus sombreros morados y vestidos amarillos. Pero ella encarnaba una tradición. Una dignidad. Trump no tiene nada de eso, es kitsch vulgar. Sé que, tradicionalmente, el kitsch es vulgar, pero durante años, ha habido otras categorías de kitsch que podrían distanciarse de eso. Pero ahora, con Trump, tenemos un fenómeno excepcional, que de hecho es el tema de mi nuevo libro, que acaba de publicarse en Francia. El libro se titula La Odisea del superpoder. Y el superpoder, hoy en día, se encarna en un personaje hiper kitsch. No solo un poco kitsch: es un kitsch colosal. En el lenguaje, en los gestos, en la estética, en la vulgaridad.

¿Cómo se explica usted el fenómeno Trump y de otros como él? ¿Qué lo puede contrarrestar?

A ver, retrocedamos un poco a la disolución de la Unión Soviética en 1991, la caída del Muro de Berlín y su posterior implosión, que marcó el comienzo de un período conocido como la “globalización feliz”, Fukuyama y su teoría del “fin de la historia”. Este período se caracterizó por la idea de que, con la desaparición de las ideologías en conflicto, nos encaminábamos hacia una era de paz y la consagración de la democracia. La democracia había triunfado, tras haber eliminado los regímenes totalitarios, y en particular el comunismo. La historia ha refutado cruelmente las teorías de Fukuyama porque, en primer lugar, la guerra regresó y, en segundo lugar, la fase ascendente de la democracia ha terminado.

Vivimos en un momento de retroceso democrático, de hecho.

Sí. El número de democracias liberales está disminuyendo en el mundo e incluso al interior de las democracias, con el populismo, se podría decir que la democracia de alguna manera ha perdido su carácter sexy. Es como si la democracia ya no fuera deseable. En Europa, esto también está empezando a ganar terreno. Está Milei, su vecino. Brasil, afortunadamente, detuvo a Bolsonaro; fue justo, había planeado un golpe de Estado. A Trump no le gusta la democracia, prefiere las dictaduras a la democracia. Vivimos tiempos muy difíciles.

AP Patrick Semansky

¿Durará?

No se puede ser profeta en estas cosas. Simplemente creo que el siguiente paso decisivo son las elecciones de mitad de mandato. Fueron los estadounidenses quienes votaron por Trump. Ellos son quienes votarán (...) No estoy siendo apocalíptico, debemos ser cautelosos, pero es cierto que la era del triunfalismo democrático ha terminado. La democracia está a la defensiva…Entonces, ¿se mantendrá la democracia liberal? No lo sé. Está debilitada. Es innegable que la democracia se está debilitando porque nuestro mejor aliado, Estados Unidos, nos está abandonando. Europa puede ser muy criticada, pero, en términos generales, es un continente democrático. Y nos odian y quieren desmantelar la Unión Europea. Pero no tenemos los medios, no tenemos la fuerza. Y los líderes políticos desde la Segunda Guerra Mundial se equivocaron al pensar que podrían vivir simplemente de lo que ahora se llama, en términos diplomáticos, el dividendo de la paz, que los estadounidenses nos protegen, así que no invertimos en defensa ni en armamento, excepto en Francia… Ya no podemos depender del paraguas estadounidense. Esa era ha terminado. Trump solo reconoce la fuerza.

¿Qué hacer?

No soy político, pero Occidente se fisura: está el Occidente norteamericano y el que no; no son lo mismo. Creo que Europa necesita tomar cartas en el asunto. Y tomar cartas en el asunto significa que, si quieres la paz, prepárate para la guerra. El continente europeo es rico. El problema es que sus poblaciones no están dispuestas a hacer sacrificios, así que es complicado. Pero es necesario. De lo contrario, nos convertiremos en una colonia estadounidense. Donald Trump hará lo mismo que en Venezuela. Dirá: “Miren, háganlo así, y así es”.

La época frágil

Usted se ha adelantado a algunos temas cruciales, la crisis de autoridad, de la masculinidad, la democracia marcada por la inseguridad. ¿Cree que estas son importantes para explicar el presente?

Sí, pero también debo agregar que hay muchas cosas que no preví.

¿Cómo qué?

Por ejemplo, esto. No creía que fuera posible que la guerra volviera a Europa. Nunca lo hubiera imaginado. Y no era el único. Todos compartían ese sentimiento. No preví el auge de la extrema derecha. Es cierto que los tiempos cambian, es normal. No soy metafísico; analizo las cosas a medida que suceden, y están surgiendo nuevas fuerzas, y estamos entrando en una nueva era. El siglo XXI no se parecerá al siglo XX. Y creo que lo que estamos experimentando se debe en parte a lo que he analizado, pero también a otra fuerza que ahora es el tema de mi nuevo libro, como te comenté, que es la voluntad de poder. En mis libros anteriores, el paradigma dominante era uno tocqueviliano. Es decir, en el avance de la revolución democrática. El fenómeno a lo largo de la historia moderna lo ha confirmado. Pero creo que está ocurriendo algo que no es del tipo tocqueviliano.

Foto: Xinhua Li Gang

¿Qué es?

Es la búsqueda, la obsesión, por el poder. Porque, ¿qué quiere Trump? ¿Qué quiere Xi Jinping? No es la democracia, para nada. Quieren aumentar constantemente su poder. Dicen que es por seguridad, por protección. No creo que sea cierto, son pretextos. Creo que quieren el poder por el poder. Lo que ocurre hoy con la inteligencia artificial, los robots humanoides, las biotecnologías, las nanotecnologías, el capitalismo globalizado, (es que) la cuestión de la democracia ya no es central. Esta es la cuestión de lo que yo llamo superpoder, el poder colosal, poder infinito. Poder que rechaza todos los límites. Ya no queremos ningún límite. Trump no quiere límites. Tira el derecho internacional por la ventana; ya no hay ley. Ya no hay moral. Soy tu amigo, vale, pero me pagas. Te defiendo, pero me pagas. ¿Moralidad? No hay moralidad. Solo hay intereses y fuerza. Así que nos encaminamos hacia un nuevo mundo donde los conflictos de intereses y de fuerzas serán, creo, centrales. Se está construyendo una civilización completamente nueva, a la que llamo la civilización de la omnipotencia.

¿Y qué pasa en ese nuevo mundo?

Creo que el mundo venidero será un mundo de poder desenfrenado. Pero es un poder que debilita a las personas. Porque lo que vemos es que la extralimitación tecnológica y comercial está devastando el planeta, reduciendo la biodiversidad, provocando el calentamiento global con una cascada de huracanes, incendios y tormentas terribles, que resultan en cientos de miles de muertes cada año. Mañana, el nivel del mar subirá. ¿Qué será del Caribe? Todas estas islas corren el riesgo de ser tragadas por la crecida del mar, se avecina un desastre. Así vemos la paradoja: mientras la humanidad y la civilización hoy en día posee poderes increíbles —planeamos ir a Marte, pretendemos colonizar el planeta, estamos inventando una inteligencia artificial increíble, incluso podemos tener hijos con los muertos—, hoy en día, una persona fallecida, mediante inseminación artificial o congelación de esperma, puede convertirse en padre; todas las categorías establecidas se transgreden por completo. Pero, al mismo tiempo, este enorme poder conlleva una gran fragilidad. La gente es débil, está deprimida, tiene miedo; le tememos a todo. Le tememos a la contaminación, a lo que comemos, a perder el trabajo, a las dictaduras, a la guerra, a los inmigrantes.

¿Cómo recuperar la relevancia del bien común, más allá del bien individual, en la esfera pública?

Dos cosas me parecen esenciales: la regulación y la educación. La regulación es un problema porque los estadounidenses no la quieren. Quieren un mercado libre porque los mercados se ven obligados a ser más poderosos y a generar más ingresos. Pero un mundo sin regulación es una pesadilla. Es la ley de la selva. Una sociedad civilizada debe establecer pautas, debe fijar estándares. Pero el Estado establece las normas y los límites. Por lo tanto, si bien el poder dominante actual es cada vez más tecnológico y económico, el Estado desempeña un papel crucial. Debemos defender el hecho de que la sociedad es más que solo la economía. Así que necesitamos regular. De lo contrario, vamos a pagar un precio muy alto. El segundo punto es que, sin regulación, se pueden difundir todo tipo de noticias falsas en redes sociales. Por lo tanto, necesitamos educar a la ciudadanía. Debemos hacer más que simplemente enseñar a leer, escribir y aritmética. Debemos enseñar alfabetización mediática. Debemos enseñar a los niños a verificar la información. De eso se trata la educación. Si la gente solo usa las redes sociales y se queda encerrada en sus burbujas, es un desastre.

Con certeza…

No deberíamos centrarnos únicamente en la crisis de las democracias. Existe un considerable fenómeno tecnocientífico en juego hoy en día. Y no deberíamos soñar con una revolución contra el capitalismo. No la habrá. El capitalismo ha triunfado, Pero puede haber capitalismo inteligente. Existe el capitalismo depredador y el capitalismo apocalíptico. (Pero) creo que podemos, y tenemos, modelos de capitalismo más humanos, más civilizados. Debemos civilizar el capitalismo. No demonizarlo.

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