Viviendas sociales: tres experiencias de integración

Las Condesas forman parte de un plan de viviendas sociales que se inició en 2008 en Las Condes.

En Santiago hay varias comunas donde existen viviendas con subsidio estatal y casas particulares: Las Condes, Peñalolén y Huechuraba son algunas de ellas. Aquí, sus historias.


El debate generado en la Rotonda Atenas no es nuevo. Al menos en la comuna de Las Condes. Prueba de ello fue lo que sucedió con las cinco etapas de viviendas sociales Las Condesas, ubicado en Fleming a la altura del 9000, con Paul Harris. A pasos de ese conjunto habitacional, compuesto por 785 departamentos, construidos entre los años 2008 y 2017, se ubica el exclusivo condominio Comunidades Cerro Apoquindo (cuyas casa tienen un valor de UF 12.000 aprox.), distribuido en dos etapas: Cerro Uno y Cerro Dos.

Cecilia Acevedo (60), quien trabaja como asesora del hogar desde hace 23 años en una de las casas de Cerro Apoquindo, y que vive en Puente Alto, recuerda que cuando comenzó el proyecto Las Condesas “a algunos propietarios no les gustó y se fueron, porque según ellos les bajaba la plusvalía de las casas y los terrenos”.

Cecilia recuerda que uno de los problemas más comunes era la música fuerte que retumbaba en los departamentos, lo que hacía que sus vecinos llamaran a Carabineros.

Pese a esos problemas, en la actualidad la convivencia es buena. “Algunos vecinos de Las Condesas vienen a trabajar en casas de Cerro Apoquindo, por ejemplo, como jardineros y asesoras del hogar, y no hay ningún problema”, agrega.

Deyanira Chandía (24) es estudiante de Educación Parvularia. Dice que cuando llegó al departamento donde vive hoy, en el proyecto social Las Condesas 4, en 2012, se encontró con algunas resistencias.

“Los que viven allá arriba (Fleming con Paul Harris) no querían que se construyera Las Condesas. Y cuando llegamos a vivir acá, llamaban a seguridad municipal y a Carabineros, por el ruido y por la música. Pero la convivencia ha mejorado”, reconoce.

En el otro extremo, Rayén Utreras (21), quien llegará a vivir al condominio Cerro Apoquindo, dice que no está en contra y aprueba los proyectos de vivienda social impulsados por el alcalde de Las Condes. “Es gente que quiere trabajar, para tener su casa propia. Y eso no es malo”.

Unos metros más hacia el poniente de la entrada al condominio Cerro Apoquindo, por Fleming, Sandra Salazar (53) atiende un quiosco frente a Las Condesas y vive en la tercera etapa de este proyecto, al que llegó el 2009.

Sandra trabaja de 10.00 hasta las seis de la tarde. Cuenta que a diario ha visto problemas generados por residentes de ambos conjuntos habitacionales y lo ejemplifica con dos casos: “Por una parte, hay conductores de Cerro Apoquindo que ingresan o salen de ese lugar a toda velocidad y que han atropellado a perros. Pero también hay niños de Las Condesas que lanzan piedras a los estacionamientos del condominio y han roto vidrios de vehículos”.

Aunque en un comienzo algunos vecinos pidieron trasladar su quiosco, hasta hoy puede convivir sin problemas.

Peñalolén y Huechuraba

En otras comunas de Santiago también hay casos donde se ve la integración social de la que tanto se habla hoy. Paola Hernández (47) vive desde el 2006 en la Villa El Valle, en Peñalolén. Sus vecinos del condominio El Olmo, donde las casas tienen un valor aproximado de 7 mil UF, mostraron resistencia al comienzo. Las viviendas, conocidas como las “casas chubi” por sus colores, no era vistas con entusiasmo.

“Ellos dijeron que no éramos de su misma clase. Pero con el tiempo se han dado cuenta de que no somos problemáticos. Incluso, hay varias vecinas de aquí que trabajan en El Olmo”, cuenta.

Otro caso se da en la comuna de Huechuraba, pero con dispares resultados. Así lo relata Mónica Núñez (49), dirigenta social de la población El Barrero, de Huechuraba. Narra que ese sector, que data de la década de los 70, se ha visto afectado por la acción de algunos habitantes de viviendas sociales del sector que han llegado de otras comunas.

Como contrapunto, agrega que los condominios aledaños, de mayores recursos, no tienen problemas con el entorno, pues cuentan con seguridad y guardias. Y existe un estricto control de quien entra o sale del lugar. Pese a los problemas, Mónica dice que la zona ya no es el campamento al que llegaron a vivir hace de 49 años.

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