Columna de Álvaro Vargas Llosa: 100 años de la revolución rusa




El martes se cumplen cien años de la Revolución de Octubre (de acuerdo con el calendario juliano) que llevó a los bolcheviques, liderados por Lenin, al poder en Rusia. Aunque en otros terrenos, como el económico o el cultural, muchos otros acontecimientos, fenómenos o tendencias rivalizan o superan la importancia de la revolución comunista de 1917 para el siglo XX, en el político ningún otro asunto, con excepción del ascenso de Hitler y el triunfo de Mao, tiene dimensiones comparables. Es probable que, medida en su prolongación en el tiempo, su amplitud en el espacio y su reverberación ideológica, no tenga parangón ni siquiera en esos casos.

¿Qué residuos quedan de aquello un siglo después? No me refiero a la supervivencia de un ínfimo número de dictaduras comunistas, como la cubana o la norcoreana, o de países gobernados por un comunismo travestido en régimen nacionalista con sistema capitalista y centralismo político bajo el partido único, como China o Vietnam, sino a algo menos circunstancial: los residuos históricos, lo que perdura de todo aquello como enseñanza.

Lo primero es la importancia -y el peligro- del fanatismo en la historia. Lenin demostró ser una figura genial desde el punto de vista estratégico: desde 1903, cuando se crea el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, que reunía a las distintas corrientes revolucionarias y marxistas, hasta la toma del Palacio de Invierno, en Petrogrado, en 1917, resulta evidente que lo que hace la diferencia entre los bolcheviques, nacidos como una facción muy pequeña, y todos los demás grupos es la consagración de Lenin, a través de los años y los muchos contratiempos, a una idea fija, una zarza ardiente, que lo justificaba absolutamente todo.

Justificaba, incluso, todo tipo de actuaciones contradictorias, o aparentemente contradictorias, con el objetivo final, por razones tácticas. Lenin demostró que el fanatismo no está reñido con la flexibilidad, el famoso paso atrás. Cuando, ya en el poder, comprobó las resistencias agresivas del campesinado contra sus dictados, decretó la Nueva Política Económica que permitió durante unos años, de forma limitada, la actividad mercantil y privada. El fanatismo no es avanzar siempre hacia el objetivo, sino estar dispuesto a todo, incluso a contradecirse, para alcanzarlo.

Es una lección que debe servirnos, hoy, cien años después, para prevenir la llegada al poder de los fanáticos, enfrentarse a ellos cuando esto no resulta posible para impedir sus estropicios, y, lo que es más importante, derrotarlos en el campo de las ideas, se llamen nacionalismo, nativismo, populismo o cualquier otra cosa. El fanatismo de los Castro, en Cuba, o de Hugo Chávez, en Venezuela, o de los militares que en los años 70 creían estar en una cruzada cristiana contra el mal, puede haber tenido distintos grados e intensidades, y operado en contextos muy diferentes, pero no debemos perder de vista, como lección para el futuro, la génesis del problema.

Una segunda enseñanza tiene que ver con el contexto. Nada ayudó tanto a Lenin a triunfar como el contexto ruso. A diferencia de las democracias liberales, en las que los intentos de insurrección o captura del poder por parte del comunismo normalmente han chocado contra un contexto que los debilitaba precisamente porque esos sistemas están hechos para evitar el exceso de fanatismo, en Rusia todo jugaba en favor del fanático.

Sería laborioso pintar todo el paisaje de entonces. Basta decir que el autoritarismo y las exacciones del zar, el empobrecimiento de la sociedad y la ausencia de una sociedad civil fuerte llevaban provocando desde mediados del siglo XIX un fermento ideológico revolucionario que había pasado por distintas manifestaciones, incluida la violencia política (un hermano de Lenin, hecho crucial en la biografía y formación del futuro líder de la Revolución de Octubre, fue ahorcado por las autoridades por intentar asesinar al zar). Todo ello sufrió una exacerbación con el advenimiento de la Gran Guerra, cuya consecuencia interna fue erosión de la autoridad central y el surgimiento de una actividad revolucionaria aún mayor. En una democracia liberal que no atraviese por un estado de conmoción (como una guerra), el fanático es un ser marginal. En la Rusia de entonces, el fanático era el que ofrecía claridad, orientación, determinación, en medio del caos y el desorden.

Lo que protege, pues, a una sociedad contra el comunismo no es la violencia de signo ideológico contrario, como se ha creído durante tanto tiempo en América Latina, sino un orden político y social que permita resolver disputas razonablemente, y en el que el ejercicio del poder no sea un obstáculo para la realización personal, la diversidad y la proliferación de asociaciones voluntarias en la sociedad civil.

En la Rusia de finales del XIX y comienzos del XX, por ejemplo, los campesinos vivían, a pesar de estar agrupados en comunidades pequeñas y dispersas, bajo una interferencia del poder que no había permitido el desarrollo. Luego de la fallida revolución de 1905, el zar introdujo reformas, pero no alcanzaron al grueso del campesinado y fueron hechas con torpeza, de manera que provocaron, en ciertos sectores, rechazo por dislocar formas tradicionales de cultivo de la tierra y propiedad comunal. En las ciudades, la manufactura naciente no era el reflejo de la industria europea y capitalista, sino un proceso insuficiente que en lo inmediato había producido una "clase" trabajadora insatisfecha con muchas exigencias y disposición a la agitación política concentrada en pocas ciudades. Ese ambiente resultaba de haber impedido, durante siglos, el surgimiento de una economía moderna.

Una tercera enseñanza tiene que ver con el gran precursor de la Revolución de Octubre: el populismo. Rusia y Estados Unidos inventaron el populismo, no América Latina (ni la Europa de los 30). Los populistas -además, se llamaban así- trataron de acelerar los tiempos del marxismo, evitando, para dar el salto al socialismo, el paso por el capitalismo industrial. En la segunda mitad del siglo XIX, muchos jóvenes e intelectuales se trasladaron al campo y propugnaron el lavantamiento de los campesinos contra el zar. El movimiento, compuesto de múltiples grupos y facciones, derivó en el terrorismo contra el autócrata y su régimen, práctica a la que adhirió el hermano de Lenin. El bolchevismo, como otras corrientes de lo que se llamó en un principio "socialdemocracia", fue un hijo directo del populismo agrarista, la primera de las manifestaciones revolucionarias importantes en Rusia.

El populismo latinoamericano, que surge en la década de 1920, aunque alcanza su madurez a mediados del siglo pasado, en cierta forma ha sido un obstáculo para el comunismo, salvo en Cuba, donde los vasos comunicantes entre ambas cosas han sido significativos, y en Venezuela, donde el chavismo lo ha utilizado como transición hacia el proyecto totalitario. En otros países, en cambio, por ejemplo en México, el populismo fue en parte un antídoto, un competidor preventivo, del comunismo en la medida en que aspiraba también a modificar el estado de cosas imperante radicalmente, sacrificando la democracia liberal y a centralizar el poder político y, parcialmente, el económico. La Revolución Mexicana, que se tiñó de populismo, fue un arma eficaz para impedir en ese país la revolución comunista. En otros países, como el Perú, el populismo del Apra también acotó los espacios del comunismo.

Una enseñanza adicional, y con plena vigencia, que podemos extraer de lo ocurrido hace cien años es que el "leninismo" no murió con Lenin. Empleando las ideas del austríaco Karl Kautsky (como enfatiza bien, dicho sea de paso, Mauricio Rojas en un libro reciente sobre el líder de la revolución rusa), Lenin depositó en un grupo exclusivo de intelectuales visionarios la responsabilidad de hacer lo que los proletarios no podían, por ignorancia, hacer por sí mismos. En ese proceso, secuestró a la clase a la que, se suponía, quería liberar, haciendo del partido, ya en el poder, esa "nomenclatura" elitista que redujo el objetivo liberador de los trabajadores industriales a una ficción ideológica.

Todos los partidos del mundo, en cierta forma, adolecen de un cierto "leninismo", la tendencia a depositar en un caudillo y su gente de confianza un poder excesivo y a hacer de él no tanto una correa de transmisión social de abajo hacia arriba como una correa de transmisión del poder de arriba hacia abajo.

Conviene tener muy en cuenta esto ahora que los partidos están en crisis y que la explosión de las comunicaciones ha descentralizado la política al extremo de convertir a cada usuario de redes sociales en algo así como un partido unipersonal. Si bien la democracia sin partidos -al menos en este estadio de la evolución cultural de la especie- no es posible, porque deriva de inmediato en dictadura, también es cierto que el partido tradicional, definido según la descripción anterior, es cada vez más inviable en una sociedad en la que el individuo encuentra maneras de comunicarse con el prójimo y con el poder que no pasan por la política organizada. El "leninismo" que habita parcialmente en todo partido, incluido el más democrático, enfrenta hoy el desafío descomunal de una sociedad que pretende, quizá peligrosamente, trascender a los partidos. En ese sentido, vivimos la crisis de una forma de hacer política que en su expresión más extrema tiene su origen en la experiencia del bolchevismo.

Una reflexión final. Aunque Lenin introdujo, por razones más tácticas que de otro tipo, un limitado grado de mercantilismo en la economía comunista para evitar, mientras consolidaba su poder, la erosión de su revolución, la convicción de que había que abolir la propiedad privada era en él absoluta. Stalin, después de su muerte, se encargaría de establecer el centralismo económico definitivo. Sabemos hoy que, a la larga, la inviabilidad de la economía socialista jugó un papel en la erosión del comunismo y por tanto en su desplome, junto con el Estado comunista, en 1991.

Esto, que parece una lección positiva en favor de la economía de mercado, es un arma de doble filo porque fortalece la idea de que, si se los combina con el capitalismo, o al menos con algún grado de economía de mercado, el autoritarismo y el partido único pueden prosperar. Es lo que ha logrado hasta ahora con tanto éxito el comunismo chino y lo que intenta desde hace unos el comunismo cubano. Pero es también lo que regímenes autoritarios de derecha han tratado de hacer y siguen intentando realizar. Algunos autoritarismos de derecha que convivieron con el capitalismo, como los de Taiwán y Corea del Sur, desembocaron en la democracia, pero otros no. Esa enseñanza de la Revolución de Octubre tiene un sentido contradictorio y desafiante para la causa de la libertad.

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