Temucuicui, la comunidad que vive en alerta

Son cerca de 140 familias mapuches que residen a 4,5 kilómetros de Ercilla. Viven de la siembra y los animales. Y dicen no saber de los dichos del gobierno, de que habrían protegido al ex lautarista Carlos Gutiérrez Quiduleo.

Manuel Méndez (59) fue,  durante una década, el paramédico de la posta rural de la comunidad de Temucuicui, en la IX Región. A principios de año se comenzó a construir un nuevo y más moderno recinto asistencial y lo trasladaron a la localidad de Chacaico, pero no olvida a su gente.

“Yo iba y venía caminando, y nadie me hacía nada. Vi como muchos preferían vivir con balines de goma incrustados en la piel que ir a un hospital, porque decían que eso les resultaba más peligroso. Ese es su carácter, son buenos”, cuenta.

Su experiencia, sin embargo, contrasta con la de otros chilenos de la misma zona que no tienen libre tránsito por aquel sector. Incluso, en épocas de crisis, sus caminos amanecen obstruidos con troncos y zanjas que impiden el paso.

Temucuicui se ubica en la comuna de Ercilla. Durante más de una década ha mantenido un conflicto de tierras con la Forestal Mininco y los agricultores de la zona, en el cual han ocurrido diferentes hechos de violencia. A través de los caminos rurales, por ejemplo, hay carteles -enclavados en predios privados- que advierten: “Territorio mapuche de la comunidad Temucuicui”. En la localidad central de Ercilla, nadie opina sobre ellos.

La polémica en torno a su imagen se reactivó el 28 de noviembre. Ese día, el ministro del Interior, Andrés Chadwick, dijo que el ex lautarista Carlos Gutiérrez Quiduleo, detenido en Angol y formalizado por el asalto al banco Security, en 2007, tras el cual murió el carabinero Luis Moyano, “recibía protección  permanente en la comunidad de Temucuicui”.

Los mitos y verdades sobre este grupo se esconden tras El Pozón, un polvoriento puente de madera, de pocos metros, ubicado 4,5 kilómetros al norte de Ercilla. “Hay gente que se asusta y se devuelve, como si aquí habitara el diablo”, cuenta, riéndose, Pedro Licán (52), mientras arrea a su yunta de bueyes.

Aquel puente, muy cerca de la ruta 5 Sur, marca una frontera invisible. El lugar del que muchos, en Ercilla, ni siquiera quieren hablar. Hacia adentro, por un camino arcilloso y rodeado de arbustos “Picapica”, queda Temucuicui.

DETRAS DE LAS CORTINAS

Cerca de 140 familias forman la comunidad; es decir, apenas unas mil personas, todas dispersas a lo largo del camino, cuyo ingreso es lo más cercano a un “centro” de Temucuicui. Allí existe una ruca para las reuniones de los líderes, un inmueble para un jardín infantil  -hoy abandonado- y la escuela G-816. El paisaje lo saturan pinos y eucaliptos. Por el cielo abundan pájaros que los oriundos asimilan al mítico tue-tue y palomillas, entre otros.  

Geraldo Padilla, docente, ex alcalde y cronista de Ercilla, dice que conoce a la comunidad desde 1948: “En ese tiempo sólo había rucas. Han mejorado, pero les falta ayuda, porque también son estigmatizados. Nunca los he visto encapuchados ni haciendo actos vandálicos. Se quieren integrar”.

Las casas parecen casi todas de material ligero. La mayoría exhibe ampliaciones caseras, antenas de TV satelital y unos grandes receptáculos para agua donados por el municipio. Un camión cisterna pasa a llenarlos día por medio. Es uno de los pocos vehículos externos a la comunidad que transita por esa zona. El otro es el bus escolar, también municipal.

Conforme se avanza por Temucuicui, se escuchan silbidos. Tras las ventanas se ve a personas atisbando a los foráneos  y otras, derechamente, salen a pedir que se identifiquen. Si a uno de los dirigentes una visita no le parece adecuada, a veces le solicita a ésta que se retire del lugar. La comunidad entera parece vivir en alerta. 

Producto de disputas internas, la comunidad está dividida en dos: la tradicional y la autónoma, cada una con su lonko -líder- y su werkén -vocero-. Dos kilómetros al norte, en un cerro, vive Juan Catrillanca (63), lonko de la primera. Allí trasquila ovejas, mantiene una siembra y cuida cerdos y gallinas. “Aquí no escondemos a nadie, no conozco a ese Quiduleo; nosotros queremos paz, sólo nos defendemos cuando nos agreden”, dice, sin especificar cómo, este padre de seis hijos. También agrega que la comunidad completa posee cerca de 2.550 hectáreas.

CEBOLLINES Y CILANTROS

A la entrada de Temucuicui viven Luz Curamil (59) y sus siete hijos, repartidos en las casas aledañas. “Este es mi trabajo de todos los días, en cuatro patas”, rezonga alegre, sacando cebollines, cilantro y papas de su pequeño huerto. La mata de cilantro se la pagan a $250 en Ercilla. El agua la obtiene de un pozo y la luz le cuesta $25.000 mensuales.

Aunque se ven autos viejos y una que otra 4×4, los más jóvenes pasan a caballo. La mayoría de botas y ropa estilo militar.

“Tenemos animales y vivimos de eso. Un chancho lo comemos o lo vendemos a $1.000 el kilo. Las chacras y la madera también dan”, dice  Jorge Queipul (84), otro comunero. Y todos fruncen el ceño cuando se les pregunta por la policía. Ninguno dice conocer a Carlos Gutiérrez. Sólo cuentan que “al parecer era de otra comunidad”, la Collico, que queda a 1,7 kilómetros de allí. Consultado Carabineros, la institución no informó si aquí hay controles preventivos, como en cualquier otro lugar, ni su frecuencia.

El último incidente cercano a Temucuicui ocurrió en agosto, a 1,4 kilómetros de Ercilla, en la ruta 5, frente a Chamichaco. Allí, dos camiones fueron quemados por encapuchados. En cuanto a la comunidad misma, el enfrentamiento más reciente con Carabineros sucedió en octubre, cuando Fuerzas Especiales desalojaron a un grupo de comuneros del fundo La Romana. 

Pero de eso nadie quiere opinar. En un camino hacia otro cerro vive Jorge Huenchullán (36), werkén de la Temucuicui autónoma, junto a su esposa y al menor de sus cuatro hijos. Allí siembra sus 14 hectáreas. Esta semana la dedicó a poner un cerco de madera, en su terreno: “Esto lo recuperamos de la Forestal Mininco, pero es nuestro, de mi pueblo. Por lo mismo, yo jamás voy a pagar ninguna cuenta de luz -apunta a un poste con tendido eléctrico que llega hasta su casa-. Eso lo sacan del Alto Biobío a los pehuenches y es nuestro”.

Sobre la detención de Gutiérrez Quiduleo es claro: “A mí me han acusado de todo y siempre he sido declarado inocente, porque  nos inventan mentiras. No tenemos vínculos con grupos armados. Si de verdad tuviéramos armas e instrucción paramilitar, te aseguro que la historia sería diferente. La violencia es policial, no nuestra. No somos asaltadores de bancos. Luchamos por derechos ancestrales de nuestro pueblo”.

La tensión hace mella. Ignacio Queipul, otro comunero, sostiene que “aquí el miedo se refleja en los niños. Cuando sienten un helicóptero o ven una luz roja se esconden debajo de la cama”.

El alcalde de Ercilla, José Vilugrón, se desmarca de cualquier problema de seguridad. “Eso es tema de la policía y la justicia, nosotros sólo nos enfocamos en ayudar a la gente, por eso aquí vienen los lonkos y werkenes”. Agrega que “este año los asistimos en un proyecto de tres pozos de agua para 40 familias, por $530 millones, con recursos de la Subdere. Inauguraremos la nueva posta y a través de un programa PDTI se les entregó maquinaria agrícola por $30 millones, como tractor, rastras y sembradoras”.

En Temucuicui nadie habla de fútbol. Ni de teleseries ni del mundial. El discurso de cada familia es por su derecho a la tierra. Así se acuestan. Y así despiertan.

Seguir leyendo