Amor propio I



Por Joaquín Trujillo, Centro de Estudios Públicos

La etapa soberanista que se está abriendo en Chile es muy delicada. En ese contexto, todas las analogías de la historia comparada pueden sernos útiles, no vaya a ser que por creernos únicos e irrepetibles, como en una tragedia griega, los hechos sigan hablando por sí solos. La historia es una diosa de comportamiento ambiguo: devora a sus fanáticos, pero también a quienes la desprecian. No es celosa, pues como madre de todas las Ciencias, incluye muchas otras diosas en su templo. Ojo: la historia es el laberinto de toda aquella realidad que alguna vez superó la ficción. Por eso, quienes la estudian a conciencia, o sea, apasionadamente, jamás quedan perplejos, no hay para ellos nada que sea rigurosamente inédito y, por lo tanto, nada para lo que no haya, si se piensa e investiga bien, alguna forma de solución. Porque la historia también se define como una manera no trágica de mirar el mundo, una que dejó atrás el inconsciente optimismo de la épica, es decir, de la guerra ganada, pero también el pesimismo de la fatalidad, o sea, el de la guerra perdida.

Las épocas de paz olvidan mucho y por eso mismo incuban guerras civiles o internacionales: hasta se olvidan de que no hay que olvidar tanto, de que basta con deshacerse de lo justo y necesario para no enloquecer. El amor propio es un caso muy interesante, uno en el cual la belleza aparece frente a su propio objeto sin las heridas ni las arrugas ineludibles de la existencia. Un día, pasada la tormenta, la calma de las aguas las convierte en un espejo, el pueblo por fin puede admirarse a sí mismo y, ¡sorpresa!, se encuentra hermoso, se siente engañado (porque le habían dicho que era feo), ahora es hermoso y furioso, ha recobrado su dignidad, su orgullo y hasta la soberanía… que muchas veces es su maldad. La tormenta nos visita nuevamente.

Sucedió con Alemania. En el siglo XVII las potencias europeas la transformaron en el sitio eriazo de todos sus enfrentamientos, disponibilidad que se conoce como Guerra de Treinta Años. En el siglo XVIII, los jóvenes aristócratas que viajaban a Italia para educarse, debían eludir pasar por ella si no querían deseducarse. En el siglo XIX Alemania comenzó a surgir. Se unificó, se industrializó, se repletó de grandes filósofos, científicos, músicos, poetas, emprendedores. El romanticismo, como explicó Safranski, enseñó a los jóvenes de esa época a sentirse a sí mismos. Los judíos, que habían sido maltratados en toda Europa, lograron florecer en esa Alemania tolerante. Mendelsohn y Heine son los nombres de esa feliz unión. Pero… el acomplejamiento pudo más, y el exceso de amor propio, que tanto se parece al odio, hizo de Alemania un lugar propicio para la más repugnante anticultura de la soberanía nacional, el nazismo, que exterminó a millones de judíos alemanes, autores de buena parte de su esplendor.

El amor a los otros como a sí mismo es una dialéctica en la cual se puede, al menos, respetar a ese otro si antes nos respetamos a nosotros mismos.

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