Por Daniel ZovattoArrancó la campaña electoral en Brasil: Lula es favorito, pero no un vencedor seguro

Por Daniel Zovatto, director y editor de Radar LATAM 360.
Brasil ingresó el pasado domingo 16 de agosto, formalmente, en campaña y lo ha hecho mirando simultáneamente hacia el pasado y hacia el futuro.
Luiz Inácio Lula da Silva regresó a São Bernardo do Campo, San Pablo, cuna de su trayectoria sindical y política. Flávio Bolsonaro eligió Copacabana, Río de Janeiro, escenario emblemático de las movilizaciones encabezadas por su padre.
Los lugares no fueron detalles escenográficos: resumieron las identidades, los relatos y las estrategias de dos candidaturas que vuelven a dividir al país entre el lulismo y el bolsonarismo.
Pero detrás de esta aparente repetición se esconde una elección diferente, más incierta y posiblemente más trascendental.
Lula y la defensa de la soberanía nacional
El presidente Lula —busca su reelección y el cuarto mandato no consecutivo—, comienza como favorito, aunque está lejos de poder considerarse un vencedor seguro.
El lanzamiento del candidato oficialista, bajo el lema “Brasil listo para más”, fue una combinación de memoria, continuidad y reivindicación personal. Ante la militancia reunida en el estadio de Vila Euclides, el presidente recordó sus orígenes obreros, su participación en las luchas sindicales y las principales realizaciones de sus gobiernos. Su propósito fue claro: reconectar emocionalmente con su base, transmitir la idea de que todavía representa a los sectores populares y pedir que su gestión sea comparada con la del expresidente Jair Bolsonaro, con arresto domiciliario y con una condena de 27 años, por su participación en el intento fallido de golpe de Estado del 8 de enero de 2023.

Sin embargo, la mirada de Lula no se limitó al retrovisor. Aunque anunció que presentará su programa completo dentro de 15 días, adelantó varias de sus prioridades. La más importante fue la defensa de la soberanía nacional, entendida como la capacidad de Brasil para decidir autónomamente su rumbo político, económico y diplomático frente a las presiones externas.
Este eje adquiere especial relevancia en un contexto internacional marcado por el regreso de la geopolítica de las grandes potencias, la competencia por los recursos críticos y las tensiones con la Administración de Donald Trump.
Para Lula, la soberanía no es solo una consigna diplomática: implica controlar los recursos estratégicos del país, reconstruir su capacidad industrial y evitar que Brasil quede reducido a la condición de proveedor de materias primas.
Por eso prometió garantizar que la explotación de las tierras raras y otros minerales estratégicos beneficie prioritariamente a la población brasileña. Su apuesta consiste en vincular esos recursos con la reindustrialización, la innovación tecnológica, la generación de empleos de calidad y una mayor autonomía productiva. Brasil no debería limitarse a extraer y exportar los minerales que requiere la nueva economía mundial, sino utilizarlos para ascender en las cadenas globales de valor.
Lula también anunció la creación de un Ministerio de Seguridad Pública, con el objetivo de fortalecer la coordinación federal en la lucha contra el crimen organizado.
Prometió ampliar la educación pública de tiempo integral, continuar invirtiendo en universidades e institutos federales, combatir la violencia contra las mujeres y profundizar las políticas sociales.
Reivindicó, además, la exención del impuesto sobre la renta para quienes perciben hasta 5.000 reales mensuales.
Su oferta electoral podría resumirse en la fórmula “continuidad con soberanía”: fuerte presencia del Estado, más protección social, más educación, más industria y mayor autonomía frente al exterior. Lula busca convencer a los brasileños de que su experiencia, su trayectoria y los resultados de sus gobiernos justifican concederle un nuevo mandato.
Flavio Bolsonaro y su promesa de mano dura
Flávio Bolsonaro ofreció una propuesta radicalmente distinta. Su acto en Copacabana estuvo dominado por la figura ausente, pero omnipresente de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro. El hijo se presentó como heredero político de su padre, apeló a los valores de Dios, patria y familia y procuró transformar la candidatura en un vehículo para mantener unido al movimiento bolsonarista. Su estrategia consiste en presentarse simultáneamente como continuador de Bolsonaro y como figura capaz de conducir esa identidad hacia una nueva etapa.
Su prioridad central fue la seguridad pública. Flávio reinterpretó el concepto de soberanía en clave interna: un país, sostuvo, no puede considerarse soberano si existen territorios dominados por organizaciones criminales. Prometió clasificar al Primer Comando de la Capital, al Comando Vermelho y a las milicias como organizaciones terroristas; establecer una pena mínima de ocho años para el robo de celulares; reducir la edad de responsabilidad penal y endurecer severamente las penas por violencia contra las mujeres, abuso sexual y violación.
En materia económica anunció un gran programa de recortes de impuestos, burocracia, corrupción y cargos políticos vinculados al Partido de los Trabajadores (PT). Prometió ordenar las cuentas públicas, “sacar a Brasil del rojo”, reducir el endeudamiento de las familias, estimular al sector productivo y generar más empleos para los jóvenes.

Su plataforma también incluye la creación del programa “Mi primera empresa”; vales para que las madres sin acceso a una guardería pública puedan recurrir a una privada; una reforma del currículo escolar orientada hacia conocimientos y capacidades laborales; alianzas entre universidades y empresas para invertir en investigación, tecnología e inteligencia artificial; la creación de un registro sanitario electrónico unificado, y la actualización de los pagos del Sistema Único de Salud.
La diferencia entre ambos proyectos comienza así a perfilarse con nitidez.
Lula ofrece un Estado activo como instrumento de desarrollo, protección social y soberanía económica.
Flávio propone un Estado más pequeño en lo económico, más severo en materia de seguridad y enfrentado con lo que denomina el “sistema”.
Lula presenta la elección como una decisión entre continuar avanzando o retroceder al bolsonarismo.
Flávio la plantea como una disyuntiva entre la prosperidad y la decadencia atribuida al PT.
Los sondeos de opinión
La medición más reciente de BTG/Nexus, divulgada el 17 de agosto, sitúa a Lula al frente de la primera vuelta — se disputará el 4 de octubre— con el 41% de la intención de voto, seguido por Flávio Bolsonaro con el 36%. Mucho más atrás aparecen Ronaldo Caiado, con el 5%; Renan Santos y Romeu Zema, con el 4% cada uno; y Samara Martins y Augusto Cury, con el 1%.
La ventaja de cinco puntos le otorga a Lula una posición favorable, pero no decisiva. Ambos candidatos crecieron un punto respecto de la medición anterior, por lo que la distancia se mantuvo sin cambios.
En la pregunta espontánea, Lula alcanza el 38% y Flávio el 29%, mientras que los indecisos disminuyeron del 19% al 17%.
El verdadero dato de alerta para Lula aparece en la segunda vuelta —prevista para el 25 de octubre—; un balotaje que mi opinión será necesario, como ya nos tiene acostumbrados Brasil, para definir la presidencia.
En un enfrentamiento directo, Lula obtiene el 47% y Flávio Bolsonaro el 44%. Con un margen de error de dos puntos porcentuales, se trata de un empate técnico.
La mayoría de las últimas mediciones coincide en el diagnóstico: Lula mantiene una ventaja consistente en la primera vuelta, pero esta se reduce considerablemente en el balotaje.
Otro dato confirma la rigidez de la polarización: el 78% de quienes ya eligieron candidato asegura que no cambiará su voto. La fidelidad alcanza el 86% entre los electores de Lula y el 82% entre los de Flávio. La disputa comienza, por tanto, con dos bloques muy consolidados y con un espacio cada vez más estrecho para persuadir a los indecisos y atraer a los votantes de las candidaturas menores.
Resumiendo: Lula sigue siendo el favorito porque lidera la primera vuelta, cuenta con la maquinaria del Gobierno y conserva una identificación profunda con amplios sectores populares. Pero no es un vencedor seguro porque enfrenta una economía de crecimiento débil, tasas de interés elevadas, malestar social y un electorado profundamente dividido.
Si la campaña termina convirtiéndose en un plebiscito sobre su gestión, la ventaja inicial podría resultar insuficiente.
Flávio, por su parte, ya ha logrado reunir una parte considerable del voto bolsonarista. Su desafío es trascenderlo. Para ganar deberá reducir su rechazo, construir credenciales propias y convencer a los sectores moderados de que no representa solamente la continuidad de una dinastía política y de una confrontación permanente con las instituciones.
Reflexión final
Quien gane encontrará, además, un poder presidencial más condicionado que en el pasado. El próximo mandatario deberá enfrentar no solo el bajo crecimiento, los altos tipos de interés y una sociedad polarizada, sino también un Congreso con un poder desmedido, decidido a conservar el control acumulado sobre el presupuesto, la agenda legislativa y la distribución de recursos. La elección definirá quién ocupará el Palacio de Planalto, pero no resolverá automáticamente quién ejercerá el poder efectivo en Brasilia.
Ese será uno de los dilemas centrales del próximo mandato. El futuro presidente tendrá que gobernar negociando de manera permanente con un Congreso fragmentado, pragmático y fortalecido, que intentará mantener al Ejecutivo débil, dependiente y disciplinado. Sin una coalición sólida, cualquier promesa —desde la reindustrialización de Lula hasta el tesouraço de Flávio— podría naufragar antes de convertirse en política pública.
La campaña apenas comienza, pero sus líneas principales ya están trazadas: soberanía frente a alineamiento; Estado desarrollista frente a liberalización económica; protección social frente a ajuste; seguridad coordinada desde el Gobierno federal frente a una política de mano dura; continuidad frente a ruptura.
Brasil elegirá mucho más que un presidente. Elegirá qué entiende por soberanía, cuál debe ser el papel del Estado y cómo responder al deterioro de la seguridad, al estancamiento económico y a la creciente presión internacional. También decidirá si el próximo mandatario tendrá la fuerza suficiente para conducir el país o quedará reducido a administrar un poder tutelado por el Congreso.
Lula ha arrancado en primer lugar, pero la línea de llegada todavía está lejos. En un país partido casi por mitades, cinco puntos en la primera vuelta pueden parecer una ventaja; tres puntos en el balotaje son apenas una advertencia. El favorito tiene la iniciativa, no la victoria. Y cuando Brasil finalmente decida, el impacto no se detendrá en sus fronteras: el gigante latinoamericano no se mueve sin alterar el equilibrio político de todo el continente.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE


















