Austeridad equivocada vs. mirada de largo plazo



Por Carlos J. García, académico Facultad de Economía, Universidad Alberto Hurtado

Una de las cifras más dramáticas que he revisado en los últimos meses es la de los niveles de productividad laboral entre países. Si se compara el nivel de Chile con otras economías pequeñas y abiertas como Australia, Canadá, Nueva Zelanda y República Checa, estos países son entre un 50% y 100% más productivos que el nuestro en los últimos veinte años. En términos simples, en promedio un trabajador en esos países produce por lo menos un 50% más que un trabajador chileno. Más capital físico y humano explican esta diferencia, según nuestras teorías de crecimiento económico.

Este magro resultado es producto de nuestro modelo económico y de las pobres políticas públicas implementadas. Si bien el modelo logró tasas de crecimiento importantes del PIB en la última década del siglo pasado -producto de una serie de reformas promercado- la realidad es que la fuerza del modelo se ha ido agotando. El crecimiento trimestral de la inversión es cada vez más bajo y no se observan cambios sustanciales en la calidad del capital humano. Después de la recuperación de este año, en los próximos dos las tasas de crecimiento volverán a ser menores de 2%.

El futuro se avizora muy poco auspicioso por dos elementos que cambiarán nuestra realidad en forma dramática y permanente: la robotización y el cambio climático. La irrupción del trabajo robótico en el mediano plazo probablemente deje aún más atrás a nuestra fuerza laboral y el cambio climático alterará las ventajas comparativas del país, además de la crisis humanitaria asociada a este fenómeno.

Considerando este contexto, no es momento para una austeridad mal entendida en el gasto del gobierno. En nuestra cultura, la característica de ser austero es una cualidad en contraposición a ser despilfarrador y la acumulación de deuda es vista como una actitud irresponsable. Sin embargo, los desafíos requieren que repensemos en cómo y en cuánto gasta el gobierno. Reducir en forma dramática este gasto sería un error fatal, pero seguir manteniendo su composición, básicamente asistencialista, también. Es momento de pensar en la inversión pública en dos áreas claves: infraestructura y capital humano especializado.

No se trata de sustituir al mercado, como es una expansión mal pensada del gobierno, y que la evidencia ha demostrado que inhibe el crecimiento, Jean-Marc Fournier y Åsa Johansson, 2016, The effect of the size and the mix of public spending on growth and inequality, Economics department working paper No. 1344, OCDE. Sino producir revoluciones en dos áreas complementarias al mercado, que nos permitan estabilizar no solo la economía sino también nuestra democracia, como lo muestra la misma evidencia antes señalada. Remarco que debe ser una revolución, y no reformas parciales e incompletas del pasado. Esta vez la mezquindad en los recursos será fatal.

Al respecto, el gasto del gobierno en términos del PIB en Chile está, por lo menos, siete puntos porcentuales por debajo de algunos de los países antes mencionados, y esta sería una meta para alcanzar rápidamente en los próximos años en términos de nueva inversión pública. Financiada, primero, con deuda externa, considerando que las tasas de interés externas se mantendrán bajas por las condiciones de baja productividad y natalidad en los países desarrollados, y luego con mayores impuestos, en la medida que recuperemos nuestro crecimiento extraviado.

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