Chile envejece: ¿y quién se hará cargo?
Según la Octava Encuesta Nacional sobre Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores en Chile, un 56,7% atribuye a la familia la principal responsabilidad por el bienestar de sus mayores, pero la mitad de la población anticipa que ese apoyo será cada vez menor.
Cuando uno se pregunta quién debe velar por el bienestar de las personas mayores, en Chile la respuesta es contundente: para un 56,7%, la familia. Lo llamativo es que quienes dan esta respuesta duden de que funcione a futuro, solo un 50,8% cree que las próximas generaciones contarán cada vez menos con ese apoyo. Son datos de la Octava Encuesta Nacional sobre Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores en Chile, aplicada en 2025.
Seguimos esperando de la familia lo que cada vez le resulta más difícil dar. Según la Casen 2024, uno de cada cuatro hogares de personas de 65 a 79 años es unipersonal, y más de un tercio entre quienes tienen 80 o más. Y se tienen menos hijos.
Al mismo tiempo, la longevidad prolonga el tiempo en que se necesitará apoyo, mientras la red que debía brindarlo se estrecha aceleradamente. A la familia se le sigue pidiendo aquello de lo que hoy dispone menos: tiempo, recursos y personas cuidadoras.
La edad marca una diferencia. Entre los 18 y 25 años, un 36,4% prevé menos apoyo familiar; entre las personas de 60 o más, sube a un 57,5%. Quienes más confían en el apoyo familiar son los más jóvenes, que todavía no cuidan a nadie.
El problema, además, se aborda por partes. La Comisión Asesora Presidencial “Plan Chile Renace” se propone remover las barreras de cuidado que actualmente desalientan la natalidad, pero el cuidado al otro extremo de la vida no figura en su agenda. Los cambios en la natalidad y el envejecimiento se observan por separado, aunque sean dos caras de un mismo proceso social.
Si la familia ya no puede ser la principal fuente de cuidados, ¿cada cual tendrá que prepararse por su cuenta? En parte ya ocurre. En la encuesta, las personas declaran hacerlo con actividad física (44,4%) y alimentación saludable (41,9%), pero bastante menos con ahorro voluntario (24,8%) o cultivando una red de amistades (20,4%). Cuidamos el cuerpo, pero el sustento y los vínculos, que la familia solía asegurar, quedan atrás.
Tampoco se ve quién podría ocupar el lugar vacante, solo un 9,6% atribuye la responsabilidad a las iniciativas de las propias personas mayores y un 27,7% a políticos y gobernantes. Ese 9,6% merece atención: el autocuidado casi no aparece como una vía para envejecer mejor.
En rigor, el lugar no queda del todo vacío. Quien puede, delega el cuidado en otras mujeres, muchas veces migrantes y en condiciones precarias. La desigualdad no se resuelve, se redistribuye entre ellas.
El resultado es un vacío de responsabilidad. La crisis de cuidados suele describirse como el desajuste entre una demanda que crece con el envejecimiento y la capacidad de las familias y del Estado para atenderla. La cara menos visible es que la responsabilidad circula sin encontrar dónde detenerse.
Ahí está el punto ciego. “La familia” es una respuesta que tranquiliza mientras se la pronuncie, así la pregunta parece resuelta. Pero ya no tiene la credibilidad de antes.
Quizás el primer paso no sea encontrar un nuevo responsable, sino admitir que la respuesta de siempre ya no responde: la familia sigue estando ahí, pero no puede sola. Un fenómeno de esta magnitud no se resuelve con programas dispersos: exige que políticos y gobernantes asuman una responsabilidad que hoy pocos les atribuyen y que ninguna familia puede sustituir. Solo entonces podrá plantearse en serio la pregunta de quién se hará cargo.
Por Daniela Thumala-Dockendorff y Marcelo Arnold-Cathalifau, académicos de la Universidad de Chile.
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