Columna de Álvaro Ortúzar: Nuestro incombustible cinismo



¿En qué parte comienza la cadena de recomendaciones para acceder a un cargo? Probablemente, sea interminable: al Presidente le recomiendan a alguien como ministro, éste habla con el ministro del lado para que fulano sea subsecretario, o quizás embajador, el de más allá pide que un conocido acepte a su yerno en su empresa, aquel es amigo de un funcionario que le ayudará a postular al escalafón público. En estos casos, no es condición para el puesto que el beneficiado deba bregar con su dignidad para rebajarse a pedir, porque en general los cargos se ganan con méritos propios.

Pero para ser juez la situación es diferente. En su caso es indispensable -conditio sine qua non- que el postulante deba darse a conocer a la autoridad de quien depende su ascenso. La razón es que los jueces, salvo excepciones, son por definición personas aisladas de la sociedad. No es exageración, pues sus cargos se ejercen en la soledad de sus salas de trabajo o en sus casas, o en la universidad en que algunos imparten docencia; pero no hablan de los casos que conocen y menos de las sentencias que dictan, no opinan de política, no escriben a los diarios ni dan entrevistas acerca de contingencias judiciales, ni son vistos en clubes o manifestaciones. Por cierto, no ascienden sino cuando su nombre llega a oídos de quien tiene el poder para designarlos o destacar sus méritos. No es de extrañar que cuando por alguna circunstancia se conocen los mensajes con que se han comunicado interesados y mediadores, aparezca un corrupto, uno que alimenta sus propias ambiciones ofreciendo mucho más que lo que se le ha solicitado, creando para sí fama de poderoso e influyente, al acecho de la oportunidad para cobrar favores. Por desgracia, algunos jueces han caído en sus manos. El trato afable, familiar, cercano de las comunicaciones que, bien seleccionadas por investigadores notablemente bien informados de la vida privada, llegan a la opinión pública, transforma la necesidad de que su nombre alcance el escritorio de una autoridad en un contubernio oscuro y corrupto. Tontamente, la ingenuidad de quienes no hacen del tráfico de influencias su profesión les acarrea el peor de los daños.

Sin embargo, más allá de las acusaciones, que son esporádicas, el sistema sigue y seguirá. Todos pedimos favores y los hacemos. Todos tenemos o hemos tenido algún contacto que nos ayude a mejorar nuestra situación. Todos escondemos que, en alguna parte de nuestra posición, recibimos un empujón, quizás hasta hemos rogado o dejado entrever que agradecemos el favor. El sistema de nombramientos fue creado para que se mueva en el silencio. Por ello, enjuiciaremos a un juez que no podía darse a conocer sino a través de alguien que pudiera recomendarlo. En suma, seguiremos siendo incombustiblemente cínicos.

Por Álvaro Ortúzar, abogado

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