Columna de Ascanio Cavallo: ¿Y la centroizquierda? La encrucijada

La centroizquierda en su laberinto.



La centroizquierda llega a estas elecciones en lo que quizás sea el fin de una profunda crisis de identidad, la más dura de su no muy larga historia. Puestos a jugar a los simbolismos, ni siquiera llega con un nombre o, mejor dicho, conserva un nombre puramente funcional, operativo, que fue inventado para otra situación. Ese momento era el plebiscito de octubre pasado y el nombre de Unidad Constituyente expresaba la aspiración de reunir a todos los que se reconocieran en la oposición a Piñera.

No tiene el denso contenido de la Concertación (“traer a identidad de fines cosas diversas”) ni el ambicioso alcance de la Nueva Mayoría. Se centra en el eje constituyente, a pesar de que concurrirá a otro tipo de elecciones -gobernadores, alcaldes y concejales- bajo paraguas similares (“Unidad por el Apruebo”, “Unidos por la Dignidad”).

La paradoja es que del esfuerzo fallido por la unidad ha resultado algo distinto: una especie de autoemplazamiento para probar si la centroizquierda existe más allá de su sentimiento de crítica, o de derrota, según como se mire. La centroizquierda llevó su primer proyecto por 20 años, un segundo experimento por otros cuatro y luego ha estado al borde de la disolución como resultado de la catastrófica elección presidencial de 2017. Ahora enfrenta al desafío a su existencia con nuevos aliados y esos nombres que suenan provisorios.

A diferencia de otras latitudes, la centroizquierda chilena se ha configurado con la convergencia entre el socialcristianismo (el “centro”) y la socialdemocracia (la “izquierda”), una idea que hunde sus raíces en la década del 50, pero que resultó inviable hasta que se necesitó derrotar a una dictadura. La alternancia en las hegemonías de estos grupos ha dado el sistema de marchas a la coalición.

Una clave de estas elecciones es cuánto del centro necesita esta parte de la izquierda, que ahora se atormenta con el apellido de socialdemócrata. Durante algunos de los meses posteriores a la disrupción del 18-O, esa izquierda, y en especial el PS, mostró cierta impaciencia por desembarazarse de la DC, pero la DC maniobró exitosamente para mantenerse pegada. Y entonces vino el campanazo de las primarias para gobernadores, donde la DC mostró una musculatura bastante superior al PS y al PPD. De allí salió la tesis de que estos dos partidos no deben competir separados en la primaria presidencial. La otra mitad de la tesis es que tampoco pueden echar a la DC sin que se arruinen las perspectivas de ofrecer gobernabilidad. En esas arenas movedizas se ha pasado la coalición en los últimos 20 meses.

¿Qué le pasó a la centroizquierda? Las interpretaciones sobreabundan. Pero parece que, en lo esencial, perdió la capacidad (o la fuerza, o la imaginación) para representar a la mayoría social que ella misma creó durante sus gobiernos, esa enorme clase media que va desde quienes dejaron la pobreza hasta los que mejoraron sus estándares de vida sin llegar a ser ricos. Clase media suele ser una mala palabra, pero con ella se autodescribe la mayoría del Chile actual. La centroizquierda siente que esta clase media no le resultó perfecta. No la ve como un Adonis proporcionado y vigoroso, sino como si fuera un pequeño Frankenstein, con furúnculos y tornillos, ofendido y malhumorado, y sobre todo vengativo.

Y de eso se ha distanciado, con más culpa que afecto, con más miedo que pena.

Desde el punto de vista de las ideas, la centroizquierda fue culturalmente derrotada por la acusación de que sólo condujo el continuismo del modelo económico de la dictadura, a pesar de la temprana advertencia de Ernesto Ottone de que “no se ha hecho justicia teórica” a las transformaciones de sus cuatro gobiernos iniciales.

Y fue derrotada psicológicamente al aceptar que se le endosaran las frustraciones que el propio proceso de cambios producía y le imputaran el gradualismo como acusación, cuando es parte de su naturaleza. Le ha costado una inmensidad refutar a la izquierda “dura”, que la culpa del estado de las cosas presentes, omitiendo (necesariamente) el pasado. El clímax de ese fracaso fue no dar cabida al fenómeno de posible revitalización que después se llamó Frente Amplio, formado en una proporción enorme por sus propios hijos, reales o figurados.

La centroizquierda ha vivido siempre con una tensión acerca de la velocidad de los cambios, entre la parsimonia y la urgencia, en ambos casos en nombre de la responsabilidad. Pudo administrar esa tensión en forma creativa, sin amenazarse mutuamente. Pero fue perdiendo los estribos en el ejercicio del poder: eso es lo que llaman “desgaste”, que casi siempre se refiere a un cierto grado de corrupción y a la acción incesante de los operadores para capturar el aparato del Estado. Ese costo, llamémoslo colateral, gangrenó la vida de los partidos.

Lo que se soslaya, sin embargo, es que la centroizquierda articula el sistema de partidos en Chile. Tanto lo que está a su izquierda como a su derecha funcionan en reacción a este sector, con la meta constante de devorarle los flancos hasta que desaparezca. Dado que los partidos son dispositivos esenciales para la democracia -aunque atraviesen una fase de mala prensa-, la crisis de la centroizquierda también implica la tembladera en el sistema.

Por último, la centroizquierda tampoco ha tenido la fuerza intelectual para refutar la imagen de que el 18-O fue una insurrección contra Piñera y también contra su gestión histórica (los “30 años”). Esa imputación es compleja, como todo lo que resuena con algo de veracidad.

El Chile del 2021 es una creación de la centroizquierda, lo que sea que eso signifique. De esa gestión nacen sus luces y sus sombras, su bienestar y su malestar, su transformación objetiva y su frustración subjetiva. Sus líderes principales, Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet, nunca se mostraron satisfechos, pero no por pesadumbre, sino por la sencilla constatación de que ningún proyecto político está nunca completo, siempre es infinito.

Dicho esto, también es cierto que la centroizquierda tiene una inclinación pesarosa, hamletiana, antiprogresista, que Lévi-Strauss llamaba “el humanismo exasperado”. A ese gen suyo le disgustan el crecimiento, la productividad, el emprendimiento. Es su costilla pastoralista, mejor equipada para sentir las agresiones que las tensiones musculares del cambio social. Necesita este costado: de otro modo, se vuelve pura complacencia. Pero el populismo siempre le ganará la mano en ese campo, porque el “Estado de bienestar” parece una cosa muy modesta al lado del Estado gordo y repartidor, apoltronado pero dadivoso.

El radicalismo político, de cualquier signo, suele pensar de esa manera: el cielo está a la vuelta de la esquina, es cosa de torcerles el pescuezo a los que se cruzan en el camino. Nada de dudar.

Con esos mensajes ha funcionado una gran proporción de las campañas para estas elecciones. La centroizquierda se siente cercada por ellos y atormentada porque sus perspectivas presidenciales siguen resonando poco. Sin embargo, es este fin de semana cuando parte la carrera de verdad, y nadie debería extrañarse de que los resultados no sean tan concluyentes como se cree.

El problema del Chile del 2022 tiene un solo nombre: gobernabilidad. Si la centroizquierda no conserva en estas elecciones su eminencia como la principal alternativa a la derecha, estará en un problema realmente serio. Pero si lo logra, lo que le queda -como a todo el resto de los políticos- es construir una idea de cómo se puede gobernar al Chile descontento, inseguro, inestable, empobrecido, que se divisa en el futuro cercano.

Es bien probable que esta década del 20 sea el período más importante del siglo XXI.

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