Columna de Gabriel Zaliasnik: Descenso al Maelström



Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Facultad de Derecho, U. de Chile

Un cuento de Edgar Allan Poe se refiere al Maelström, un vórtice o remolino gigante de agua en los mares nórdicos. En él, un anciano pescador narra -sentado en un despeñadero- como sobrevivió a éste. Como en todas las obras de Poe, se percibe un ambiente amenazador e intranquilizante.

En nuestro país, el proceso constituyente de la mano del errático inicio de gobierno del Presidente Boric, parecen succionarnos hacia un remolino similar. Contribuye a ello la ministra del Interior Siches, cuyas actuaciones desnudaron lo que ya se vislumbraba en sus críticas durante la pandemia: su absoluta falta de rigor y preparación. A esto se suma el espiral inflacionario que no da tregua, atribuible en buena medida a la política de retiros de fondos de pensión impulsada por los liderazgos del actual gobierno cuando eran oposición.

En paralelo al débil gobierno, la Convención Constitucional sigue al pie de la letra las palabras del alcalde Daniel Jadue, quien en un foro en Venezuela, junto con abrazar la dictadura de Maduro, hizo un llamado a “desinstitucionalizar” el país. Son estas pulsiones totalitarias las que explican un conjunto de nuevas normas tendientes a manipular los tribunales de justicia y suprimir cualquier contrapeso democrático. La eliminación del Senado y la aprobación de la reelección presidencial inmediata -y porque no, a futuro indefinida- son pasos concretos en nuestra chavizacion. La hoja de ruta para de facto terminar con la República está a la vista. Con el fuerte impulso indigenista controlado por el eje comunista de la Convención, se articula un régimen político y social que solo proyecta mala fe. Abolir el Senado, conservando el régimen presidencial será fuente de experimentos populistas o, en el mejor de los casos, fuente de ingobernabilidad sistémica como en Perú. En concreto, seremos un país más pobre, menos unido, más ingobernable, menos igual, sin un verdadero estado de derecho, sin orden público. En síntesis, un Estado inevitablemente fallido.

Por lo mismo, para sobrevivir a este remolino político que quiere fragmentar la sociedad con conceptos como la plurinacionalidad, y exacerbar los estados de ánimo de los ciudadanos polarizando el debate público, solo cabe -como en el cuento de Poe- enfrentarlo. Si bien es cierto que en tiempos de comunicación afectiva, la racionalidad se ve desplazada, no es opción rehuir el debate. La cultura de la cancelación, esa violencia estridente que busca impedir la difusión de las ideas ajenas con prácticas propias de la Inquisición, no debe amedrentarnos.

El despotismo constituyente es expresión de mediocres actores que sueñan con perpetuarse en bronce y mármol, olvidando el sentido común de la ciudadanía. La última encuesta de Espacio Público así lo refleja. Solo un 16% evalúa positivamente las normas ya aprobadas en la Convención Constitucional.

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