Columna de Gonzalo Cordero: Democracia de los (des)acuerdos

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO



Octavio Paz sostenía que una gran diferencia entre Estados Unidos y América Latina es que norteamérica fue colonizada por anglosajones imbuidos de la Reforma y nosotros, en cambio, por España en el momento que la Contrarreforma dominaba esa sociedad. La principal consecuencia de esto, es que el conquistador protestante llevó al país del norte a la modernidad, mientras que el español nos alejó de ella.

A partir de ahí América Latina nunca ha terminado de encarnar las instituciones que llevaron a Occidente a su liderazgo en este periodo de la historia. Temas como la democracia, la economía libre y, en general, las libertades individuales siguen siendo objeto de disputa respecto de su contenido esencial, virtudes y límites. Recelamos casi por igual del capitalismo y de la libertad política; a diferencia de los anglosajones, entre nosotros “el que la hace” casi nunca la paga o, cuando más, lo hace en cómodas cuotas.

La democracia sigue siendo una idea vaga, a la que se apela a diario, pero casi siempre para desnaturalizarla. Su mayor virtud no es -como creen nuestros políticos- que nos determine a llegar a acuerdos; es exactamente al revés, la democracia permite procesar las diferencias pacíficamente, con ella el desacuerdo dejó de ser una cuestión de vida o muerte, para convertirse en opciones electorales entre las cuales los ciudadanos optan periódicamente. Claro que la eventual derrota de la posición propia es un sano incentivo al acuerdo, pero entre los misterios insondables de esta “capitanía general”, está que acá los que se comportan como compelidos al acuerdo son los que están en la posición mayoritaria de los electores.

Acuerdo constitucional, en pensiones y seguridad sería deseable, en la medida que sea sobre la base de dos requisitos fundamentales: que sea consistente con lo que el 62% de los chilenos expresó el 4 de septiembre y, en el caso de la seguridad, que no sea un sucedáneo para que el gobierno siga eludiendo aplicar la legislación vigente, como sucede, por ejemplo, con las normas antiterroristas y la llamada ley Aula Segura. Partamos por ahí y después veamos qué es lo adicional que se puede convenir.

El país no entendería que no alcancemos un acuerdo en pensiones, nos dicen. Lo que el país no entendería es que se ignore lo que la mayoría ha dicho con claridad meridiana: propiedad de las cotizaciones, por lo tanto, heredabilidad cuando ello proceda, libertad de elegir administrador, un piso básico de ingresos en la vejez que asegure al menos un nivel de vida digno. Tampoco entendería que volviéramos a insistir en el procedimiento que la gente hizo fracasar con su voto o con conceptos como la plurinacionalidad y tantos otros que contenía el delirio que nos presentaron como propuesta de carta fundamental.

Decir ¡viva la democracia! equivale a decir ¡viva el desacuerdo!, esa discrepancia racional, pacífica, que se articula en proyectos que compiten ante el gran árbitro: las personas. Vivamos sin miedo al desacuerdo, vivamos en democracia.

Por Gonzalo Cordero, abogado

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