Columna de Héctor Soto: Una pareja, una casa

Se diría que Malcom y Marie parte muy bien, que agarra velocidad al medio y que la pierde en buena medida al final. Como balance no es malo, teniendo en cuenta que la película se filmó cuando Estados Unidos y el mundo se estaba viniendo abajo por el coronavirus.



Malcom y Marie pertenece a eso que ya es un verdadero subgénero cinematográfico: una pareja más una casa. Consiste básicamente en lo que dos amantes puedan ser capaces de herirse, atraerse o emplazarse en un lapso acotado de tiempo y en un lugar más o menos aislado. En el caso de esta curiosa cinta de Sam Levinson que ofrece Netflix, todo transcurre en una sola noche. Se supone que el protagonista es un cineasta que viene de estrenar su nueva realización, que la crítica está acogiendo con comentarios muy entusiastas, y ella es su novia, una actriz de momento desempleada y que tiene varias cuentas que cobrarle esa noche a su pareja. Ambos están llegando a una espléndida casa facilitada por los productores de la película y la noche de los cuchillos largos comienza cuando el realizador se sirve un whisky, pone música y baila un tema más o menos “ondero” para disfrutar del éxito que ya tiene entre manos. Ella, en cambio, está en llamas de puro resentimiento: su amante olvidó en la función de estreno agradecerle su contribución a la cinta y siente que la protagonista debió ser ella, porque la historia que se cuenta -la recuperación de una chica adicta a las drogas- es la suya y no del imbécil que tiene al lado.

No solo por la preciosa fotografía en blanco y negro, la cinta recuerda la versión fílmica de Quién le tiene miedo a Virginia Wolf. Sí, porque es la experiencia de una pareja que saca sus trapos e inmundicias al sol. Recuerda también algunas películas de Bertolucci, como El último tango en París o Asediada. Y, si es por otros referentes, bueno, a otra escala está Bergman, Cassavetes, Woody Allen o Eric Rohmer.

Como es de rigor en este subgénero, el que propone la película es un mecanismo muy destructivo y cruel, que descansa sobre todo en el fuego de las actuaciones. Efectivamente las dos son soberbias. Zendaya, que fue la gran revelación de la serie adolescente Euphoria de HBO, a veces preciosa y a veces horrible, es imponente y, aunque el personaje de John David Washington (El infiltrado del KKK) está un poco sobregirado, su trabajo también es notable. La película habla de muchos temas: de las distorsiones tóxicas que acumula la vida en pareja, de los prejuicios a la hora de evaluar películas de gente de color (como lo son él y ella, aunque el director aquí es blanco), de la vampirización de la vida por parte de los artistas (en este caso el cineasta fagocita la experiencia de su novia), del amor como entrega, como necesidad y como droga fraudulenta y engañosa. Sí, son demasiados temas para una sola cinta, por hermosa que sea en su melancolía nocturna, por intenso que parezca el duelo interpretativo, por atrevido que sea el diseño de la casa o por compradora que resulte la banda sonora.

Se diría que Malcom y Marie parte muy bien, que agarra velocidad al medio y que la pierde en buena medida al final. Como balance no es malo, teniendo en cuenta que la película se filmó cuando Estados Unidos y el mundo se estaba viniendo abajo por el coronavirus y este proyecto demostró ser factible en medio de grandes restricciones y con un rodaje de poco más de veinte días. Fue una apuesta. Fue también un desafío experimental, una manera de hacerle frente a la maldita pandemia y una expresión altanera de talento sofisticado y “cool”. Nada de esto da para entrar a las antologías del cine. Pero sí para garantizar dos horas de entretención divertida, modernilla y muy desafiante. Vale.

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