Columna de Marcelo Contreras: Lollapalooza Chile: los cinco mejores shows del regreso

Miley Cyrus, The Strokes y Marcianeke. Fotos: Raúl Bravo/LollapaloozaCL - Natalia Espina - Natalia Espina

Estas son las cinco presentaciones por las que seguramente recordaremos el evento que se hizo este fin de semana en el Parque Bicentenario de Cerrillos. Incluye un bonus track.



Idles: cantar golpeado

Pocas cosas enfurecen más a los músicos que las casillas. En el caso de esta banda de Bristol, la etiqueta punk les acomoda tanto como usar corbata en la playa. A pesar de la violencia exhibida el viernes por la tarde en el primer día de festival, los movimientos espasmódicos, los duros golpes en el pecho del cantante Joe Talbot –una especie de Macha enfurecido–, los gritos y los piscinazos hacia el público, Idles contiene profundidades que no son moneda corriente en el género de los tres acordes. Las canciones se edifican desde bases abstractas, repetitivas, espesas. La melodía está prácticamente erradicada. Son ruidos que se superponen en una especie de collage, hasta alcanzar una densidad franqueada por el canto de Joe Talbot. El secreto es este: tras la voz de vena hinchada hay un intérprete de soul. Ser testigos de ese verdadero montaje teatral con música taladrante y emotiva, fue la mejor experiencia en este regreso de Lollapalooza.

Idles en su show del viernes. Foto: Raúl Bravo / LollapaloozaCL

Miley Cyrus: sólo quiero rock & roll

Con apenas 29 años, Miley Cyrus es una veterana de los espectáculos dueña de una trayectoria artística sencillamente extraordinaria, el manual perfecto de una estrella corporativa. Lo ha hecho todo y en diversidad de formatos, desde lo más popular –nada más masivo que crecer como protagónica de Disney–, hasta unas aventuras musicales lisérgicas con The Flaming Lips. Camaleónica como dicta su categoría de diva pop, el sábado hizo mashup de look entre Blondie y ABBA, despachando un conciertazo. Tiene un vozarrón, habla como un vaquero que pide whisky en la barra, y la acompaña una banda formidable. Se ha paseado por diversos estilos pero suele volver al rock más clásico, aunque sin descuidar detalles que modernicen el sonido. Lo suyo es un homenaje a esa música masiva estadounidense que permea la cultura occidental por casi 70 años, con impecable personalidad y ejecución.

Miley Cyrus cerrando la jornada del sábado. Foto: Raúl Bravo / LollapaloozaCL

Tai Verdes: tamaña sorpresa

Descubrir un artista por casualidad en un festival tiene algo de la vieja experiencia de escuchar un temazo en la radio, sin saber quién canta. Tyler Colon –Tai Verdes, su nombre artístico–, fue una sorpresa absoluta la tarde del sábado. Parecía un Jackson 5 de pasarela –hacia el final del show rugió el “mijito rico”–, se movía con cierto atolondramiento encantador, y la banda que le acompañaba era una bomba, un ensamble multicultural y espectacular capaz de combinar funk, soul, rock, reggae y canciones románticas, con la soltura de un equipo que se conoce de memoria. Tai Verdes dejó la impresión de hacer algo muy parecido a Maroon 5, pero con ganas.

Tai Verdes. Foto: Jonnathan Oyarzún / LollapaloozaCL

Princesa Alba: alarma de estrella

A Princesa Alba la trollearon duro por su físico cuando comenzaba a llamar la atención con sus videos hace cinco años. En el día final de Lollapalooza, después de un show arrollador, dio numerosas entrevistas con público agolpado, como toda una estrella. Convocó una de las mayores audiencias del Perry’s Stage para estrenar su álbum debut, besitos, cuídate (2021), con un ensayado número coreográfico. Princesa Alba se mueve en el urbano pero se descuelga con suma elasticidad hacia el pop más chicloso, con una imagen que eterniza la adolescencia, y un registro que le permite lucirse en canciones coreadas por las chicas dominantes en la audiencia. Su trayectoria describe temple, talento y trabajo.

Princesa Alba en el Perry's Stage. Foto: Matías Delacroix / LollapaloozaCL

Marcianeke: abran paso

Hay un tumulto en el ingreso de la sala de prensa, la gente se agolpa excitada, las cámaras y los periodistas corren. Marcianeke se encarama a una reja con unos lentes dignos de Elton John y suficientes cadenas doradas para una vitrina. Se quita la polera luciendo cero grasa corporal y unos cuantos tatuajes. Arroja la prenda, saluda como un grande, sonríe feliz disfrutando el estrellato que ha alcanzado con hábitos de otros días, cuando los rockstars mataban el tiempo destruyendo hoteles y esnifando. Un par de horas antes, Matías Muñoz tenía en el bolsillo el Perry’s Stage. Con apenas 20 años, mueve audiencias de miles a voluntad. La gente bailaba, coreaba, levantaba los brazos siguiendo sus gestos. Tiene una insólita voz áspera que dispara versos como un moscardón que ataca reiteradamente, hasta capturar la atención. En su música no todo es fiesta. Hay momentos más lúgubres, más frágiles. Como su torso tallado al desnudo.

Marcianeke. Foto: Natalia Espina

*Bonus track.

The Strokes: paseando por Nueva York

20 años desde que se comieron al mundo, una de las últimas bandas de rock en hacerlo, y lograron lo imposible, el sueño dorado de cualquier mortal: no envejecen. Quizás siempre fueron algo viejos por el look de trasnoche, de discoteca neoyorquina frecuentada por Andy Warhol, el Manhattan sórdido que sucumbió al diseño de postal de Rudolph Giuliani. Pero capturaron el sonido de la Gran Manzana, y lo encapsularon para siempre gracias al formidable diálogo de guitarras entre Nick Valensi y Albert Hammond Jr., la maquinaria rítmica imparable de Nikolai Fraiture en bajo y Fabrizio Moretti en batería, y el liderazgo de Julian Casablancas, cuya voz no se movió jamás de las resonancias del dial AM. El domingo cerraron Lollapalooza Chile con un cancionero clásico, sonido y estampa inamovibles, a la altura de la circunstancia, tras dos años de festival enmudecido.

The Strokes volvió al festival. Foto: Natalia Espina

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