Columna de Óscar Contardo: Lenguaje Constituyente



Uno de los mejores consejos que alguna vez recibí sobre mi oficio fue el de una editora que me recomendó que, cuando escribiera, lo hiciera pensando en que los textos también envejecen: algunos lo hacen bien, otros muchos, bastante mal. En el caso de quien se dedica a la escritura sin ficción, aquello que se publica en un momento determinado, debe aspirar a conservar cierta dignidad con el paso del tiempo, representar el momento en el que fue escrito, pero intentando siempre despejarlo del adorno, de la muletilla de moda o la referencia coyuntural que se añeja con rapidez. Un título ingenioso en una fecha se vuelve soso o ridículo en otra. Detenerse y separar las ideas y el lenguaje que perduran, de los entusiasmos del minuto que a la vuelta de los años lucirán como esos peinados de época que luego solo se usan en las fiestas de disfraces.

Es difícil alcanzar una perspectiva, empinarse a un horizonte amplio, sobre todo cuando no se ha vivido tanto como para tener la capacidad de despegarse de sí mismo y de las particulares circunstancias que determinan la propia biografía. Tampoco ayuda estar en la edad de enamorarse de los conceptos recién estrenados por la academia o por algún autor en la cima de su fama. En el caso del periodismo, se suma el desafío de evitar las etiquetas y frases hechas que ahorran tanto espacio, alivianan la lectura, pero la vacían de imágenes y densidad. Para los especialistas científicos, el escollo de escribir divulgación es hacerlo pensando en un mundo de lectores más allá de sus colegas de disciplina, que, en un medio como el nuestro, parecen siempre atentos a encontrar el error y comentarlo en algún seminario o claustro, para concluir que lo mejor es guardar ciertos conocimientos entre pares.

Uno de los fenómenos que más me han llamado la atención de la Convención Constituyente es esa especie de fe intensa en el lenguaje que algunos miembros de la Convención profesan. O, retomando el cliché, la creencia firme en que el lenguaje -cierta manera de escribir, un fraseo repetitivo, algunas palabras claves- crea realidades del mismo modo en que un carpintero lo hace tomando madera y transformándola en una silla, o que cura males crónicos, como una medicina de amplio espectro de efecto inmediato. Y tal vez no es así. Tengo la impresión de que el poder del lenguaje es tan enérgico y rotundo como escurridizo y variable, o al menos, está sujeto y limitado por los acontecimientos que moldean los usos y costumbres más allá de las leyes escritas o de una oración que se dice con aplomo. Confiar ciegamente en las nuevas maneras de designar las relaciones que establecen las personas en el mundo, como si de eso dependiera un cambio rotundo largamente esperado, es arriesgarse mucho a sufrir una decepción o quedar estancado en una ciénaga de palabras que no actúa sobre los hechos del mismo modo en que se planeaba. Lo mejor es balancear, tamizar las expectativas, concentrarse en los cálculos de ingeniería prácticos (y tácticos), antes de hacer interiorismo o dejarse tentar por un arte poético que no se domina con destreza, sobre todo en circunstancias de hostilidad como las que enfrenta la Convención Constituyente. Un proyecto de Constitución debe representar el momento en el que fue redactado, pero también debe ser escrito para un tiempo que se extenderá largamente, más allá de los acontecimientos que lo impulsaron, en el mejor de los casos, que perdurará incluso cuando quienes lo redactaron hayan muerto y el mundo en el que vivieron se haya desvanecido.

Para un sector importante de la Convención la mejor manera de responder al inmovilismo ultraconservador ha sido reconcentrarse en una disputa cultural que puede ser legítima, pero que ha regalado, de forma repetida, municiones de ataque para el proceso. Al parecer hay muchos miembros de la Convención que han perdido la perspectiva del momento y de la percepción que el mundo más allá de su círculo cercano tiene de su trabajo. Sospecho que para un amplio segmento de la opinión pública esas pequeñas luchas por el lenguaje no solo parecen absurdas o innecesarias, sino francamente frívolas, aunque en el fondo los involucre directamente. La respuesta de los convencionales que buscan cambios y que esperan que el proyecto se apruebe, sin embargo, no ha sido autocrítico de su rol, sino reincidente, ignorando las señales del momento y rindiéndose a una inagotable confianza en sí mismos y en los beneficios de disponer palabras como algodones de dulce en un texto que debería dar cuenta de la responsabilidad que tienen en sus manos.

Aunque la mayoría de las disputas de ese tipo no pasara al borrador final, ya disponible para la lectura, era evidente que con el sólo hecho de plantearlas cobrarían visibilidad a través de los medios de prensa y una crítica de los poderosos detractores: son las condiciones ambientales por todos conocidas, y que no se pueden cambiar de un momento a otro sólo porque muchos desearíamos que así pasara. Si algo podían haber evitado eran los bochornos que significarían pasarse de listos con indicaciones innecesarias, lo que traducido al diccionario de las frases hechas significa que el infierno está lleno de buenas intenciones que se elevan como lo hacen los búmeran, trayéndonos de vuelta las mejores causas en la forma del el fruto de la vanidad intelectual, la redacción ostentosa como la más cursi de las poesías y los discursos de aspiración colectiva, como un abanico de individualidades egoístas, incapaces de responder con humildad y sabiduría a las exigencias de una labor en la que tantos y tantas hemos depositado nuestra esperanza.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.