Columna de Pablo Ortúzar: Libre

Homenaje a Daniel Zamudio



Todo orden social tiene víctimas: excluidos totales. Personas que quedan en el punto ciego del sistema y que no logran aparecer ante los ojos del resto más que de forma negativa, como amenaza.

El generalizado victimismo actual, que lleva a todo el mundo a presentarse en la esfera pública como sufriente, tiene el paradójico efecto de permitirnos hablar sobre quienes languidecen en la postergación, al tiempo que devalúa y esconde aún más a las víctimas más dañadas.

La polémica en torno al libro Solos en la noche, del periodista Rodrigo Fluxá, refleja muy bien esta dinámica. El caso Zamudio, entendido como un crimen de odio perpetrado por un grupo de neonazis, se había convertido en el buque insignia del movimiento homosexual. Pero Fluxá fue más allá de ese marco de interpretación, mostrando la realidad social, la marginalidad que unía a Zamudio con sus victimarios. El escándalo fue inmediato: “Homofóbico” fue lo menos que exclamó el activismo que capitalizaba el caso. Pero el punto quedó: había otra lectura de lo ocurrido que denunciaba una realidad brutal, pero que a nadie le interesaba. La violencia entre pobres no es noticia. La mayor parte es comunicada como “posible ajuste de cuentas” y tras la paletada nadie dice nada.

Algo parecido viene ocurriendo con los supuestos “presos del estallido”. Se instaló que se trataba de individuos injustamente perseguidos por la autoridad, haciéndose especial hincapié en la lentitud de sus procesos. Nunca se dijo que todos los procesados por el sistema penal enfrentaban las mismas condiciones, pues se consideraba un lastre comunicacional involucrar a los otros presos, los presos “malos”, con los amigos de “La lista del pueblo”. ¿Por qué? Porque a nadie le importa que esos “otros” presos sufran condiciones injustas.

Lo reprimido y ocultado en ambos casos es la maquinaria de producción y reproducción de la marginalidad en Chile. La llamada “pobreza dura”, constituida por excluidos totales que sólo se encuentran vinculados a nuestro sistema penal y carcelario. Más de la mitad de los encarcelados en Chile pasaron en algún momento por el Sename. Un número incluso mayor son hijos de personas que estuvieron o están en la cárcel. Y las condiciones carcelarias actuales la convierten en una universidad del crimen. Es miles de veces más probable terminar preso si se nace en la marginalidad que si no. Y eso nos obliga a enmarcar la condena moral del delito en un cuadro social.

Es, por supuesto, radicalmente impopular señalar a los encarcelados como víctimas del orden social. Pero la mayoría lo son. Eso no los hace menos peligrosos ni menos responsables de sus actos. Pero sí nos involucra en ellos: los vimos y dejamos caer. Leer la historia de “El Tila” es escalofriante por eso: uno comienza el libro sintiendo desprecio y rabia contra el criminal, y termina extendiendo algo de ese sentimiento a uno mismo.

Todos estos temas, y varios otros relacionados, están ahora siendo puestos en nuestras pantallas de televisión por la serie Libre, cuyo guionista es el mismo Fluxá. Vale mucho la pena verla y evaluar, desde ahí, tanto la legitimidad de la cultura victimista como el orden de nuestras prioridades en política social.

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