Columna de Pablo Ortúzar: Sostener la república



Uno de los grandes dramas de la política chilena es la dificultad que las disposiciones moderadas y reflexivas encuentran para abrirse paso. El código de nuestra interacción política tiende a ser fálico, patronal y autoritario. El alma dominante en la izquierda y la derecha, salvo felices accidentes históricos, es una que considera serias sólo las posiciones extremas, que dibujan al adversario como enemigo y amenaza existencial. Y “el pueblo” no ha sido, históricamente, más tolerante que sus representantes. Por algo los elige. Sólo es más cauto, porque normalmente ha pagado con sangre las locuras de los de arriba.

Hoy suenan de nuevo los tambores de guerra, y si no somos capaces de sostener el centro, guerra será lo que vendrá. Me explico: la nueva izquierda se construyó en el desprecio por la Concertación. Ve sus gobiernos, los más estables y prósperos de la historia de Chile, como una mera extensión de la dictadura. El reformismo incremental de la transición les parece una tara moral, puro entreguismo. Y se identifican, en cambio, con la tradición irresponsable y extremista que va desde el MIR, actor central en el hundimiento del gobierno de Salvador Allende, hasta el desmarque comunista tanto del plebiscito del 88 como del acuerdo de noviembre de 2019, apostando en ambos casos por el violentismo. La forma más intensa de la política, para esta gente, es la violencia, y ella es la verdadera partera del cambio. Todo el que plantee dudas al respecto -incluyendo a Gabriel Boric- es un amarillo, un cobarde y un iluso.

Al otro lado, en tanto, se cuece un caldo neopinochetista, cuyo diagnóstico es el mismo que el de la nueva izquierda pero con signo invertido: todas las virtudes de la transición se deberían a la dictadura. La izquierda sólo gobernó bien porque tenía las riendas cortitas. Por miedo. El extremismo que asoma siempre fue su verdadero rostro. Cualquiera que diga lo contrario es un ingenuo, un intelectual de escritorio, un iluso. Aquí la cosa es entre la dictadura del sable y la del puñal. No fueron las protestas masivas las que condujeron al proceso institucional en marcha, sino el violentismo extremo. El acuerdo de noviembre es un pacto de rendición.

Ambos lotes apuestan a torear a todo el mundo a alguna de las dos trincheras. Se alimentan mutuamente. Y si queremos sostener el centro, en un contexto en que los moderados de izquierda y derecha todavía somos mayoría, es fundamental consolidar una visión pluralista a la que podamos ser todos leales. Y el epicentro de ese acuerdo tiene que ser la libertad de educación, viga maestra, junto con la libertad de culto, de la división de poderes y la tolerancia cívica. Los seres humanos rara vez están dispuestos a matar por ellos mismos, pero otra cosa es por sus hijos.

Necesitamos con urgencia, entonces, forjar acuerdos sustantivos en torno a la prioridad pedagógica de los padres, la autonomía de los establecimientos y la libertad de capacitación docente de los colegios. Poner todos los problemas arriba de la mesa y trabajar sobre ellos. Si no lo logramos, me temo mucho que en ese frágil eslabón se romperá esa cadena republicana que, llena de parches y alambritos, está hoy de cumpleaños.

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