Columna de Paula Escobar: Las miopías del Club Dorado



El diputado Gabriel Boric ha desatado ríos de tinta con su propuesta para modificar la composición de los directorios de las grandes empresas, haciéndolos paritarios en cuanto a género y con una participación de las y los trabajadores “equivalente a la representación que tienen los y las accionistas”. El líder CPC, Juan Sutil, así como algunos prominentes miembros de directorios, abogados y empresarios, la han rebatido, desmenuzado y, en su gran mayoría, descartado de plano. Más allá de los beneficios o perjuicios de la propuesta en particular de Boric, es revelador cómo esta ha sido intensa y urgentemente rechazada, sin darle sus detractores un minuto de pensamiento a un punto central que -a mi juicio- ésta pone sobre la mesa: cómo democratizar espacios de poder económico en Chile, como los directorios, de bajísima diversidad en cuanto a género, clase social, grupos de pertenencia, y con amplia influencia sobre el presente y futuro de empresas, trabajadores, consumidores y medioambiente donde operan, además de los y las accionistas (en algunos casos, todos nosotros, a través de las inversiones de nuestros fondos de pensiones).

Decir que los directorios son clubes de Toby es quedarse corta. Solo hay un 9,4% de presencia de mujeres en las empresas Ipsa. Las fotos de “solo hombres” son frecuentes y no llaman a reprobación dentro de esos círculos. Son grupos que tienden a ser endogámicos, además, en términos sociales, culturales, políticos. Es un Club Dorado en que muchos de sus miembros se van repitiendo de directorio en directorio. ¿Pensarán algunos de los que se repiten en esos sillones que se debe a que son “los mejores”? Sería una mirada autocomplaciente al extremo. Nadie puede sentirse “ganador” cuando la competencia es tan desigual, cuando no vivimos a la altura de los tan declarados valores meritocráticos, cuando la cuna sigue influyendo en el destino, y cuando el género, raza y clase social pesan tanto como en Chile.

Esta endogamia y homogeneidad no los desvela tampoco. Y debiera hacerlo, pues los transforma en grupos con una visión alterada y desconectada de la realidad. Así lo mostró un contundente estudio de COES, que reveló el divorcio entre la élite económica y la ciudadanía.

Sólo el 28% de la primera se muestra favorable a aumentar la responsabilidad estatal para “garantizar el sustento de todos”, frente al 54% de la ciudadanía y al 72% de la élite cultural. El 70% considera que el sistema económico funciona muy bien, versus el 29% de la élite política y el 44% de la cultural. Mayor igualdad salarial no es tema para ellos (sólo 28% lo ve como relevante) y su estimación del nivel de conflicto entre ricos y pobres es bajo: el 61% considera que no es importante, así como el 71% encuentra que las tensiones entre empresarios y trabajadores es tema “menor”. Un estudio previo de Unholster dio pistas similares: la élite piensa que el 25% en Chile es de clase baja (cuando en realidad es un 77%), 57% de clase media (solo es el 20%) y 18%, acomodada (es un 3%).

Este Club Dorado, entonces, tiende a naturalizar sus privilegios, a racionalizar la exclusión de otros y otras; su mirada del país es inexacta y desconectada del resto y, peor aún, no revela ninguna ansiedad, urgencia o motivación intrínseca por cambiar esto de manera decisiva y no cosmética. Su lucha más apasionada parece ser por mantener el statu quo. No se aprecia ni un ápice de la energía e intensidad que han empleado para rebatir a Boric para plantear, por ejemplo, qué proponen para hacer más inclusivos y democráticos los espacios de poder económico.

“Si los empresarios no se hacen parte de los cambios que la economía chilena requiere -para ser más equitativa y sostenible, con menos abusos de poder- sólo evocan cada vez mayor polarización. Es una estrategia suicida ir remando siempre en contra de modernizaciones estructurales en vez de abrazar el cambio e impulsar las innovaciones que la sociedad espera”, dijo acertadamente la economista Jeannette von Wolfersdorff, a propósito de esta polémica.

En efecto, el nuevo pacto social que Chile discutirá y acordará después del 11 de abril requiere liderazgos empresariales y corporativos que, justamente, dejen de ver su papel como el de “arqueros”, con la actitud de un “gato de espaldas” -metáfora de Pablo Ortúzar.

Reflexionar y advertir la desconexión y el desacople de su mirada con los problemas de la enorme mayoría de los chilenos, y la relación de aquella desconexión con la endogamia y falta de diversidad básica en los espacios de poder económico es un comienzo fundamental para que puedan ser actores que aporten al nuevo ciclo, en vez de rígidos guardianes del pasado (de todo el pasado) y, por cierto, de sus propios privilegios.

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