Columna de Tomás Casanegra: Autofagia

Algo que debiera ser evidente para la salud económica de un individuo, empresa o país, es detectar de manera oportuna el momento en que dejas de alimentarte de cosas externas (de lo que produces), y pasas a alimentarte de ti mismo (de tus medios de producción).



“Nutrición que determinados organismos vivos realizan a expensas de sus órganos menos útiles como medio de supervivencia ante un ayuno prolongado”. Es la primera definición que me dio Google de un concepto que veo en nuestra economía ya hace un tiempo.

Algo que debiera ser evidente para la salud económica de un individuo, empresa o país, es detectar de manera oportuna el momento en que dejas de alimentarte de cosas externas (de lo que produces), y pasas a alimentarte de ti mismo (de tus medios de producción). En inversiones le llamamos descapitalizarse a este fenómeno que los ciudadanos chilenos, las empresas chilenas y el Fisco chileno, están haciendo un hábito.

Nuestros líderes políticos partieron fomentando la descapitalización individual de los fondos de pensión (activo que renta) a cambio de pesos chilenos (“activo” que se deprecia), reduciendo con esto, además, el mercado de capitales, y con ello imposibilitando que la generación actual pueda capitalizar sus ingresos, en una vivienda, por ejemplo, como sí lo hizo la generación anterior. Posteriormente, han fomentado la descapitalización de las empresas poniendo trabas y mayores tiempos de tramitación regulatorios (y políticos) al desarrollo de proyectos, colocando en tela de juicio la certeza jurídica, y creando nuevos tributos que dañan la inversión y por consiguiente el producto; llevando a cualquier directorio que tenga un mínimo de responsabilidad fiduciaria a recomendar a sus accionistas: reparta antes que sea demasiado tarde. Y una vez en el gobierno, estos líderes quieren instaurar un Estado que satisfaga demandas sociales sin mayor preocupación por la recaudación, y aquí me refiero a la única “recaudación” que importa y da sustento a nuestra moneda: unidades de producto, no unidades de pesos chilenos.

El registro contable de la autofagia económica está ahí, para quien lo quiera ver, y no es más que la pérdida de valor absoluto (inflación) y relativo (tipo de cambio) del peso chileno. Nuestra moneda, como cualquier registro, se cuidaría sola si el país produjera lo necesario para cubrir las demandas sociales, pero mientras esto no ocurra, no hay banco central que la pueda rescatar.

Todo mal hasta aquí, pero la cosa se pone aún peor cuando constatamos que la autofagia se produce a expensas de los miembros de nuestra sociedad que por diversas razones contribuyen en menor medida al bienestar económico. Esto, a juicio del resto de la sociedad (todos nosotros) que pone un valor al trabajo, productos, o servicios de estas personas. Mientras el crecimiento del producto no acompañe el gasto público, el financiamiento de cualquier “plata regalada”, no vendrá de ningún otro lugar que de las mismas personas que se dice querer ayudar. La plata que reciban la usarán no para alimentarse ellos, sino que para alimentar la lombriz solitaria de la inflación. Si usted cree que la solución es impuestos más progresivos, para qué le digo, el gobierno podrá decir quien los paga, pero el mercado definirá finalmente quien asume el costo al ser las mismas personas las que buscando su bienestar optan por costear un impuesto gravado sobre otros. Un impuesto progresivo a Daddy Yankee felizmente lo costearán sus fans aun cuando sus ingresos no sean ni una pequeña fracción que los del artista. Daddy demandará un determinado ingreso líquido (después de impuestos) para cantar en Chile, sino cantará en otro lado.

La autofagia ha mantenido en el poder a muchos gobiernos corruptos a costa de sus ciudadanos, particularmente en Latinoamérica. Por el bien del país, espero que retomemos la senda del crecimiento (del producto) y no terminemos siendo testigos del primer gobierno peronista de la República de Chile.

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