Opinión

Críticas y omisiones en política exterior

Valparaiso, 10 de septiembre 2026 El ministro de Relaciones Exteriores Francisco Perez Mackenna, asiste a la conmemoracion del 55 aniversario del CONA en el Museo Marítimo Nacional Sebastian Cisternas/Aton Chile SEBASTIAN CISTERNAS/ ATON CHILE

La política exterior ha estado bajo un escrutinio inusual. Desde la interpelación al canciller en la Cámara hasta el rechazo público de dos expresidentes a la decisión del Presidente Kast de unirse al Escudo de las Américas, liderado por EE.UU. y otras 14 naciones de la región, sin contar los numerosos comentarios adversos recibidos.

Inusual, porque si hay un espacio donde se debe actuar con unidad y sentido patrio es precisamente en la proyección internacional de Chile. Criticarla será siempre posible, pero cabe preguntarse si lo que estamos observando contribuye a fortalecer nuestra política exterior o si, al contrario, los cuestionamientos públicos apabullantes no terminan menoscabando la imagen nacional.

Es efectivo que se han cometido equivocaciones, como calificar a EE.UU. de “principal socio estratégico” días antes de que subiera los aranceles, en abierta contradicción con ese espíritu y el tratado vigente, y en detrimento de otras relaciones que cabe cuidar.

De igual forma, no ha quedado claro el perfil de este grupo de reciente creación. La Cancillería señaló inicialmente que se trataba de un mecanismo voluntario de coordinación para combatir el crimen organizado según lo que cada Estado determinara conforme a sus obligaciones nacionales e internacionales, lo que en principio parecía ser una buena noticia. Lamentablemente, ese comunicado omitió mencionar que el acuerdo incluía compromisos para explorar mecanismos de control de inversiones, salvaguardar cadenas de suministro de minerales críticos, promover regulaciones para proveedores de infraestructura digital de confianza, y la posibilidad de adoptar una resolución que promueva la acción colectiva contra organizaciones narcoterroristas en el marco del TIAR.

Dado que no es un acuerdo vinculante, podría no ser en sí mismo dificultoso coordinarse en esos aspectos. Pero al no haberlo declarado desde un inicio, queda una sensación extraña, porque incorpora materias donde hay intereses estratégicos distintos entre los firmantes. Alguien puede leer lo ocurrido como una grave falta de información y publicidad que nos pone a la sombra de los objetivos de la administración Trump: la guerra comercial y tecnológica con China, y la acción militar que ésta impulsa en diversos lugares del mundo, en la que Chile no puede involucrarse. Una cosa es combatir organizaciones criminales y otra entrar en una guerra de defensa colectiva a través del TIAR. La inclusión del país en un escenario con bordes imprecisos arriesga perder individualidad y autonomía.

Con todo, no siendo un tratado, nadie nos obliga a suscribir pactos que no queramos: el problema es político, no jurídico, pues no radica en lo hecho, sino en lo dicho. La falta no está en haber enajenado soberanía -pues no ocurrió- sino en un actuar opaco. Eso es lo que debe llamar a la reflexión, sin caer en el tono desmesurado de críticas que solo empeoran nuestra imagen exterior. Gestos claros de reafirmación soberana y retomar con unidad el camino normativo en nuestros acuerdos internacionales, generarán confianza.

Por Hernán Larraín F., abogado y profesor universitario

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