Después de la empatía

Senadores Acuerdo de Paz



Por Pablo Ortúzar, investigador del IES

El cientista político Juan Pablo Luna, en una entrevista al semanario The Clinic, ha señalado que la polarización de las élites políticas es uno de los factores que podría terminar por inutilizar el esfuerzo constitucional y torpedear el avance en las reformas sociales urgentes.

Esta polarización nacería, según el académico, de un intento de los representantes por reflejar el descontento callejero, en vez de tratar de remediarlo por vías institucionales. Dicha tesis puede ser complementada con las ideas de Peter Turchin relativas a la sobreproducción de élites, pero el punto central se sostiene: una clase dirigente que renuncia a dirigir para dedicarse en vez a la polémica estruendosa pero estéril, se condena a sí misma. El esfuerzo por caerle simpático a las masas enojadas cierra el camino a toda conducción real. Reconoce la propia inutilidad.

Resulta irónico, de hecho, que el momento de mayor tracción de nuestra clase política durante la presente crisis haya sido justamente cuando lograron construir un acuerdo en torno a la reforma constitucional. Desde entonces, trifulcas y espectáculo mediante, han vuelto a hundirse en la más profunda irrelevancia. La guinda fueron las patadas de las que tuvo que huir Daniel Jadue durante la conmemoración del estallido social: tarde han descubierto muchos políticos que su destino se encuentra atado al de los colegas que han denostado hasta el cansancio.

Más importante que los resultados del plebiscito de mañana -pero igualmente necesario para construir un debate constitucional con altura de miras- será, entonces, el potencial acuerdo al que lleguen las fuerzas políticas relevantes para avanzar en las reformas sociales que se necesitan con urgencia. Es crucial que las próximas elecciones presidenciales sean enfrentadas con un programa de base que sea común. Necesitamos una tregua de élites en torno a aquellos asuntos que ya no pueden esperar, y cuya transformación, como toda reforma exitosa, tomará tiempo en madurar. Hoy la política de Estado debe estar por sobre la partidista, pues el Estado mismo es el que se encuentra en crisis.

Esta idea de un acuerdo nacional puede sonar ingenua a quienes viven en el universo paralelo de las redes sociales. Pero si sacamos la cabeza del ruido marginal y odioso, comienzan a destacar otros hechos: la revuelta no tiene líderes, no tiene programa y no tiene propuesta. Es un estallido de malestar que efectivamente interpela a la clase dirigente, pero que hasta ahora no da ninguna señal de pretender o poder reemplazarla. Es deber entonces de las fuerzas políticas efectivamente organizadas generar un itinerario de transformaciones que suture la grieta que existe hoy entre estructura institucional y política. Y una prueba de esa expectativa es que la única vez que lograron construir un acuerdo, la reacción popular fue favorable.

El gran desafío de nuestro tiempo, de este modo, no es destruir. No es una empatía imbunche. Sino construir, proyectar y sembrar. Los hombres y mujeres que actúan hoy en la esfera pública no serán recordados por su capacidad de sentir rabia, sino por la facultad de sobreponerse a ella y sentar las bases para un país efectivamente más justo, digno y en paz.

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