Opinión

El discípulo

La Unión Europea es el mayor club de democracias liberales del mundo.

Pero hay una excepción: Hungría.

En 2022, el Parlamento Europeo declaró que ese país había dejado de ser una democracia para convertirse en un “régimen híbrido de autocracia electoral”. Esto es, un régimen en que la fachada democrática (elecciones, Parlamento) se mantiene en pie, pero en que esas elecciones son cada vez menos justas, el poder del líder se vuelve omnímodo, los ciudadanos ven peligrar sus libertades civiles, y las minorías son discriminadas y perseguidas.

En eso ha convertido a su país, en sus 16 años en el poder, Viktor Orbán. Él mismo lo define como una “democracia iliberal”

Tras asumir en 2010, modificó el sistema electoral para redibujar los distritos en beneficio de su partido, el Fidesz; saturó el poder judicial con sus leales; convirtió los medios públicos en micrófonos de propaganda gubernamental, y lanzó una campaña de represión contra universidades, ONG y medios de comunicación críticos. Todo esto justificado con un discurso sobre conspiraciones de supuestas “élites globalistas”.

¿Suena conocido, no? Es que el modelo de Orbán para reprimir a la sociedad civil y concentrar el poder ha sido copiado al pie de la letra por políticos extremos de todo el mundo, incluyendo a Trump, uno de sus admiradores.

Para propagar su modelo, Orbán creó la Political Network for Values (PNfV), una red global (pero ese globalismo sí es bueno, claro), con objetivos como derogar las leyes de aborto y el matrimonio igualitario en todo el mundo. El brazo global de Orbán fue presidido primero por una estrecha aliada, la expresidenta húngara Katalin Novák, y luego, desde 2022, por otro de sus seguidores: el actual presidente electo de Chile, José Antonio Kast.

Orbán ha promulgado leyes asimilando homosexualidad con pedofilia, e impide la libertad de expresión y reunión con el supuesto fin de “proteger a los niños”.

En 2025, su gobierno prohibió la Marcha del Orgullo, amenazando a sus participantes con represión y multas. Pero el alcalde de Budapest se negó a cumplir la orden y más de 200 mil personas salieron a la calle a marchar contra la homofobia gubernamental.

La hipocresía de este discurso homofóbico de “defensa de los niños” estalló cuando se supo que la presidenta Novák (sí, la misma que había antecedido a Kast en la PNfV) había indultado en secreto al subdirector de un centro infantil que encubrió un caso de abuso sexual contra niños.

Orbán tampoco destaca como ejemplo de probidad: acumula sanciones de la Unión Europea por los groseros casos de corrupción que han enriquecido a su círculo de cercanos, como su amigo de infancia Lörinc Mészáros, que pasó de ser instalador de gas a la mayor fortuna del país, y su yerno István Tiborcz.

Por tres años consecutivos, Transparencia Internacional ha designado a Hungría como el país más corrupto de la Unión Europea.

En economía, tampoco. Pese a su receta de bajar agresivamente los impuestos a las grandes empresas, Hungría lleva varios años de alta inflación y estancamiento económico: es penúltimo en crecimiento dentro de la UE.

Un líder autoritario y homofóbico, bajo cuyo país se apaga la democracia, se estanca la economía y florece la corrupción: fue a él a quien Kast eligió como el destino de su primera visita europea como presidente electo.

Desde el punto de vista de la política de Estado de Chile, la elección no tiene ningún sentido. Hungría es un país paria dentro de la Unión Europea, en la que arrasta múltiples sanciones por autocracia y corrupción.

A nivel económico es de mínima relevancia para Chile: está en el puesto 79° como destino de nuestras exportaciones.

Más que una gira estratégica de un presidente electo pensando en el interés de Chile, fue la peregrinación de un político a sus lugares sagrados ideológicos.

Partió en Bruselas, sede de la Unión Europea, pero no para tener una agenda amplia con los distintos grupos políticos, sino para participar en la reunión del partido más extremo del Parlamento Europeo, Patriotas.

Allí Kast dijo todo lo que no dijo durante la campaña en Chile. Habló de dar una “batalla cultural, política y moral” y se posicionó contra el “feminismo ideológico”.

¿Les habrá contado a sus amigos europeos que omitió todos estos temas de “batalla cultural” de su campaña? ¿Y que fue elegido bajo la promesa de un “gobierno de emergencia” en que esos asuntos no se tocarían?

“Nunca hay que desistir de ir a un medio de comunicación a defender nuestras ideas. Nunca hay que acobardarse”, arengó a sus amigos europeos. ¿Les habrá contado que evitó ir a casi todos los debates y entrevistas de la recta final de la campaña, precisamente porque le iban a preguntar sobre sus ideas?

Parece que, apenas llegado a Europa, el presidente electo de “emergencia” y de “unidad nacional” hubiera tenido una regresión hacia el político proselitista y extremo de antes de la campaña.

La mejor prueba fue que el próximo ministro de Relaciones Exteriores ni siquiera lo acompañó a Bruselas y Budapest. Recién se sumó en Roma, donde Kast cerró la gira visitando a la jefa de gobierno de Italia, una reunión que sí tiene sentido de Estado.

La gira solo dejó preguntas, que se suman a la imagen de Kast con la motosierra de Milei en Buenos Aires, y a su photo-op con la escenografía de pandilleros de Bukele en San Salvador.

¿Cuál será la tónica del presidente Kast? ¿Tendremos a un primer mandatario con un discurso para consumo interno y otro para sus amigos del extranjero?

Y, más importante aún, ¿qué pretenderá su política exterior? ¿Tendrá un énfasis comercial, como sugiere la designación de Francisco Pérez como canciller? ¿Buscará, en cambio, una alineación proselitista con sus amigos de la derecha radical?

¿O se la jugará por una política de Estado que defienda los intereses permanentes de la República que han mantenido todos los presidentes desde 1990: fortalecimiento de la institucionalidad global, respeto a la soberanía de los países, promoción de la democracia y los derechos humanos?

Nuestro próximo presidente debe elegir: o actúa en beneficio de Chile, como se mostró en su discurso de la noche de la elección, o se alinea con el grupo de extremistas a los que fue a presentar sus respetos a Bruselas y Budapest.

Es la diferencia entre convertirse en un estadista, o quedar solo como el discípulo de un líder autoritario.

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