Esa porfiada esperanza

People gather at Plaza Italia on the day Chileans voted in a referendum to decide whether the country should replace its 40-year-old constitution, written during the dictatorship of Gen. Augusto Pinochet, in Santiago, Chile, Sunday, Oct. 25, 2020. (AP Photo/Esteban Felix)



Esta columna estaba pensada para un triunfo rotundo del Apruebo, pero se quedó corta. Lo que ha mostrado este resultado electoral cambiará muchas cosas hacia el futuro, pero lo primero que debiera cambiar es la visión del pasado reciente. Chile ha vivido todos estos años resistiendo una situación anómala, tolerando un marco de normas e instituciones que no le calzaban por ningún lado. Tuvo que pasar una tensión prolongada, una seguidilla de conflictos y frustraciones para llegar hasta aquí. Y ayer confirmó, por si hiciera falta, la gigantesca fractura que existe entre ese rincón de Chile que es el cono oriente de la capital y el resto del país.

Hay una era que se fue ayer con su Constitución pero también con sus ritos, sus sentidos comunes, sus palabras. Es una era que se ha resistido a morir y quizás por eso ha terminado tan a mal traer. Lo que tuvo de luminosa es macizo: la democracia, el retroceso de la pobreza, el fin de la condescendencia con el poder, la derrota de los oscurantismos que castigaban todo lo distinto, el acceso masivo a tantas posibilidades que antes eran para unos pocos. Así y todo esa era se retira en medio de los abucheos de gran parte de Chile porque no supo terminar a tiempo, evolucionar y corregirse. Fue una época encandilada con sus logros, ciega a los dolores y frustraciones que generó y a las promesas que dejó incumplidas. Muchos fallamos allí. Especialmente fallaron los que hicieron de la Constitución una fortaleza contra la sociedad. Y quienes queríamos cambiar las cosas quizás no encontramos cómo; seguramente no insistimos lo suficiente o nos faltó destreza al hacerlo.

Lo que logró ayer Chile es extraordinario y esperanzador. Ante una crisis compleja y una política desbordada se encontró la manera de establecer un cauce democrático que nos permitiera decidir juntos qué hacer. En realidad, esta forma de enfrentar las controversias no es una novedad entre nosotros. Esta no es la primera sino la tercera vez en que Chile sorprende al mundo haciendo por la vía electoral lo que en otras partes suele hacerse con conflictos armados y derrumbes institucionales. Así fue cuando en un gobierno socialista llegó al poder ganando las elecciones con Salvador Allende. También cuando Pinochet fue sacado del poder mediante el plebiscito en que ganó el NO. Y será del mismo modo ahora, cuando nos demos una nueva Constitución. Pero no hay que confundirse: ninguno de estos logros electorales hubiera sido posible si no hubiera estado antecedido de un despertar social, de movilización y organización ciudadana que implicó sacrificios y dejó víctimas.

A pesar de las similitudes, el plebiscito del 25 de octubre tiene un contexto que lo hace mucho más desafiante: en esta oportunidad, aunque las personas se hayan volcado masivamente a votar, están lejos de sentirse representadas por el sistema político que tenemos. Eso no sucedía en 1970 ni en 1988. El resultado de ayer le da una oportunidad a la política, pero no nos confundamos: está lejos de entregarle un espaldarazo a los partidos como hoy los conocemos. El Chile de este plebiscito necesita una política distinta. Es un reto de proporciones al proceso constituyente que tendrá que incorporar modalidades de diálogo e incidencia ciudadana. Aún más desafiada estará la oposición, que tiene el debe de dejar atrás la fragmentación y la desconexión para reemplazarla por un esfuerzo esmerado, aterrizado y generoso de responder a la enorme esperanza que el país ha puesto en este proceso.

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