Guerra en Ucrania: un giro hacia la incertidumbre



Por Teodoro Ribera, rector de la Universidad Autónoma y ex ministro de Relaciones Exteriores

La guerra de Rusia en Ucrania alteró los fundamentos de seguridad sobre la que descansaba Europa, que por décadas estuvo anclada al Acta de Helsinki (1975) y la Carta de París (1990). Si ambos acuerdos edificaron su marco de relacionamiento con la URSS -y luego Rusia- sustentado en la cooperación, la guerra lo reemplazó por la confrontación, en un giro impulsado no por la diplomacia, sino que por las armas. Gérmenes de la belicosidad de Vladimir Putin se hallan en la guerra de Georgia en 2008 y en la crisis en Crimea de 2014. Ambos coinciden en el anhelo ruso de recuperar esferas de influencia perdidas con la disolución de la ex URSS, y muestra la hostilidad contra el “atlantismo” u orden liberal occidental. Ignorando esta latencia, Europa apostó durante décadas al diálogo y a la integración energética con Rusia, una ecuación que ignoró la litigiosidad que almacenaba el Kremlin.

En la medida que el conflicto traiga más incertidumbre y amenazas a la paz y seguridad de Europa, el papel de EE.UU. como garante de la libertad y democracia aumentará. Recuperará centralidad e influencia global, y encarará el desafío de aislar y transformar a Putin en un pasivo para los aliados de Moscú. Tanto China y Turquía y en menor medida Venezuela, dudan del paso dado por Putin, al que ven desplomándose como un líder cada día menos confiable y que, además, enfrenta a un Occidente unido como no ocurría desde la Guerra Fría. Las sanciones impuestas contra Rusia están socavando su posición económica y es probable que el político decaiga.

También naciones como India siguen con preocupación el conflicto, ya que instala un cerco a su estrecha relación con Rusia, marcada por la integración energética y militar. Casi el 60% del armamento indio es fabricado en Rusia, que le es indispensable ante los retos de seguridad provenientes de China y Pakistán.

América Latina, salvo Bolivia, Nicaragua, Cuba y Venezuela -y algunas dudas que luego se despejaron en Brasil y Argentina-, se ha opuesto a la invasión militar. Aunque lejos, la guerra no solo amenaza la coyuntura económica de la región, sino que podría alentar un giro de proporciones en el comercio internacional, impulsando la formación de bloques económicos parcelados, basados en valores compartidos y en torno a núcleos geográficos. La lejanía podría tornarse en una barrera cada vez más significativa.

Por eso, Chile debiese atender con urgencia, prospectiva y preocupación los efectos multidimensionales de la guerra. Avanzar en la ratificación del TPP-11 no solo abre (y asegura) puertas económicas preferentes al país, sino que sintetizaría el lugar y bajo qué reglas quiere jugar Chile en el nuevo orden que se erigirá. Tardar una decisión al respecto no cerrará las puertas, pero podría condenar al país a una periferia sin relevancia. También es vital mirar los intereses de Moscú en el austro chileno, pues al rechazar el Kremlin el área marítima protegida que postula nuestro país en la Antártica, pone en tela de juicio su condición de territorio intangible.

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